
Memoria histórica imprescindible:
Entrevista a Esperanza Martínez, “Sole”, la última guerrillera antifranquista viva.
En El Otro País, n.º 117, feb-mar 2026
Contra la barbarie, resistencia humana
“Las mujeres también merecemos estar en las primeras páginas de la historia”
En la entrevista a la guerrillera Esperanza Martínez encontramos una dignidad, compromiso y valentía que son un revulsivo contra el miedo por las consignas y propaganda de los nuevos fascismos que multiplican las guerras. Esperanza, que cumplirá 99 años el mes de abril, continúa encarnando la resistencia humana frente a la barbarie. Una vida ejemplar contra los impactos actuales de genocidas, regímenes autoritarios y desbocados poderes económicos.
Nos recibe Esperanza (hasta hace pocos años presidenta de la Asociación Archivo Guerra y Exilio, AGE), con un aspecto impecable, en la puerta de su actual domicilio en Zaragoza, un piso donde vive sola. La acompaña en este frío día de enero su “sobrino”, Nardo Torguet, hijo de un amigo de su marido y de ella misma, también sanguinariamente represaliado por la dictadura de Franco. La casa, llena de recuerdos, huele a confort. Y enseguida nos invita Esperanza a su salón con una sonrisa, ojos chispeantes de inteligencia y cierto acento maño. Ha dejado preparados sobre la mesa unos preciosos vasos de cristal y una jarra de agua para la charla.

Pregunta. – Cuentas en tu libro, Guerriller@s, recuérdalo tú y recuérdalo a otros, que naciste el 27 de abril de 1927 en la Atalaya, una aldea de Cuenca, en una familia campesina, y te incorporaste a la lucha armada contra la dictadura de Franco, en diciembre de 1949, con poco más de veinte años. ¿Cómo se convierte una campesina española de la década de los cuarenta del pasado siglo, dedicada a las labores del hogar y del campo, en una guerrillera?
Respuesta. – Yo nací en una familia republicana, en una casa sin luz ni agua, arrendada a un terrateniente. Mis padres, Nicolás y Matilde, trabajaban en sus tierras como labradores. Tuvieron doce hijos, pero solo sobrevivimos cinco hermanas. Cuando les permitieron votar, lo hicieron por la República. No eran creyentes y nos enseñaron a ser buenas personas, a no acobardarnos por nada y a seguir nuestro camino. Cuando surgió la guerrilla, sentí alegría. Todavía no sabía que mi padre cooperaba con los que se movían en la zona. Nos lo ocultó todo el tiempo que pudo para protegernos. Les facilitaba comida y refugio si lo necesitaban. Al enterarnos de que mi padre les ayudaba, y a sabiendas de la enorme represión que la guardia civil ejercía sobre quienes les apoyaban, todas las hermanas quisimos proteger de alguna manera a esos hombres que luchaban contra la injusticia. Tenía 17 años cuando le dije a mi padre: “Si usted está con ellos, nosotras también”. La situación duró hasta que la benemérita empezó a acosarnos y tuvimos que “echarnos al monte” para que no nos mataran. Entonces yo ya había cumplido los 22.
P.- Volveremos en breve a este tema, pero ahora regresemos a tu infancia. Fuiste la tercera de las cinco hermanas. Tu madre murió en el último parto. Tenías nueve años. ¿Qué supuso para la familia esta enorme pérdida y, en concreto, para ti?
R.- Todavía sigo recordándola. Era muy cariñosa y amable, muy valiente y trabajadora. Atendía muy bien todas nuestras necesidades. Siempre con un puchero en la lumbre. Solo recuerdo una discusión entre mis padres y fue cuando empezó la Guerra Civil. Mi padre quería irse voluntario a defender la República y mi madre se oponía a que se marchara. Menos mal que él se quedó. Ella murió en el parto. También las gemelas que nacieron. Al mismo tiempo falleció un hermanito de un año por tosferina. Casi todos enfermamos. Parece ser que la más grave de la familia era yo, pero sobreviví. Enterramos juntos a mi madre y a los tres bebes. Tiñeron de negro la poca ropa que teníamos. Prescindir de ella fue muy triste, pero tuvimos que aguantarnos. Estábamos en plena guerra. Las mayores asumimos más responsabilidades para ayudar a nuestro padre en el campo y cuidar de las dos pequeñas. No pasamos hambre, pero sí muchas necesidades.
P.- De las cinco hermanas fuiste la única que asistió a la escuela donde aprendiste a leer y a escribir. ¿Qué recuerdas de tus maestros?
R.- En esa época, los aldeanos como yo, no solíamos ir al colegio y mucho menos las niñas, pero a mí me encantaba aprender y, en cuanto acababa mis tareas, me calzaba las abarcas y corría como un rayo los cinco kilómetros que separaban mi casa, en la Atalaya, o el chozo donde cuidaba a los corderitos, para llegar a la escuela de las Zomas, donde don Castor, que tenía una pierna amputada, me enseñó el abecedario y la primera cartilla. Nos hacía leer en alto. Era muy buen maestro. Acudí muy poco a la escuela porque tenía bastantes obligaciones: llevaba la burra hasta el manantial, distante unos kilómetros, para cargarla con el agua que consumíamos en casa. Un agua muy buena. En la balsa que aquel riachuelo formaba, rodeada de hierba, lavábamos la ropa. En invierno se pasaba mucho frío porque se helaba y había que romper el hielo para restregar las prendas. No tenía tiempo de aburrirme. Las labores del campo resultaban muy exigentes por esas fechas; regaba el huerto, atendía a los animales… También aprendí a coser haciendo mis propias muñecas y su ropita y ya, desde entonces, como se me daba muy bien, quedé encargada de hacer las camisas de mi padre y la ropa de mis hermanas. Toda la familia nos esforzábamos por salir adelante, pero un año que hubo mala cosecha y no se pudo pagar al señorito, nos echaron. Yo tenía catorce años. Nos quitaron todo. Mi padre escondió algo de trigo y, hasta que consiguió reunir el dinero para que nos levantaran el embargo, nos refugiamos en la casa de mi abuelo Miguel.
P.- ¿Como fueron tus primeros contactos con los guerrilleros y de qué formas les ayudabais?
R.- Mi padre contrató a Herminio, hijo de un vecino de ideas progresistas al que la guardia civil había roto un brazo y una pierna moliéndole a palos. Aquel chaval, que nos ayudaba ocasionalmente en las labores del campo, fue el primero en irse con la guerrilla. Se escondía en nuestro granero cuando no podía andar por tener los pies muy hinchados, porque sabía que se podía confiar en nuestro padre. Además, nuestra casa era la más alejada del resto que formaban la aldea… Luego empezaron a venir más. Cuando las hermanas nos enteramos, acordamos con ellos una contraseña dando una serie de golpes en la puerta cuando necesitaran vernos. Nuestro perrito, Lucero, nunca les ladraba, pero se quedaba ronco cuando la guardia civil aparecía por allí. Cada cierto tiempo me entregaban una lista con lo que necesitaban y el dinero para comprarlo. Para no despertar sospechas en el pueblo, lo adquiría en Cuenca, en distintas tiendas. Recorría con mi burra los quince kilómetros que había hasta allí en compañía de mi vecina Reme, hermana de Herminio. Nos hicimos muy amigas e incluso bordamos juntas una bandera republicana que entregamos a los guerrilleros.

P.- Pasaste a la guerrilla en pleno mes de diciembre del año 49. Entre los casi seis mil hombres armados que constituían los efectivos de las guerrillas antifranquistas, apenas había cien mujeres. ¿Cómo viviste en ese mundo de hombres y, más concretamente, en la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA, que fue el grupo en el que te incorporaste?
R.- Aquella noche que abandonamos nuestra casa para siempre, hacía un frío tremendo. Estaba claro que la guardia civil iba a venir a por nosotros. Se lo dije a mi padre y tomamos la decisión de echarnos al monte toda la familia, salvo mis dos hermanas mayores, Prudencia y Amancia, que ya estaban casadas. Amancia y César acababan de ser padres, pero, como también este cuñado apoyaba a los guerrilleros, le previne, y decidió unirse a nuestro grupo. Mi amiga Reme y el resto de su familia también se incorporaron. La represión, las violentísimas detenciones contra vecinos sobre los que la guardia civil albergaba sospechas, no nos dejaba otra salida. Dejamos a nuestros animales y, con la matanza recién hecha y colgada, nos fuimos con casi lo puesto a medianoche, vestidas con pantalones y alguna prenda de abrigo. Anduvimos en la oscuridad guiadas por un guerrillero hasta poco antes de que amaneciera. Al llegar a su campamento, prepararon unos huevos fritos que nos supieron a gloria. Estos hombres se mostraron siempre con nosotras absolutamente respetuosos. La agrupación prohibía la integración de mujeres, pero, dada la situación, nos admitieron. Mis dos hermanas pequeñas, Amadora y Angelina, aprendieron a leer y a escribir con ellos. Enseguida le buscaron una familia a Angelina, la de Adelina Delgado, a la que los guerrilleros llamaban La Madre. Mi hermana, que aún era menor, se integró como sobrina, porque la vida en el monte resultaba muy ingrata. Vivíamos en una permanente huida. Caminábamos en la noche y dormíamos de día, al raso, sobre una piel de oveja; solo si llovía o nevaba se ponía la tienda de campaña. Nunca pasábamos más de cinco días en el mismo lugar. Comíamos cuando se podía… A pesar del miedo y de tanto sufrimiento, esos casi dos años que formé parte de la guerrilla antifranquista fueron importantísimos en mi vida. La solidaridad, el compañerismo y el respeto constituían la base de nuestra camaradería. Se convirtieron en hermanos para mí. Leíamos todo lo posible y también escuchábamos radio España Independiente o la Pirenaica. Acabé afiliándome al Partido Comunista. Con mis camaradas aprendí que las mujeres también merecemos estar en las primeras páginas de la historia, y que, en cuanto a derechos, somos iguales, lo que resultaba inimaginable en ese periodo, sobre todo, para las «vencidas» a las que la dictadura nos castigaba cruelmente.
P.- También cuentas que todos ibais armados, y que, en un enfrentamiento con la guardia civil, mataron a tu padre y a tu cuñado, ¿usaste el arma?, ¿cómo afrontasteis estos hechos?
R.- Al pasar a la guerrilla todos adoptamos otro nombre: mi padre, Nicolás, se convirtió en Enrique; César, el marido de Amancia, fue rebautizado como Loreto; mi hermana Amada, pasó a llamarse Rosita; Angelina, en Blanca y yo, como sabes, en Sole. A mi padre y a César los integraron en otras patrullas. Nos movíamos en grupos reducidos de entre ocho a catorce personas. Nos dieron a todos un arma; a Amada y a mí, una pistola ligera, un nueve corto, porque las guardias solo las hacían los hombres. Recuerdo todavía la cara de mi padre, al despedirse de nosotras con un fuerte abrazo: “Que no os cojan vivas. Antes, usad la pistola”, nos dijo. Fue la última vez que le vi. Todos estábamos al corriente de las barbaridades que los guardias cometían con las mujeres que pillaban en la guerrilla. Le asesinaron el 4 de marzo de 1951. Un guardia civil le remató con un disparo a bocajarro. César, mi cuñado, cayó el 24 de mayo de ese mismo año. Cuando nos dieron la noticia del asesinato de mi padre, sentí un inmenso dolor, y luego, un fuerte deseo de venganza. Con el tiempo, todo ese odio se fue transformando en un mayor compromiso político y en un empeño de ser mejor para luchar por la justicia y por la verdad. Nos costó muchísimo tiempo averiguar dónde los habían enterrado. Y desde entonces, acudimos todos los años a ponerles unas flores. Al poco tiempo de la muerte de mi padre, la guardia civil asaltó también nuestro campamento, cerca de Requena. Los guerrilleros nos defendieron para que mi hermana y yo lográsemos huir. En medio del tiroteo, por poco mato a mi hermana porque olvidé poner el seguro a la pistola. Esa fue la única ocasión en que casi se dispara mi arma. Escapamos cruzando un río y escondiéndonos bajo unos matorrales. Estuvimos horas sin movernos apenas. Caía un sol de justicia porque estábamos en junio. No teníamos agua ni comida. Muy entrada la noche, logramos reunirnos con los nuestros en el punto de concentración acordado.
P.- Tras la decisión del Partido Comunista de abandonar esa lucha en el año 51, se comienza a organizar la evacuación de los guerrilleros del AGLA. A tu hermana Amadora le buscaron un sitio en Yecla en junio de ese mismo año, pero tú no saliste del monte a Francia hasta octubre. Y al poco, volviste a España en un par de ocasiones para ayudar a otros guerrilleros a pasar la frontera. Cuéntanos.
R.- Me sacaron en octubre del 51. El día pactado fui hasta una casa, que era un punto de apoyo, y me aseé y vestí con ropa de mujer. Me acompañó otro guerrillero, Teo, hasta Valencia, donde tomamos un tren a Barcelona. Nos alojamos una noche en un hotel como si fuéramos matrimonio, y Teo me cedió la cama, mientras él se quedaba en el sillón que había en la habitación. Antes de atravesar la frontera, nos reencontramos Reme y yo. Las marchas para cruzarla siempre eran de noche. Con los nuevos enlaces atravesamos bastantes montañas con despeñaderos que me parecían gigantescos. Nunca olvidaré aquellos precipicios, ni el estruendo que se escuchaba desde las alturas, por el sonido que producía el agua al recorrer el fondo del tajo rebotando en las paredes de la montaña. Pasado el susto y ya en Francia, descansamos unos días en un caserío. Luego nos instalaron con una familia de camaradas franceses en un pueblo, y, a los pocos meses, de nuevo, Reme y yo nos separamos. El Partido me propuso regresar a España para sacar a otros guerrilleros. Acepté sin dudar y me preparé para hacerlo lo mejor posible. Con carné falso atravesé la frontera y cumplí mi cometido con éxito, sacando a 4 guerrilleros. De nuevo en Francia, el partido volvió a contactar conmigo para la tarea de ayudar a Reme, que también había ido a España a recoger guerrilleros, y sin saberlo, iba camino de una emboscada.

P.- Y volviste de nuevo a España, a pesar del riesgo enorme, pero, en esta ocasión, te traicionó uno de los guías y fuiste detenida. Pasaste quince años en las cárceles de la dictadura. ¿En algún momento pensaste en tirar la toalla? ¿Qué te mantenía?
R.- En España ya me di cuenta de que aquel guía que debía acompañarme hasta Salamanca no se comportaba de la manera adecuada. Cogimos el tren camino de Salamanca para prevenir a Reme, pero antes, en Miranda de Ebro, me detuvieron. Y luego también a Reme. Tras nuestra detención pasamos por varios centros y comisarias donde nos golpearon repetidamente, pero lo peor ocurrió en los sótanos de gobernación, en la DGS, en los calabozos de Sol. Nos aislaron durante semanas. Me llenaron la boca de trapos para evitar que gritara. Las palizas se sucedían. Llegué a un punto que hubiera preferido que me mataran de una vez. Incluso se me pasó por la cabeza suicidarme golpeándome con los barrotes de la cama en la sien, pero sabía que no resultaría. Ahora me alegro de estar aquí y de haber sido capaz de resistir. Pasé quince años en la cárcel del 52 al 67. Primero estuve unos años en la cárcel de Valencia, con Reme y Amadora, a la que también habían detenido. En esa cárcel andaban por los patios y pasillos ratas como camiones. Luego estuve un año en el penal de Burgos, donde no había calefacción ni agua caliente. Se me hizo larguísimo. Igualmente estaba infestado de ratones y cucarachas. Acabé mi condena en el penal de Alcalá de Henares donde había bastantes presas políticas y nos organizamos estupendamente. Allí recibí clases de cultura general y de francés de dos compañeras presas: Carmen Orozco y Mercedes Gómez Otero. Las recordaré siempre con mucho cariño. Trabajé en el taller de costura haciendo uniformes para la policía y sábanas para las cárceles porque por cada día trabajado redimías medio. También pasé algo más de un mes en Yeserías donde me operaron de un bulto que me había salido en un pecho. Resultó benigno y regresé a Alcalá esposada y escoltada por la guardia civil.
P.- De hecho, alargaron tu estancia en prisión por tu falta de arrepentimiento. Y tras la salida con libertad condicional, seguiste militando en la clandestinidad por la lucha de las libertades y en contra de la dictadura. ¿Cómo te sentiste tras salir de los muros de la prisión?
R.- Salí en libertad condicional el 25 de febrero de 1967. Pasé un tiempo en casa de mi hermana Amadora, que vivía en El Pozo del Tío Raimundo. Su marido también estaba en la cárcel por motivos políticos. Enseguida me trasladé a Manresa, donde vivía mi hermana Amancia, la viuda de César, que era quien se había propuesto como mi fiadora. Debía presentarme en el juzgado cada pocos días. Me costó adaptarme porque el mundo al que me incorporé, nada tenía que ver con el que yo había dejado quince años atrás. Fue muy importante en ese periodo el cariño de mi familia y del grupo Movimiento Democrático de Mujeres de Zaragoza, que tanto soporte nos brindaron cuando estábamos en la cárcel. Ese mismo año hice un viaje a Zaragoza para conocer personalmente a aquellas mujeres y darles las gracias. En ese encuentro conocí al que sería mi marido, Manolo Gil, hermano de una de esas compañeras y camarada del PCE. Nos carteamos un tiempo y enseguida decidimos casarnos, pero no por la Iglesia católica, cómplice del franquismo, sino por lo civil. No resultó nada fácil, pero lo logramos. Fue la primera boda civil de Zaragoza desde el final de la Guerra Civil. Pero eso ya es otra historia.