
Internacional
Argentina
Ustedes no nos matan, extracto de Rodolfo Walsh: Los años montoneros
El mismo día que cumplía 26 años, el 28 de septiembre de 1976, Vicki se reunía en una casa en Villa Luro con cuatro miembros de la Secretaría Política. No había logrado dar con nadie que pudiese cuidar a su pequeña hija esa noche, así que decidió asistir a la reunión con la nena. Ninguno de los presentes en la casa conocía del secuestro de otra compañera el día anterior, quien bajo tortura cantó la cita en la calle Corro n.º 105 y sentenció a todos los que asistirían a ella en pocas horas.
La decisión militar de preparar un operativo de envergadura para dar una señal de fortaleza al grupo rebelde demoró el desplazamiento de las tropas hasta la madrugada del día siguiente. Entonces, cuando el sol aún no se había asomado en el horizonte de Floresta, una voz marcial desde un megáfono intimando a una pronta rendición despertó a todos en la casa. No hubo tiempo para nada, excepto para cumplir con el plan de defensa previamente pautado. Vicki acomodó a su pequeña hija en un reparo, le dio un beso furtivo y subió a la terraza con el secretario político, Alberto Molina Belluzi. En tanto, José Carlos Coronel, Ismael Salame e Ignacio José Beltrán se apostaban con sus armas en la planta baja.
Lo que Vicki y Alberto observaron, en la penumbra de la madrugada, desde el techo, los sacudió: una multitud de chacales esperaban la señal, varios bazookas en sus brazos, un tanque, un helicóptero militar sobrevolando la zona… "He visto la escena con sus ojos -escribiría Rodolfo-: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque".
El desigual combate se extendió por un par de horas. Desde la calle, los militares abusaban de un poder de fuego devastador. Desde la casa, el puñado de militantes resistía con energía, mientras las municiones se terminaban y el camino se estrechaba para ellos. Rodolfo Walsh cita a un soldado como testigo de la cacería, quien señala que en mitad de la balacera pudo escuchar la risa de una muchacha en la terraza cada vez que disparaba una ráfaga con su ametralladora y los militares se tiraban cuerpo a tierra, temerosos de su puntería. "He tratado de entender esa risa -señala el escritor-. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines".
Todo era humo y escombros cuando se dejaron de escuchar disparos desde la casa. Cita Walsh: "De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. ‘Ustedes no nos matan -dijo ella-, nosotros elegimos morir’. Entonces se llevó una pistola a la sien y se mató enfrente de todos nosotros".
La pequeña Victoria María es la única sobreviviente en la casa. Espera, sentadita, sin llorar, que todo termine. Los chacales la toman en brazos, se la disputan. Unos días después, solo la rápida acción y la influencia en el ámbito castrense de su abuelo paterno, el comodoro Miguel Costa, impide que la nena sea apropiada por los asesinos de su madre. Vicki no iba a entregarse con vida a los chacales. "Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer", explica Rodolfo, descalificando desde entonces, desde esa carta terrible y hermosa que escribió tres meses después del combate final de su hija, las opiniones de quienes -muchos años más tarde- elegirían citar la muerte de Vicki como ejemplo de una supuesta "fascinación por la muerte" de esa generación vital de jóvenes rebeldes.
No, nada de eso. Nada más ajeno a una "fascinación por la muerte" que el gesto final de Vicki Walsh. Nadie más que Vicki deseaba aferrarse a la vida esa mañana, con toda una historia propia por desandar y teniendo a su pequeña hija esperando por ella en la planta baja. Pero para Vicki, como para tantos otros, no hubo opción posible: caer en manos de los chacales no era vida para nadie; de allí la decisión final. Nunca, ni siquiera en su epílogo trágico, hubo renuncia a la vida. En todo caso, ella y sus compañeros lucharon con uñas y dientes hasta el final por, justamente, lo contrario: defender su vida, y la de tantos otros. Pero también porque empujaron ese deseo un escalón más arriba en la pendiente: lucharon por una vida mejor para los otros, para los explotados y los oprimidos.
"En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón… Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella", escribirá después su padre.
-Hugo Montero e Ignacio Portela, «Rodolfo Walsh: Los años montoneros» (2010)