
Libros historia:
-Combatientes en la sombra. Una nueva perspectiva histórica sobre la Resistencia francesa.
Robert Gildea.
2016. 464 páginas + notas y referencias.
La historia de la Resistencia francesa es una piedra angular en la identidad gala. El país sufrió una derrota en 1940, arrollado por una Blitzkrieg que apenas duró seis semanas. La mitad norte de Francia quedó ocupada desde el mismo comienzo de la guerra y la mitad sur a partir de noviembre de 1942, como respuesta a los desembarcos de los Aliados en el norte de África. El poder pasó a manos del mariscal Pétain, el héroe de la batalla de Verdún, cuyas primeras medidas fueron la derogación de la República francesa y la implantación de un régimen autoritario cuya capital pasó a ser la ciudad balneario de Vichy, en la región central de Francia.
Los franceses se dividieron entre quienes colaboraron con los alemanes, aquellos que se enfrentaron a ellos con las armas y quienes no hicieron ni una cosa ni otra, sino que se resignaron a su nueva situación y se las «apañaron» con ella como pudieron. El régimen de Vichy cedió ante las presiones alemanas para deportar a los setenta y cinco mil judíos residentes en Francia —veinticuatro mil de nacionalidad francesa y cincuenta y un mil de nacionalidad extranjera— a los campos de exterminio. Pasaron cuatro años de espera hasta que los Aliados volvieron a poner los pies en suelo francés y ayudaron a los franceses a expulsar a los alemanes de su país. La liberación de París se produjo en agosto de 1944 y finalmente se consiguió echar a los alemanes. Las tropas francesas entraron en Alemania y emprendieron también la recuperación de los territorios coloniales perdidos en Oriente Próximo e Indochina y, con ello, la restauración de su pasada grandeza nacional.
Para hacer frente al trauma de la derrota, la ocupación y una guerra civil en potencia, los franceses desarrollaron el mito fundacional de la Resistencia. No se trataba de inventarse algo que nunca hubiera sucedido, sino de una historia que sirviera a los propósitos de la Francia que surgió tras la guerra. Se trataba de un mito fundacional que permitía a los franceses reinventarse y mantener su orgullo nacional durante el periodo de posguerra. Este relato estaba compuesto por diversos elementos. En primer lugar, la Resistencia era un continuo que había comenzado el 18 de junio de 1940, cuando De Gaulle, que se encontraba aislado en Londres, hizo un llamamiento a la resistencia a través de una emisión radiofónica de la BBC, y que había llegado a su apogeo el 26 de agosto de 1944, día en que desfiló por los Campos Elíseos entre las aclamaciones del pueblo francés. En segundo lugar, se consideraba que mientras «un puñado de miserables» había colaborado con el enemigo, el esfuerzo de una minoría activa de resistentes había gozado del apoyo de la inmensa mayoría del pueblo francés. En tercer lugar, por último, se consideraba que, a pesar de que los franceses estuvieran militarmente en deuda con los Aliados y con algunos extranjeros que habían participado en la Resistencia, el pueblo francés se había liberado a sí mismo y había sido capaz de restaurar su honor nacional, su autoestima y su unidad.
Este mito se orquestó con gran eficacia desde el mismo momento de la liberación. Cuando Charles de Gaulle recibió la bienvenida en el Ayuntamiento de París, el 25 de agosto de 1944, se dirigió desde allí a la multitud que se encontraba en las calles. Cabe considerar sus palabras, frecuentemente citadas, como la primera tentativa de definición del mito de la resistencia y la liberación, antes incluso de que la liberación de Francia se completara:
¡París ha sido liberada! Liberada por sí misma, liberada por su pueblo con la ayuda de las tropas de Francia, con el apoyo y la participación de toda Francia, de la Francia combatiente: la única Francia, la Francia auténtica, la Francia eterna.
Este relato se continuó fraguando a través de una serie de actos oficiales posteriores, una vez que Francia había terminado la guerra y había aceptado la rendición de los alemanes en Berlín como una de las potencias aliadas. Durante un desfile celebrado en París el 18 de junio de 1945 —el V aniversario de la llamada a la resistencia por parte de De Gaulle—, las tropas de la Francia Libre, que habían continuado los combates hasta el final de la guerra, eclipsaron, tanto por su número y como por su estilo, a las fuerzas de la Resistencia francesa del interior. Por las calles rodaron tanques que representaban al ejército en el que había combatido el propio De Gaulle y una escuadra aérea dibujó en el cielo su emblema: la cruz de Lorena. El mito de la resistencia de De Gaulle era militar, patriótico y masculino. Recibió su consagración en noviembre de 1940 con la creación de una nueva orden de caballería: los Compagnons de la Libération. Sus miembros no eran más de mil treinta y ocho y habían sido elegidos por su valor en actos de guerra en el transcurso de la epopeya de la liberación. El 81 por ciento de ellos eran oficiales en servicio, solo un 5 por ciento eran extranjeros y el 0,6 por ciento era la escueta cuota reservada a las mujeres. La dimensión patriótica del relato creado en torno a la Resistencia se impuso a golpes de exclusión a cualquier otra visión que la explicara como una lucha internacional contra el fascismo y el nazismo librada parcialmente en suelo francés por guerrilleros que tan pronto podían ser republicanos españoles como judíos polacos. El 11 de noviembre de 1944, en compañía de Winston Churchill, De Gaulle depositó una corona en la estatua de Clemenceau, primer ministro francés durante la Primera Guerra Mundial, situada en los Campos Elíseos, y proclamó que la Resistencia había sido un episodio más en una guerra contra Alemania que se había extendido a lo largo de treinta años, entre 1914 y 1944.
Por poderoso que fuera, semejante mito nunca se implantó de manera completamente hegemónica en la conciencia del pueblo francés. Los comunistas, que desempeñaron un papel dirigente en los combates de la Resistencia y se impusieron como el mayor partido político tras el final de la guerra, no pusieron objeciones al relato dominante mientras disfrutaron del poder. En 1947, sin embargo, tras el comienzo de la Guerra Fría y la expulsión de los comunistas del Gobierno, comenzaron a insistir en que ellos tenían su propia versión de la historia. El Partido Comunista (PCF) se autodefinió como el partido de los setenta y cinco mil fusillés, que era su estimación del número de comunistas fusilados por los alemanes. Las cifras estaban, indudablemente, infladas, pero el Partido Comunista hizo hincapié en un caso espectacular de martirio: los veintisiete comunistas hechos rehenes —entre ellos Guy Môquet— que fueron fusilados en octubre de 1941 en Châteaubriant en represalia por la ejecución del Feldkommandant de Nantes a manos de un comando comunista. En octubre de 1950, en la misma explanada en la que habían sido ejecutados, se inauguró un monumento que representaba a cinco varones musculosos atados a una estaca y cantando a voz en grito La Marsellesa o bien La Internacional.
El hecho de que, en octubre de 1952, la ciudad de Nantes erigiera su propio monumento a los dieciséis rehenes no comunistas fusilados en Nantes, como se hiciera con los comunistas fusilados en Châteaubriant, simboliza las rivalidades que surgieron por la apropiación de su memoria. El alcalde de Nantes elogió el papel de las autoridades de Vichy, que habían mediado ante los alemanes para evitar la segunda ronda de ejecuciones con la que habían amenazado, y el del honorable pueblo de Nantes, que había soportado las represalias con dignidad. Este acto público fue clara y explícitamente boicoteado por los comunistas, que celebraron por su cuenta su propia vigilia, demostrando con ello cuán marcadamente divididos podían estar los actos de conmemoración de la Resistencia…
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