
Muro de denuncias:
-23-F, los tres golpes
El golpe de Estado permitió presentar a Juan Carlos, designado Rey por el dictador Franco, como un defensor de la democracia
Francisco García Cediel.
El Otro País n.º 118, mayo-junio 2026.
(y 2)
-Viene de ayer-

El embajador alemán en España, Lothar Lahn, revelaba en un informe para su gobierno, que presidía Helmut Schmidt, una conversación privada que tuvo con el rey el 26 de marzo de 1981 en el Palacio de la Zarzuela. Este informe, publicado como despacho 524 por el semanario Der Spiegel, era desclasificado y publicado por el Instituto de Historia Contemporánea como“Actas de la política exterior de la República Federal de Alemania de 1981”. Así recogía Juanma Romero [Público.es, 6-2-2012] el contenido de ese informe en un reportaje que titulaba “El rey mostró ´simpatía´ por los golpistas del 23F”: “Juan Carlos no mostró ni repulsa ni indignación; es más, mostró comprensión, cuando no simpatía, para los militares sublevados, transmitiendo a Lahn que sólo querían lo mismo a lo que todos aspiramos: el restablecimiento del orden, la disciplina, la seguridad y la calma”.
El fracaso oficial del golpe de estado permite a la monarquía y al régimen del 78 presentar un importante mito fundacional, el de un Rey que defendió la democracia, blanqueando al fundador de la dinastía instituida por Franco, que designó a Juan Carlos como Rey.
Existen algunos elementos adicionales a tener en cuenta:
El primero, el papel del “amigo americano”: Al ser abordado por la prensa el mismo 23 de febrero, el secretario de estado norteamericano Alexander Haig respondió que lo que ocurría en Madrid, donde la guardia civil tomaba por la fuerza el control del Congreso, era “un asunto interno”.
Y el siempre misterioso sentido de la frase que contenía la comunicación de Juan Carlos a Milans del Bosch, en la madrugada del 24 F “Después de este mensaje ya no puedo volverme atrás”, que parece apuntar a una clara complicidad previa entre emisor y receptor.
Y, finalmente ¿Cuál es el tercer golpe?, pues sin duda el que triunfó: El 23F no fue un fracaso, políticamente, para sus promotores.
Entre otras cosas, trajo una auténtica involución. Así, las Cortes Generales aprobaban el 30 de julio de 1982, por un pacto de UCD y PSOE, la Ley de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), que pretendía controlar los procesos autonómicos, limitar el desenvolvimiento de los estatutos de autonomía y el ejercicio de sus competencias, sobre todo de las nacionalidades históricas. Los gobiernos vasco y catalán presentaban un recurso de inconstitucionalidad contra esta ley y el Tribunal Constitucional negaba el 13 de agosto de 1983 el carácter orgánico y armonizador de esta ley, declarando inconstitucional 14 de los 38 artículos. Posteriormente, y ya gobernando el PSOE, se aprobaba la Ley del Proceso Autonómico. Atado y bien atado.
Hubo cambios en la política exterior con la entrada de España en la OTAN y se iniciaba una guerra sucia en la lucha contra ETA como la actuación de los GAL, amparada por el aparato del Estado. Pero lo más importante fue que el 23F permitió la consolidación de la monarquía y que, después de una fuerte campaña en los medios, la imagen del rey salió fortalecida y Juan Carlos apareció como el salvador de la Constitución y de la democracia. La operación fue un éxito y nadie recordaba ya “el pecado original” de Juan Carlos, es decir, que fue designado por el dictador Franco como su sucesor.
El 23F es en resumen un ejemplo de cómo se puede manipular la historia si controlas el aparato del Estado y los medios de comunicación. Podría conocerse mejor la historia real, pero eso dañaría gravemente la imagen de la monarquía borbónica y por eso decidieron secuestrar la verdad.
Primeramente, se transmitió a la opinión pública que Juan Carlos Borbón era el “motor” o “padre” de la democracia por el papel jugado durante la Transición y después reconvirtieron el autogolpe del rey, en un “éxito político”, presentando a Juan Carlos como salvador de la democracia. ¡Una operación de imagen perfecta!
45 años después seguimos en lo mismo. Lo que se difunde sobre el 23F, casi unánimemente por los medios de comunicación, es un auténtico cuento, convertido en el relato oficial hasta hoy.

El periodista Gonzalo Bareño (“Seguimos esperando la verdad sobre el 23F”, La Voz de Galicia, 8-4-2014), concretaba así esta historia oficial: “Suárez dimitió porque estaba cansado y le dolía la cabeza. Tejero entró en el Congreso porque aquella mañana se levantó crecido y decidió salvar a España. Los diputados de UCD eran una piña en torno a su líder, y los de la oposición, un ejemplo de concordia y de exquisito respeto al juego democrático. La cúpula militar sintió vergüenza por la imagen de un guardia civil blandiendo un pistolón en el Parlamento y se puso al servicio del poder político para abortar cuanto antes el golpe de Estado. El rey condenó desde el minuto uno la intentona golpista y en cuanto tuvo noticia del asalto al Congreso ordenó a la Junta de jefes de Estado Mayor que mantuviera el orden constitucional. Los poderes fácticos, la gran banca, la Iglesia y la élite empresarial dejaron clara en todo momento su apuesta inequívoca por la democracia. Este cuento de hadas resulta cómico y fantasioso, pero está tan lejos de la realidad como la historia oficial que nos han contado sobre lo que de verdad ocurrió en las 17 horas más tristes de nuestra democracia. Cerrar los ojos de forma colectiva y hacer un alarde de amnesia e imaginación para que cada uno olvide sus responsabilidades y supere sus frustraciones es una opción encomiástica por el esfuerzo generalizado de silencio cómplice y cierre de filas que requiere. Pero, cuando se trata a los ciudadanos como si fueran imbéciles y menores de edad, amparándose además en la falacia de que conocer toda la verdad sería dañino para la democracia, se abre la puerta a que cada uno cuente los hechos como le pete. Y en eso estamos”.
Así es, el poder pretende que vivamos en la ensoñación de un mundo perfecto, y feliz, algo así como en la película “El show de Truman” (Peter Weir 1998), entre otras cosas porque el engaño ahorra al poder en represión, ya nos reprimimos nosotros mismos, aunque la realidad de un sistema económico, político y social que hace aguas no permite tales ilusiones.