
Cultura esperpento
-Censura franquista: 40 años de combate de la dictadura contra las tetas, los besos y lo que se les ocurriera.
(I de II)
En: canarias-semanal.org
Tras acabar a sangre y fuego con la cultura más viva y militante, asesinando escritores, fusilando dibujantes, encarcelando a poetas o haciendo emigrar a escultores, fotógrafos, intelectuales… el franquismo siguió censurando durante casi 40 años.
Recogemos en dos partes algunos de los miles de disparates que la censura franquista dejó para la memoria….
La censura franquista fue mucho más que un simple lápiz rojo: fue un estilo de gobierno, una forma de entender la moral y, sobre todo, un generador inagotable de disparates.
Durante casi cuarenta años, España vivió bajo un sistema que vigilaba libros, películas, canciones, cartas privadas y hasta los bikinis de la playa. Nada escapaba al ojo inquisidor de los censores: desde la película «Mogambo», donde un adulterio se transformó en incesto para salvar la decencia, hasta un poema de Vázquez Montalbán mutilado porque contenía la palabra “sobaco”.
El Régimen de Franco pretendía preservar el orden y lo que consiguió fue una tragicomedia nacional: fotos de Ortega solo muerto, enciclopedias sexuales confiscadas a pie de escaparates, revistas de peluquería mutiladas con rotulador negro.
La censura fue, efectivamente, muy dura, sí, pero también gigantescamente ridícula. Y fue en esa mezcla de represión y esperpento donde la censura franquista dejó su huella más grotesca y, paradójicamente, más memorable y desternillante.
En este artículo recopilamos, a modo de antología telegráfica, una selección de las anécdotas que nos han parecido más hilarantes, acaecidas todas ellas durante los casi cuarenta años que duró la dictadura del general Franco.
*El método rubor: ciencia conyugal al servicio del Estado
La censura franquista fue un aparato solemne en el papel y grotesco en la práctica. Un ejemplo vivo de lo que decimos fue el caso de un censor-jefe del Servicio de Lectura que se atrevió a confesar a sus colegas cuál era su método infalible que él utilizaba para detectar la inmoralidad. ¿Revisar el contexto literario? ¡Ni de coña! ¿Consultar especialistas? Nada de eso: Aquel hombre le contaba a sus compañeros que él se limitaba a leer los textos sobre los que tenía dudas a su esposa, y observaba si ella, al leerlos, se ponía colorada. ¡Magistral!. El censor elevaba el pudor conyugal a la categoría de criterio de Estado. España entera dependía de los sonrojos de una elegante señora en bata.

*»Mogambo»: el adulterio no, el incesto sí
Pero hay que reconocer que los censores franquistas de cine también nos dejaron momentos de gloria. Un franciscano y un dominico presumían en tertulias de sus hazañas censoras: uno transformó el adulterio del film estadounidense «Mogambo» en incesto, porque para ellos la infidelidad era intolerable, pero, en cambio, un apañillo sexual entre hermanos podía pasar sin llegar a recurrir al fulminante corte de tijeras.
El otro fraile censor, en el film «Las lluvias de Ranchipur», mató al marido en una cacería. Y con ello, el problema fue felizmente resuelto: viuda feliz, censores contentos y… Hollywood convertido en zarzuela.
*El sobaco ofensivo
El escritor Manuel Vázquez Montalbán llegó a relatar un episodio realmente antológico: un director general exigió que en un poema suyo se sustituyera “sobaco” por “axila”. Según el censor, “axila” sonaba más elegante. De esa forma, el Régimen distinguía entre el obrero sudado con sobacos y la señorita con las axilas perfumadas. Franco podía fusilar a sus opositores, pero lo que jamás iba a tolerar era un “sobaco” en verso.
*Berlanga: Franco canta zarzuela sin saberlo
El director Luis García Berlanga, maestro del sarcasmo, coló en una película a un actor apellidado Franco, disfrazado de capitán de yate, que entonaba una romanza de zarzuela. La letra zarzuelera decía: “Dicen que me voy, dicen que me voy, pero yo me quedo…” Un chiste tan descarado que solo un censor de la época podía no haberlo pillado. Como, en efecto, así sucedió: ¡no lo pillaron!.. El guiño al Azor, el famoso yate del Caudillo, era tan descarado que solo un censor podía no entenderlo. Quizá es que estaban ocupados, contando con fruición, los centímetros de alguna falda.
*El bikini como asunto de Estado
En 1970, el Tribunal Supremo debatió sobre la licitud del bikini en revistas. La sentencia fue de manual franquista: “en principio es inmoral, pero ya está tolerado en playas y cines, ergo publicable”.
Con esta sentencia, el Supremo avalaba el bikini con la misma solemnidad con la que avalaba a la dictadura. España pasaba a ser un país donde enseñar barriga ya no era delito, siempre que ello fuera con resignación cristiana.
*Escaparates obscenos
Otro clásico: un fiscal ordenó secuestrar la gazmoña «Enciclopedia de la vida sexual», de López Ibor, porque en el escaparate de una librería la exhibían abierta, justo en la página donde aparecía anatómicamente reproducida una vagina. La denuncia fue inmediata: ¡el escaparate incitaba al vicio! Medio siglo después, esa misma imagen figuraba en miles de manuales escolares. Pero por entonces, era poco menos que considerado como un atentado contra la patria.
*Ortega y Gasset: fotos sí, pero del cadáver
En 1955, al morir Ortega y Gasset, el Régimen dictó instrucciones breves pero tajantes: máximo tres artículos, dos fotos y ninguna imagen en vida. Eso sí, podían publicarse fotos del cadáver. Y es que al Régimen parecía horrorizarle la reproducción de la foto del filósofo vivo, pero el cadáver, sin embargo, les parecía perfectamente publicable. O sea, algo así como la necrofilia condimentada con la política cultural.
*Unamuno: ni muertos se libraban
Unamuno tampoco escaparon de la quema. Varias de sus obras fueron retiradas o prohibidas décadas después de haber sido publicadas. Unamuno fue condenado por obispos en los años 40, 50 y 60, incluso tras su muerte. El Obispo de Canarias, Pildain se declaró públicamente su enemigo ideológico número 1.
*Jazz y prostitutas: el pecado en clave de saxofón
El filósofo francés Jean Paul Sartre escribió una reseña sobre jazz, en la que mencionaba la prostitución en Nueva Orleans. Resultado: tachado. Jazz y pecado formaban una pareja indisoluble para los censores. En su lógica, Miles Davis era tan peligroso como lo podía ser Lenin redivivo, y una trompeta equivalía a pura dinamita ideológica.
*Cela: juez y reo
La censura llegó a alcanzar un nivel de tal surrealismo que, incluso, el escritor Camilo José Cela, censor oficial de revistas, terminó siendo censurado. «La colmena», su novela más célebre, fue prohibida por sus propios colegas de la oficina de Censura. Cela fue verdugo y víctima, censor y censurado. España era un país donde hasta los censores necesitaban censores.

*La censura como cruzada espiritual
El ministro Arias Salgado llegó a declarar que, tras sus oraciones matinales, se sentía feliz porque la censura “salvaba a miles de españoles del pecado y del infierno”. No hablaba en broma. Creía firmemente que prohibir un escote era una suerte de exorcismo colectivo. El lápiz rojo como una especie de rosario patriótico.
*Ángeles tapados
La obsesión por los desnudos llegó a prohibir la reproducción de cuadros religiosos con ángeles sin ropa. El Régimen prefería arcángeles vestidos que, al menos, inspiraran decoro. Ni el mismo Miguel Ángel llegó a librarse de los tijeretazos.
*El censor piadoso y Playboy en la misma lista
Los informes provinciales incluían diligentes advertencias sobre la llegada de la revista erótica estadounidense Playboy, junto a ensayos marxistas. Para el censor, una chica en bikini y un texto de Karl Marx eran amenazas mas que equivalentes.

*Tijeretazos insólitos
En ocasiones, la censura alcanzaba cotas de esperpento gráfico. En revistas ilustradas, por ejemplo, se retocaban fotos de actrices para añadirles mangas largas o faldas más pudorosas.
En los cines, el proyeccionista recibía instrucciones de cortar escenas en las que Marilyn Monroe mostraba demasiada pierna, aunque eso dejara a la película coja y carente de sentido. Hubo incluso quien aseguró que un manual de veterinaria fue revisado con lupa por si el apareamiento de caballos podía “incitar pensamientos impuros”. El censor, al parecer, veía riesgo de que se produjera una revolución sexual en las mismísimas cuadras.
Continúa mañana.