
Memoria histórica 1939-2026
-Emilio Silva: “50 años de libertad, ¿para quién? Nosotros todavía nos encontramos el miedo en muchos sitios”
El fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, pionero en la exhumación e identificación de desaparecidos por la represión franquista, presenta Nébeda (Alkibla, 2025), una novela que recupera las raíces de su incansable búsqueda para desenterrar silencios.
Nébeda tiene aroma a infancia. Nébeda tiene aroma a raíz. Nébeda tiene aroma a pueblo. Pero Nébeda tiene también aroma a final. El sociólogo, periodista y activista por la recuperación de la Memoria Histórica Emilio Silva Barrera ha elegido ese nombre, que se corresponde con una planta silvestre abundante en Pereje (León), el pueblo originario de su familia paterna, para titular su primera novela. Y no es casual: en sus páginas, publicadas por la editorial Alkibla, recoge los ingredientes que componen la historia de su abuelo, el primer republicano desaparecido por la represión franquista que fue exhumado y reconocido mediante prueba genética.
El 16 de octubre de 1936 un grupo de republicanos fueron capturados en la zona de El Bierzo y fusilados en Priaranza del Bierzo. Hasta el año 2000 no se consiguió abrir la fosa para recuperar el cuerpo de Emilio Silva abuelo y los otros doce civiles que se amontonaban en un tajo del terreno. Daba así el pistoletazo de salida de la actividad de Silva nieto, fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Una frenética actividad con la que ya han conseguido exhumar unas 200 fosas.
Al mismo tiempo, fraguaba este libro, que llevaba ya mucho tiempo escrito pero que no había visto aún la luz. El aroma del silencio es pesado como una losa y en ocasiones cuesta subir las rejas. Y juntando todas las fuerzas para levantar el telón, el autor ha construido una historia con ritmo lento y cálido que se desparrama por las hojas con ánimo pictórico, de la mano de un naturalismo descriptivo que regala una experiencia para los cinco sentidos. Una novela que se mastica, que se sufre, que se huele. Una novela de la que a Silva le cuesta hablar. El autor huye por los huecos que las presentaciones del libro le dejan libres, pero cae en las redes de las preguntas de El Salto mientras da vueltas al anillo de su abuelo, la señal de despedida que le regaló a uno de sus hijos en la última ocasión en la que un familiar le vio con vida. Una despedida que dejó un rastro de vacío, solo recuperado por la tenacidad de su nieto.

-Dices que empezaste el libro hace mucho tiempo en tu cabeza. Creo que comenzó cuando abristeis la primera fosa.
De hecho, yo antes de esto escribí otro proyecto de novela que se llamaba Txc. Era como el nombre de una ciudad sin ciudad y tenía que ver con esta historia. Franco iba a Ferrol y en el camino le sorprendía una tormenta muy bestia. Tenía que parar a dormir en un pueblo de El Bierzo, el pueblo de mis abuelos. Entonces un hijo de un asesinado y desaparecido le hacía una pintada llamándole asesino. Le pillaban, se escapaba. Iba hacia Madrid. Y la novela terminaba con él detenido en un pueblo de Ávila por la Policía Militar. Y cuando se despierta en un furgón policial está oyendo el discurso de inauguración de Franco del Valle de los Caídos. Y ahí acabé la historia.
Antes de encontrar a mi abuelo, dejé mi trabajo en un grupo de revistas, tuve una crisis laboral, había sido padre y me propuse hacer algo o me comía la responsabilidad. Empecé a ir a El Bierzo y a preguntar a gente mayor en el pueblo de mi abuelo. Así fue como Marco, que es amigo de mi padre, me abrió a la verdad. Su hermano mayor era el mejor amigo de uno que escapó del camión donde llevaron a mi abuelo a fusilar. Me llevó un día al lugar. En ese momento me cambió la vida. Entonces vivían mi padre y sus cinco hermanos. Hablé con mi padre sobre la posibilidad de intentar exhumar el cuerpo de mi abuelo y nos pusimos a averiguar cómo se podía hacer. Fue la primera exhumación científica aquí. Luego me metí en el lío de crear la asociación. Mientras, empecé esta novela y ahí se quedó esperando. (…)
-Se podría esperar la historia de tu familia en el libro, pero no es tanto así. O al menos coges prestado los detalles y haces una macedonia, ¿cierto?
Es la historia del pueblo, Pereje, que es un pueblecito, que no tenía ni 17 habitantes empadronados. Yo nací en Navarra, todos los veranos iba a Pereje y me pasaba un mes por sus calles viendo a personajes que aparecen en el libro y con curiosidad porque sabía que tenía un abuelo muerto. Mi padre nos decía que estaba por ahí por un trigal. En la casa de mi abuela había un desván donde guardaban algunas cosas de la tienda de mi abuelo. Una báscula romana, algunos papeles, una especie de oficina de comercio. Y claro, a mí me ha despertado mucha curiosidad eso. Con el libro es como si yo me hubiera ido al Pereje del 36, hubiera perforado una pared y me hubiera metido a vivir lo que le pasó a mi abuelo. Es la historia de cómo nació ese silencio. Y luego hay un ajuste de cuentas familiar que es el personaje de Camilo Santín, que es con el que él negocia y que cree que le puede salvar. Ese era un primo de mi abuela de Falange. (…)
-Hay una idea que recorre el libro y es la idea de la venganza. ¿Por qué?
Igual es una forma de buscar justicia cuando no hay justicia. Alguien me dijo que mi libro era ficción, pero hay cosas que no lo son tanto.
Hay un pueblo cerca de Pereje que se llama Dragonte. Cuando fue el golpe del 36, había un cura que tenía una relación con una mujer casada, el marido de esa mujer era republicano. El cura lo denunció, lo llevaron a juzgar a Lugo y lo condenaron a muerte. Y cuando lo estaban llevando al sitio donde lo iban a fusilar, se escapó. Unos meses después estaba el cura oficiando misa y aparecieron tres tíos en la iglesia. Le explicaron a los feligreses por qué lo iban a asesinar y allí se lo cargaron.
Eso ocurrió allí. Allí cerca. Esa es una historia conocida de El Bierzo. Osea, las historias que aparecen en el libro no están tan alejadas de la realidad. (…)

-Algo que reflejas en el libro y que me parece que lo diferencia de otras obras literarias o culturales sobre las personas represaliadas, es la represión que sufrieron las mujeres. Una represión específica por ser mujer. Creo que eso todavía no está muy retratado y creo que tú no lo has olvidado.
La primera vez que llegué a Villafranca del Bierzo, después de encontrar la fosa de mi abuelo, encontré a un hombre muy mayor. Tenía 80 y pico años. Me empezó a hablar de las mujeres que habían sido rapadas, que vivían cerca de mis abuelos, que yo ya había oído hablar de ellas. En la guerra civil, cuando llegó la columna de militares que venía desde Galicia, alguien les estaba esperando para entrar al pueblo y les iba señalando en qué casas tenían que sacar gente. De hecho, a mi abuelo lo sacaron y lo salvó una vecina. A esas dos mujeres las sacaron, las raparon el pelo y las pasearon con un tambor por todo el pueblo. El tambor era para que llamaran la atención y la gente saliera a mirar y así hubiera una humillación de verdad.
Una vez haciendo el Camino de Santiago, en un pueblo de León, hablamos con una mujer mayor que nos acabó invitando a merendar a su casa. Empezamos a hablar de la guerra. Y ella me contó cómo un soldado franquista, mientras ella estaba cogiendo alfalfa para conejos a las afueras del pueblo, la cogió, se la llevó detrás de una especie de corral. Entonces la tiró al suelo, él se empieza a desabrochar el cinturón y ella, según su relato, en ese momento cierra los ojos, se pone a rezar y cuando abre los ojos, ese hombre ya no está ahí. Seguramente la violó. Para mí eso también fue una metáfora de lo que hizo España en la transición, que es cerrar los ojos y como si por algo mágico, un rezo, hubiéramos invocado la reconciliación.
Ya no se puede hablar de reconciliación porque es evidente que no la hubo. Es un discurso que se podía vender políticamente mientras las víctimas se callaban, los libros de historia no contaban, los medios no investigaban.
Ya no sirve la idea de la reconciliación, pero ahí hay unas élites que quieren seguir restaurando el discurso ejemplar de la Transición. Hay un eslogan que estaba en la serie de Televisión Española con motivo del 50 aniversario de la muerte de Franco, que es “la dictadura que murió en la calle”. Creo que lo que se está haciendo es construir otro mito. Ahora, en un país que ya hay bastante gente que tiene miles de desaparecidos, cosas bestiales como el Patronato de Protección a la Mujer, gente torturada, campos de concentración para homosexuales… donde ya se ha despertado mucha información y los golpistas se han ido todos de rositas, ya no puedes hablar de reconciliación. Pero alguien quiere reconstruir un mito de esa transición. Entonces lo que se ha intentado restablecer es ese discurso de que la dictadura murió en la calle y que la democracia solo la ha conocido la sociedad española a partir del 77, obviando la República. Mientras, hasta el 79 hubo homosexuales en la cárcel, hasta el 85 existió el Patronato de Protección a la Mujer. Quiero decir, celebramos 50 años de libertad, ¿para quién? Nosotros todavía nos encontramos el miedo en muchos sitios…
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