
Memoria histórica imprescindible:
-«Tortura y muerte de un médico anarquista en Valladolid: Emilio Pedrero Mardones»
Durante el proceso de represión que siguió al golpe militar fascista en la ciudad, se produjeron casos verdaderamente increíbles por su crueldad, y más parece que los autores de tales salvajadas fueran sicópatas, personas trastornadas y despojadas por completo de humanidad.
Uno de los casos más espeluznantes es el del doctor Emilio Pedrero Mardones, un médico libertario señalado como objetivo por los fascistas, perseguido y acosado hasta su detención, torturado hasta hacerle perder la razón y finalmente fusilado en las cascajeras de San Isidro en Valladolid.
Emilio Cruz Rafael Pedrero Mardones nació en León en el año 1911 y tras estudiar el bachillerato en Oviedo, hizo la carrera de medicina en Valladolid, donde se doctoró. En el año 1932 entró como alumno interno en la cátedra del profesor Rafael Argüelles López, Vicerrector de esa Facultad, puesto que logró por oposición.
Emilio Pedrero no pasaba inadvertido en la universidad por su brillantez como estudiante, pero también era llamativo personalmente. Su estatura sobrepasaba el metro noventa, y era un líder natural. Pronto se afilió a la CNT y en 1936 era dirigente de la FAI.
Emilio Pedrero era ya un objetivo de la derecha en la universidad, donde era líder de la FUE, pero la verdadera persecución, que acabaría con su muerte, comenzó en el año 1934. El día 4 de marzo de 1934 tuvo lugar en Valladolid el acto de unificación de la FE y las JONS. Ambas organizaciones ultraderechistas unían sus fuerzas de la mano de sus respectivos líderes, José Antonio Primo de Rivera y Onésimo Redondo, en el teatro Calderón de Valladolid. El acto había generado inquietud y protestas en la ciudad, y se esperaban desórdenes públicos. Y efectivamente, al terminar el acto se produjeron enfrentamientos y peleas en los alrededores del Teatro Calderón, que culminaron con la muerte de un estudiante falangista llamado Abella. Este hecho tuvo lugar en las cercanías de la plaza de los Arces, a menos de 50 metros de la sede de la CNT. De inmediato surgieron las acusaciones que señalaban a los miembros de esta organización como autores del asesinato, y se produjeron muchas detenciones.
Entre los detenidos se encontraba Emilio Pedrero, acusado de participar en la agresión mortal, quien siempre negó haber tenido ni la más mínima participación en los sucesos.
La acusación se fundamentaba en el testimonio de varias personas, que dijeron haberlo visto por la zona; pero Pedrero vivía muy cerca del teatro Calderón, y para acudir al local de la CNT, en la calle Francisco Zarandona, había que pasar por los alrededores de dicho Teatro.
La endeblez de los testimonios y la falta de pruebas hicieron que Pedrero no llegara siquiera a ser juzgado, a pesar de lo cual la falsa acusación volvió a aparecer durante el juicio de 1937, donde se dio por cierta y fue utilizada como agravante para condenarle a la pena de muerte.
En octubre de 1934 se convocó una huelga general revolucionaria en todo el país, con un seguimiento irregular; en Valladolid se produjeron varios incidentes relacionados con la huelga, saldándose con centenares de detenidos, destitución de las corporaciones municipales, clausura de los Centros Obreros y cierre de las sedes de las organizaciones políticas y sindicales, entre las que se encontraba la CNT vallisoletana. Entre los dirigentes detenidos se encontraba Pedrero Mardones, que fue juzgado por tenencia de armas y condenado a ocho meses de cárcel, tal y como recogía el diario La Libertad el día 4 de noviembre de 1934. Pedrero entró en prisión y fue trasladado a la cárcel de El Dueso, donde permaneció algunos meses.
(…) tras el golpe fascista en julio de 1936, con el asalto a locales obreros, se refugió al parecer en una zona conocida por la existencia de cuevas naturales. Luego, Emilio Pedrero, según refiere su familia, estuvo oculto en el domicilio de una familia, que lo atendió durante bastante tiempo a cambio de cantidades sustanciosas de dinero que les entregó Eloisa Mardones, tía de Emilio, residente en León. Emilio tenía una hermana menor, y ambos eran huérfanos desde la niñez. La última entrega que se hizo a estas personas importaba 1.000 pesetas, cantidad verdaderamente elevadísima en aquella época. Para conseguir que el banco le facilitase esas cantidades, la familia Pedrero se arriesgó a ser detenida, pues los golpistas habían prohibido sacar dinero de los bancos. Si se logró enviar a Valladolid esas cantidades, fue por la mediación del obispo de León, a quien se dirigió la tía de los hermanos Pedrero Mardones. Pero los que ocultaban a Emilio pedían más, y al no ser posible conseguir el dinero, no quisieron seguir protegiéndolo. Puestas así las cosas, Emilio Pedrero decidió salir a la calle y entró en un bar. Estaba tomando un café cuando fue reconocido por unos parroquianos, detenido y encarcelado. Esto sucedió al atardecer del 23 de septiembre de 1937. Pedrero Mardones llevaba enclaustrado 14 meses.
Por todo esto, cuando fue localizado y detenido, los fascistas se desquitaron con él bárbaramente, como era de prever y como el propio Pedrero temía. Los malos tratos, las torturas y las palizas que le dieron lo sacaron por completo de su ser. Por fin lo condujeron a Las Cocheras. Su entrada, destrozado, sangrante y delirando, causó tal efecto entre los detenidos, que se plantaron.

El día 17 de enero de 1938 se celebró el consejo de guerra que le condenaría a muerte. Tras conocer la sentencia, tuvo que esperar más de cuatro meses, día por día y noche por noche hasta que le comunicaron la fecha de la ejecución.
Pedrero fue fusilado en la madrugada del 2 de junio de 1938.
La condena y ejecución de Emilio Pedrero Mardones no acabó aquí. Sus perseguidores, revestidos fraudulentamente con la toga, continuaron acosando a su familia. Porque tras su ejecución, fue expedientado por el Tribunal de Responsabilidades Políticas, que citó a su único familiar, su hermana, para que declarara los bienes pertenecientes a su difunto hermano. En su declaración, la hermana señalaba que Pedrero no dejó bien alguno, y que únicamente tenía ciertas deudas que no fueron reclamadas. El Tribunal, sin embargo, dictó sentencia condenatoria, multando a Pedrero con 600 pesetas por “las responsabilidades políticas”. Por fin, el fiscal decretó la finalización del expediente, por considerar que el condenado (y a esas alturas, muerto y enterrado) carecía totalmente de bienes…
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