
Memoria histórica imprescindible:
-Obras son amores y no buenas razones. Anticlericalismo.
Marcelino Menéndez Pelayo, docto catolicón y ortodoxo paladín de la fe única y verdadera, llamó a la sesión de las Cortes Constituyentes españolas del 26 de abril de 1869 la “sesión de las blasfemias”.
En aquella ocasión sus señorías debatían los artículos 20 y 21 del proyecto constitucional, que decían así:
“Art. 20. La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica.
Art. 21. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantido á todos los extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y del derecho.
Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica, es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior”.
De las 18 enmiendas que se presentaron a estos dos artículos, la primera fue la defendida por los diputados republicanos del ala más radical, el grupo minoritario de la izquierda, entre quienes se encontraba Pablo Alsina, el primer obrero textil en formar parte de la cámara, tras las elecciones de enero de 1869, que solía acudir a las sesiones con la blusa azul de operario. Francisco Suñer y Capdevila, médico y republicano federal, propuso dejar los dos artículos en uno solo, según la siguiente redacción:
“Art. 20. Todo español y todo extranjero residente en territorio español están en el derecho y en la libertad de profesar cualquiera religión, ó de no profesar ninguna”.
Y punto.
A Suñer le fue prácticamente imposible defender la enmienda. La continua interrupción de los neos y no tan neos desde sus escaños, entre cuyas intervenciones se adivinaban insultos y amenazas, junto al claro obstruccionismo del presidente de la cámara, hicieron que Suñer renunciara a la continuidad en el uso de la palabra y todo el grupo de la izquierda abandonara el salón de las Cortes, como señal de protesta por la censura impuesta, sin poder concluir su alegato.
A pesar del abandono de los de la extrema izquierda, como eran conocidos en la sala, la sesión siguió con su orden del día. A ojos de Menéndez Pelayo “la discusión fue, no debate político, sino pugilato de impiedades y blasfemias, como si todas las heces anticatólicas de España pugnasen a una por desahogarse y salir a la superficie en salvajes regodeos de ateísmo”.
Como era de esperar, después de varias sesiones, el artículo fue aprobado tal y como rezaba (el verbo no es casual) en su redacción original, si bien quedó reducido a un único artículo, el 21, que admitía la libertad de cultos, pero evitaba considerar la ausencia de ellos, es decir, la falta de creencia en religión alguna y el ateísmo consecuente, tal y como Pablo Alsina y los suyos habían propuesto.
Por aquel entonces, como ahora, los mayores enemigos de la Iglesia católica eran el racionalismo y el librepensamiento. Sin ser cien por cien teorías o doctrinas que predicasen el ateísmo, proponían un modo de vida y de pensamiento que no estuviera determinado por las creencias religiosas, mientras se rechazaba de plano el fanatismo religioso y sus tradicionales rituales, que ocupaban todo el espacio y el tiempo público. Si algo unía a masones, anarquistas, socialistas y republicanos federales en este último tercio del siglo XIX era su condición como librepensadores, cuya actitud o doctrina no estaba sujeta a dogmas, particularmente religiosos, en el ejercicio de su razón. El anticlericalismo de la época, del que hacían gala en todo momento, iba más allá de la mera animadversión a los tragasantos, mojigatos y clerigalla en general. Con sus acciones anticlericales denunciaban la práctica de una Iglesia metomentodo que metía sus sayas en cualquier asunto, fuera o no de su competencia espiritual, abordando temas no religiosos, con especial interés en la educación y la política, sobre todo en la de Gobierno. A falta de una acepción asentada de la palabra laicismo, ajena aún al significado con el que hoy día la entendemos, el anticlericalismo actuaba como el motor que abogaba por la clara separación entre Iglesia y Estado. Periódicos profusamente ilustrados con imágenes anticlericales, como El Motín (1881-1926) -impulsado por José Nakens y Juan Vallejo-, La Broma (1881-1887) -dirigida por Eloy Perillán-, El Buñuelo (1880-1881), El Clarín (1881), La Mosca Roja (1882-1884), Don Quijote (1892-1903), El Diluvio Ilustrado (1904-1911) y otros posteriores, con una tirada de miles de ejemplares que les hacía llegar a cualquier confín de la península, las islas y las colonias, fueron sus mejores altavoces…

Regla infalible
Si vas a cualquier pueblo y saber quieres
cuáles son los vecinos más bribones,
fíjate en los que llevan los pendones
en la primera procesión que vieres.
O en los que, si a la iglesia concurrieres,
escuchan más atentos los sermones
o perpetren al mes más confesiones
o más de religión hablar oyeres.
Y di sin vacilar: “Esa canalla
es la que al pueblo explota y avasalla
y entiende en los negocios inmorales;
y si se acoge previsora al templo
es por seguir el salvador ejemplo
de antiguos y modernos criminales”.
José Nakens, 1915.