
Presos políticos escriben, sobre PALESTINA.
Nacho Varela Gómez y Pablo Hasel.
Nota de redacción:
La siguiente carta de Nacho Varela fue escrita como veréis el 25 de julio de este año, pero no llegó a su destino hasta dos meses después, junto a otra copia idéntica que volvió a enviar en septiembre. Pese a que han pasado muchas cosas en Palestina desde que fue escrita, creemos que las consideraciones que Nacho hace en esta carta sobre la lucha del pueblo palestino siguen teniendo mucho interés y actualidad.
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Nacho Varela Gómez
En A Lama a 25 de julio
…/… Con muy buen criterio, un camarada nos hizo llegar el libro Los palestinos olvidados. Historia de los palestinos de Israel de Ilan Pappé, un historiador israelí, antisionista, que fue expulsado de la Universidad de Haifa. A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, es de 2011, sigue siendo una lectura muy recomendable. Y me sirve de excusa para hablar un rato del tema.
Decir que lo que sucede en Palestina está de plena actualidad es una obviedad tan grande que no tiene mucho sentido ahondar en ello. Lo que sí merece la pena destacar es que esta obra se centra en uno de los aspectos menos conocidos de la realidad del pueblo palestino: la situación de aquellos que permanecieron dentro de las fronteras del Estado de Israel tras las masacres, desplazamientos y expulsiones (la Nakba de 1948) que dieron lugar a su creación.
En relación con las vicisitudes que rodean las vidas de los palestinos, desde hace décadas el foco informativo se centra, principalmente, en lo que sucede en la Franja de Gaza y Cisjordania. Seguramente porque el grado de ensañamiento que siempre han mostrado allí los sionistas concentra el grueso de las denuncias. También, claro, porque los actos heroicos protagonizados por la Resistencia desde esos territorios imponen su relevancia mediática. Pero creo que, además, esto se debe a que algunos de los sectores que promueven la solidaridad con el pueblo palestino, dando por bueno el esquema tramposo de la solución de los dos estados, asumen que aquello que ocurre dentro de las fronteras del estado sionista obedece a los asuntos internos de Israel y, por lo tanto, merecen otra consideración. Cuando, en realidad, se demuestra que hay una continuidad en los planes a largo plazo para la población palestina en su conjunto, dentro y fuera de esas fronteras, variando la intensidad y la forma concreta de aplicar estos planes.
En este libro se hace un balance bastante detallado de las diferentes etapas que atraviesa el proceso de conformación del Estado de Israel, desde la perspectiva de las políticas que aplican con la población palestina que vive allí, así como de las distintas tácticas empleadas por las autoridades para someterla y mantenerla bajo control: confiscación de tierras, viviendas y negocios, promoviendo de forma planificada la proletarización de la comunidad palestina para convertirla en una fuente de mano de obra barata para trabajos no cualificados; asesinatos cometidos por el ejército, y la policía con total impunidad; restricción de derechos políticos y civiles; desplazamientos forzosos y segregación …
Aunque aborda el asunto de manera tangencial, pues lo hace en exclusiva desde la perspectiva de la influencia que tuvo en la situación de esos «palestinos de Israel» a los que se refiere el título, el apartado que dedica a los Acuerdos de Os/o (1993) es muy esclarecedor. Sobre estos no aporta datos desconocidos a una realidad sobradamente contrastada, pero me parece muy oportuno traerlo a colación dado el coro de voces empeñadas en llevar nuevamente al pueblo palestino al callejón sin salida de la solución de los dos estados. Lejos de presentar aquellos Acuerdos de Oslo como un proceso de paz, los considera «una imposición israelí a los palestinos», «un proceso que al final no conducía a ninguna parte». Su objetivo era legitimar el control de ejército y las fuerzas de seguridad sionistas de Cisjordania y la Franja de Gaza y profundizar en la colonización de esos territorios, con la colaboración de una Autoridad Palestina que incurre en «una traición estrepitosa a todas las personas que viven entre el río Jordán y el Mediterráneo».
El mantra de la solución de los dos estados, el pretendido reconocimiento de un estado palestino que coexista con el estado sionista, supone perpetuar el engaño a favor de los sionistas. Esta fórmula no es viable. Además de por razones de justicia histórica, pues implicaría enormes concesiones y renuncias para el pueblo palestino en sus legítimas reivindicaciones, el propio proceso de colonización hace imposible un escenario así, al haber acabado con las condiciones territoriales que pudieran llegar a permitirlo sobre los mapas.
Todas esas políticas y medidas de discriminación y segregación que las autoridades emplean con los palestinos que viven dentro de Israel guardan muchas similitudes con el apartheid que los supremacistas blancos aplicaban a la población negra en Sudáfrica, en lo referido a las restricciones de derechos de ciudadanía y en el empeño por concentrarlos en poblaciones segregadas, con peores infraestructuras y menos servicios públicos. Un elemento central de todo esto es la llamada Ley del Retorno que permite otorgar la residencia y la ciudadanía israelí a personas de cualquier lugar del mundo que quieran emigrar a esos territorios, siempre que profesen la religión judía. La comunidad de colonizadores recibe toda clase de ventajas a expensas de la población árabe autóctona, que es tratada como ciudadanos de segunda y caracterizada como un enemigo interior.
Lo que no señala Ilan Pappé en este libro, pero aporto por mi cuenta y riesgo, es que en lo que a experiencias históricas se refiere, no es aquel el principal paralelismo. Puesto que se pretende justificar el «derecho a la existencia» del estado sionista -es decir, su patente de corso para colonizar Palestina- por la persecución que sufrieron, entre otros, las comunidades judías de la Alemania nazi y de los países europeos bajo su dominio, llama poderosamente la atención que el proyecto sionista guarde tantas similitudes con aquellos planes de los nazis para establecer su lebensraum (‘espacio vital’).
El Plan General del Este puesto en práctica en los países de Europa Oriental, especialmente en la Ucrania soviética, contemplaba el exterminio, la deportación o la esclavización de los pueblos eslavos autóctonos, calificados de untermenschen (‘subhumanos’), para poblar esos territorios con colonos alemanes, una vez despejados. El objetivo final de los sionistas es la desaparición del pueblo palestino, combinando su exterminio físico con la expulsión de los territorios ocupados (como tales hay que considerar no solo la Franja de Gaza y Cisjordania, sino Israel en toda su extensión). En esa sistematización de la limpieza étnica indispensable para la colonización y en la caracterización como seres inferiores que hacen de la población autóctona, los sionistas actúan como fieles discípulos de los nazis. Ahora, mediante el fetiche de las innovaciones tecnológicas en el campo del control social y en la industria militar, pretenden dotarse de una aureola de sofisticación, pero lo que prima es la crueldad más descamada y embrutecedora. A falta de hornos crematorios cuentan con misiles y drenes de última generación. Las secuelas físicas de la hambruna que están provocando entre la población de la Franja de Gaza retrotraen a las imágenes del Gueto de Varsovia o Auschwitz.
La retransmisión, en tiempo real, de las matanzas indiscriminadas y la destrucción generalizada de la Franja de Gaza, y la ostentación que hacen los sionistas de todo ese amplio repertorio de prácticas inhumanas, con grandes dosis de sadismo, dejan sin argumentos a quienes insisten en negar que están cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. Así que, ahora, surgen los discursos tendenciosos que pretenden hacer ver que se circunscribe a la deriva emprendida por el actual gobierno del estado sionista, disociando uno del otro. Cuando resulta indudable que el sionismo, en definitiva, es fascismo.
Pero la limpieza étnica no comienza en octubre de 2023, ni es consecuencia de las operaciones llevadas a cabo por las organizaciones de la Resistencia Palestina el 7 de octubre. El proceso de exterminio del pueblo palestino se inicia en 1948 y, desde entonces, todas las políticas del estado sionista y sus maniobras diplomáticas mantienen el hilo conductor de esa limpieza étnica sistematizada. Lo que han hecho Netanyahu y sus secuaces, sencillamente, es poner en práctica su particular versión de la Solución Final que la culmine, aprovechando el contexto internacional.
Son conscientes de que, debido al declive que experimenta el hegemonismo de los países imperialistas, que sustentan a los sionistas, sus patrocinadores no se arriesgarán a debilitar aún más su posición en la región, cuestionando a quienes llevan décadas ejerciendo como su perro de presa. Saben que, más que nunca, cuentan con el respaldo incondicional de EEUU, Gran Bretaña, Alemania y Francia (entre otros) para actuar con total impunidad y tienen garantizado el suministro de armamento y los materiales necesarios para prolongar la barbarie. Pero al mismo tiempo, ese debilitamiento de los imperialistas abre un escenario de incertidumbre entre los estrategas del sionismo, respecto a hasta cuándo podrán contar con ese respaldo en el medio plazo, lo cual explica, en parte, la virulencia de la suerte de ofensiva definitiva en la que están embarcados, a despecho de cualquier consideración del derecho internacional y a costa de renunciar a todo atisbo de legitimidad.
Las premisas sobre las que se basa el estado sionista, así como la trayectoria seguida desde su creación, ponen de manifiesto que tampoco se puede asumir, sin más, la formulación que plantea como solución al conflicto palestino-israelí el establecimiento de un único estado donde la población palestina y los colonos judíos gocen de igualdad de derechos. Como comprueban a diario los trabajadores de cualquier país europeo, la igualdad jurídica formal no conlleva, ni mucho menos, la equiparación real de derechos entre las clases sociales que conforman una sociedad. La ficción de la igualdad jurídica esconde, en la práctica, la desigualdad política, económica y social. Dada la progresiva concentración en manos de los colonizadores de la propiedad de la tierra y de los principales sectores económicos, ese planteamiento de borrón y cuenta nueva perpetúa la situación de dominación actual, aunque se manifieste bajo una forma más atenuada.
Desde una perspectiva democrático-popular el ejercicio de los derechos nacionales del pueblo palestino solo podrá hacerse efectivo con el establecimiento de un Estado de Palestina que abarque el conjunto de su territorio. Esto implica el completo desmantelamiento del estado sionista, el regreso de los refugiados palestinos, la restitución de las propiedades confiscadas desde 1948 a sus legítimos propietarios, el enjuiciamiento de los promotores del genocidio, sus ejecutores y sus colaboradores de la Autoridad Palestina, y la repatriación a sus países de procedencia de muchos de los colonizadores sionistas; quienes a buen seguro lo harán gustosamente de forma voluntaria una vez se vean privados de los privilegios y beneficios que les proporcionan las políticas supremacistas sionistas. No hay más que ver cómo han huido, por cientos de miles, en cuanto se quebró el mito de la invulnerabilidad de Israel.
Por lejano y complicado que pueda parecer un escenario así partiendo del orden de cosas actual y la desproporción de fuerzas entre los sionistas y la Resistencia Palestina, es el único modo de que los palestinos puedan ejercer sus derechos y aspiraciones nacionales de forma plena. Con su determinación a permanecer en su tierra y la firme voluntad de resistir con uñas y dientes a la barbarie sionista, desde las ruinas de la Franja de Gaza podrán cimentar ese futuro libre de la opresión colonial. Con su ejemplo demuestran al mundo la vigencia de la consigna de que «Resistir es Vencer».
No es cuestión de dejarse arrastrar por la épica grandilocuente, pero sí me parece necesario destacar este elemento de la cuestión palestina que algunos buscan soslayar interesadamente. La amplia difusión que vienen recibiendo las imágenes de las masacres que provoca el ejército sionista con sus bombardeos y tiroteos sobre población desarmada, además de servir para documentar toda esa carnicería, constituye un poderoso revulsivo a la hora de movilizar las campañas de denuncia y solidaridad internacionales, esto es innegable.
Pero, al mismo tiempo, resulta evidente que desde los medios del régimen y desde las filas del oportunismo se instrumentalizan para fomentar la lógica de la victimización del pueblo palestino; presentándolo como una comunidad desvalida que debiera limitarse a lamentar la desgracia que se le ha venido encima, mientras espera a que otros les resuelvan sus problemas. Para ello, al tiempo que omiten la información relativa a las acciones que la Resistencia Palestina lleva a cabo en la Franja de Gaza, combatiendo al ejército sionista, con una audaz aplicación de los principios de la guerra de guerrillas en un territorio devastado, insisten en caracterizar a esas milicias como elementos ajenos a ese pueblo palestino, criminalizándolas. Como si no fuese esa misma población la que nutre sus filas.
Es vergonzoso que después de todo lo que llevamos visto, hace unos meses los sospechosos habituales del oportunismo promoviesen por todo el estado concentraciones en solidaridad con Palestina bajo el lema «ni terrorismo ni genocidio». Para estas, claro, los terroristas no son aquellos que además de masacrar a los palestinos, pretenden amedrentar al resto de países de la región y los bombardean a discreción (Líbano, Siria, Yemen, Irán…) sino que señalan de esa manera a las organizaciones de la Resistencia Palestina. «Todo nuestro apoyo para el pueblo palestino… siempre y cuando se dejen llevar mansamente al matadero, como corderitos», vienen a decir.
Hay que denunciar el genocidio cometido por los sionistas, sin duda, pero aún más importante es apoyar a los palestinos en la legítima lucha por su supervivencia como pueblo. No se les puede exigir que adopten una actitud pasiva frente a las atrocidades que cometen-los sionistas, a la espera que los países imperialistas, que apoyan a Israel, se decidan a obligarles a cesar su exterminio. Este planteamiento refleja una marcada mentalidad colonial y su contrapartida es la imposición, desde el exterior, precisamente por los países que sostienen a los sionistas, de los parámetros que debieran marcar el proceso de reconstrucción de la Franja de Gaza y la composición de unas estructuras de gobierno en las que los propios palestinos no tendrán ni voz ni voto.
En la cuestión palestina juegan un papel decisivo los factores externos, pues está en cuestión la propia existencia de Estado de Israel. Unos factores que han condicionado su trayectoria, en su creación y en el apoyo recibido a lo largo de décadas por diferentes potencias imperialistas, como una suerte de portaaviones terrestre al servicio de sus intereses en Oriente Medio. Esta circunstancia, hace que en la región se concentren buena parte de las contradicciones que actualmente condicionan la situación internacional.
Pero, al mismo tiempo, la pervivencia de la causa palestina, y el propio cuestionamiento del estado sionista, no puede explicarse sin la voluntad, numantina, mostrada por los palestinos de seguir existiendo como pueblo. Algo que podemos comprobar a diario, no solamente en el accionar de las fuerzas de la Resistencia, sino en la determinación manifestada por toda la población de la Franja de Gaza -mujeres, hombres, niños y ancianos- en su negativa a abandonar su tierra. Aunque ello les acarree insufribles penalidades o incluso la muerte.
Siendo imprescindibles, las campañas de solidaridad internacionales no pueden considerarse el componente central de la causa palestina. Es necesario comprender que constituyen un elemento auxiliar de la lucha del pueblo palestino, que conforma el eje vertebrador de todo ese movimiento. No habrá futuro para los palestinos sin lucha. ¿Cómo si no se hará realidad ese grito de «desde el río hasta el mar, Palestina vencerá»?
Nacho

Pablo Hasel
FORMAS DE BLANQUEAR EL GENOCIDIO
La colaboración con Israel de numerosos Estados capitalistas ha puesto aún más en evidencia la farsa de la «democracia» y de los «derechos humanos» que pregonan. Ante la respuesta popular que provoca, varios gobernantes optan por maquillar más su colaboracionismo. Uno de los ejemplos más claros es el del Gobierno español, que encima de haber armado hasta los dientes al sionismo, de no romper relaciones con este y de perpetuar todo tipo de negocios manchados de sangre, pretende ganar votos a costa de Palestina. ¿Puede haber algo más abominable? Pero la intención de este artículo, más que enumerar sus chanchullos criminales con Israel -publiqué uno recientemente haciéndolo-, es confrontar con discursos idénticos o similares a los del Gobierno. Que dicen solidarizarse con el pueblo palestino y sin embargo -aunque sea sin querer y con buena intención a diferencia de los oportunistas de turno- refuerzan puntos clave del relato de los genocidas.
Uno de estos es sostener que hemos de respetar las «opiniones» distintas a este respecto. Que deben tener su espacio. En primer lugar hay una invasión genocida sobradamente probada, con numerosos colaboradores como los EE.UU, la Unión Europea, monarquías árabes, etc. Esto no es opinable, son hechos objetivos y sería como negar la ley de la gravedad. Con el agravante de que aquí se trata de muchos miles de asesinados y torturados. Justificar o restar importancia a un genocidio equiparable en crueldad e intenciones al del nazismo, no es respetable y por lo tanto no merece espacio alguno. Igual que en muchos lugares se condena La negación o el blanqueo del holocausto nazi, lo mismo debería suceder con el genocidio sionista. Pero lógicamente no será así en Estados como el español que colaboran con este y donde el sionismo tiene un enorme poder por sus fortunas. Aquí se fomenta que incluso en programas de máxima audiencia se blanquee a Israel. Mientras se reprime a solidarios con Palestina.
Otra cuestión que está muy influenciada por la intoxicación sionista es la de la Resistencia armada palestina. Contribuye a blanquear el genocidio negar su legitimidad. Reproducir las mentiras que propagan sobre Hamás y sobre el resto de organizaciones de la Resistencia en vez de desmontarlas, justifica una parte del crimen sionista. Decirle al pueblo palestino que se deje ocupar, asesinar, torturar y encarcelar quedándose de brazos cruzados, fortalece al invasor genocida y desde luego es todo lo opuesto a una muestra de solidaridad. La propia ONU -aunque luego sea papel mojado- reconoce que un pueblo invadido y masacrado tiene derecho a la resistencia armada. Llamar «terroristas» a la Resistencia que defiende su tierra. y a su pueblo, supone facilitar aún más la sangrante impunidad· de los genocidas. ¿Alguien se imagina que durante el nazismo se hubiera condenado a la Resistencia que en numerosos lugares empuñó las armas contra este? Gracias a ello, principalmente al Ejército Rojo Soviético, fueron derrotados y se salvaron muchísimas vidas.
Ligado a la oposición al genocidio, hay otro punto fundamental. Atañe a la legitimidad y necesidad de métodos de lucha que vayan más allá de la asfixiante legalidad en los Estados donde se lleva la protesta a las calles. Pues precisamente esta legalidad es la que colabora con el sionismo. Ante lo acontecido en el boicot a la infame Vuelta ciclista blanqueadora de Israel, rápidamente la «izquierda» domesticada ha condenado a quienes lanzaron vallas para protegerse de la brutalidad policial y para hacer posible el boicot. ¡Estos politicuchos que permiten que el Gobierno haya batido récords de compraventa de armamento con Israel, ¡se atreven a acusar de «violentos» a quienes hacen algo digno a diferencia de ellos! Cuando a alguien le parece más violento el episodio de las vallas que los negocios que ayudan a los genocidas, demuestra su putrefacta catadura moral.
Para oponerse a un genocidio, como ha sucedido a lo largo de la historia, la combinación de métodos de lucha diversos es fundamental. Hoy no se dan las condiciones subjetivas en muchos Estados para que inmediatamente sea posible la elevadísima combatividad que necesitamos. Pero sí para desarrollarla más siendo conscientes de la magnitud del momento histórico. La desobediencia civil también ha jugado siempre un papel muy relevante a la hora de oponer resistencia y en este caso, como en otros tantos, requiere ser empleada. Es viable tratar de impulsar iniciativas al respecto. O como mínimo hablar de la necesidad de no limitarnos a métodos que son insuficientes. Que por ejemplo lo sucedido en La Vuelta se extienda a otros ámbitos y puntos geográficos. La cuestión es romper con la normalización del genocidio tan nociva y realizar acciones que incomoden de verdad. El legalismo facilita el genocidio.
Es el momento de intensificar la denuncia del imperialismo que ayuda al sionismo a asesinar entre risas y burlas incluso a miles de bebés. La ocupación total de la Franja de Gaza con vistas al negocio inmobiliario repartiéndosela con los EE.UU y su avance en Cisjordania, sus ataques al Líbano, Irán, Siria y Yemen, vuelven a exigirnos actuar para no ser cómplices. Lo recuerda el llamamiento constante de la Resistencia Palestina -y del pueblo palestino en su conjunto- a movilizarnos y a combatir a todos los Gobiernos que colaboran con Israel. Demostremos con más fuerza y persistencia que esta barbarie no se impone en nuestro nombre. Para ello también es fundamental boicotear las farsas electorales europeas, estatales y municipales donde se legitima que los vencedores y otros tantos ayuden al sionismo. Ni un partido de la estafa institucional ha opuesto firme resistencia al colaboracionismo con Israel, sino todo lo contrario. En esto tampoco nos representan.
Hace mucho tiempo que es el momento de multiplicar la lucha contra cualquier modo de blanquear el genocidio, para no convertirnos nosotros en otros blanqueadores.
Pablo. Septiembre del 2025.
*Recordar que ahora Pablo se encuentra preso en la prisión de Lledoners.