
Memoria histórica imprescindible:
-La terrible historia de la Isla Saltés de Huelva que poca gente conoce: fue un campo de concentración.
Más de 3.000 soldados republicanos fueron internados en 1939 en este enclave natural de Huelva, donde sobrevivieron gracias a la ayuda clandestina de los vecinos de Punta Umbría.
La Isla Saltés, ese paraje natural situado en la desembocadura del río Odiel frente a Punta Umbría que hoy forma parte del Paraje Natural de Marismas del Odiel, esconde una historia que pocos onubenses conocen. Durante los primeros meses de 1939, tras el final de la Guerra Civil, este enclave se convirtió en uno de los 188 campos de concentración que el régimen franquista estableció por toda España.
El campo fue creado en 1939 como parte de la estrategia represiva del bando nacional tras la caída del frente catalán y se unía a otros dos campos de internamiento cercanos, el de San Juan del Puerto y el del muelle pesquero de Huelva. Las autoridades militares necesitaban espacios para internar a los miles de soldados republicanos capturados después de la caída de Cataluña en febrero de ese año. Solo en esta provincia se concentraron más de 20.000 cautivos procedentes principalmente de los frentes de Teruel, Cataluña y Levante.
La elección de Saltés como ubicación respondía a criterios de seguridad. Su condición de isla la convertía en el lugar idóneo para la reclusión al estar rodeada de agua, esteros y caños de marismas, un terreno fangoso impracticable que hacía prácticamente imposible cualquier intento de fuga.
Los prisioneros llegaban en barcos en condiciones lamentables y eran sometidos a un proceso de clasificación según su grado de afección al régimen. Una comisión evaluaba a cada preso mediante informes solicitados a las autoridades locales de sus pueblos de origen: alcaldes, juntas locales de Falange, Guardia Civil y párrocos. Esta catalogación determinaba tres destinos: los más peligrosos eran enviados a prisión para ser juzgados y previsiblemente ejecutados; los «afectos» podían incorporarse a las filas franquistas; y los «desafectos» o «dudosos» eran destinados a batallones de trabajadores, es decir, a trabajar como esclavos.
Las condiciones de vida fueron extremadamente duras. Los datos oficiales hablan de 1.594 presos en abril de 1939, aunque diversas fuentes estiman que pudo albergar entre 3.000 y 7.000 personas. Los prisioneros soportaron condiciones de vida durísimas: hambrientos y sin techo donde protegerse del duro sol del verano y de la lluvia y la humedad del invierno.

*La generosidad de Punta Umbría
La extrema situación de los prisioneros motivó que los propios militares encargados del campo tuvieran que solicitar ayuda a la población civil para evitar una mortandad masiva. Los vecinos de Punta Umbría, desde cuyas calles era visible la isla, organizaron una red de solidaridad espontánea.
Las mujeres de esta localidad se colaban en la isla en pateras por los caños de la marismas en bajamar para llevarles los pocos víveres que podían, ya que la miseria era generalizada tras la contienda.. Esta ayuda ciudadana fue fundamental para la supervivencia de cientos de prisioneros.
La documentación sobre el campo permaneció oculta hasta 2010, cuando el Tribunal de Cuentas abrió sus archivos confirmando oficialmente que ingresaron más de 3.000 prisioneros republicanos. En 2013, la Isla de Saltés fue declarada Lugar de Memoria Histórica por la Junta de Andalucía.
Esta historia nos muestra uno de los capítulos más desconocidos de la represión franquista en Huelva, pero también la capacidad de solidaridad de una población que no dudó en arriesgar su seguridad para salvar vidas.

-Elizaveta Parzhina, La Brigadista.
“Regresaré. Veré a mis familiares, descansaré un poco y regresaré… —contesté tras reunir el valor necesario. Pero seguía dudando en mi interior. Me acordé de repente de todo, de nuestras marchas, de las noches en vela, de los combates, del Tajo que siempre se cruzaba en nuestro camino. Ya no volvería a ocurrir, ni vería más a los amigos… Pero hacía tanto tiempo que no veía Moscú, estaba segura de que en unas semanas en casa recuperaría las fuerzas necesarias para luchar en España otro año. De haber sabido que ya no volvería me hubiera quedado, pero en aquel momento no lo sabía.
[…] Besé casi llorando a los viejos: Barranco, Claudio y Pascual. Como recuerdo me regalaron unas fotos del destacamento y de algunos compañeros. Todavía las conservo.”

-Una sentencia inédita devuelve la filiación biológica a un hombre adoptado a través de una trama de bebés robados.
La Audiencia de Pamplona ratifica una resolución que anula los efectos de una adopción de 1971 y ordena al Registro Civil que corrija la filiación de un hombre de 54 años, una vez que ha descubierto quiénes son sus progenitores biológicos.
Su madre fue una de las mujeres que pasó su embarazo en los ‘pisos-cuna’ de Mercedes de Gras, uno de los nombres clave del negocio de las adopciones irregulares en el franquismo.
Santiago González Rueda ahora es Santiago Gómez Aldaz, aunque se hace llamar desde hace años Olmo, como el árbol robusto y resistente, en un rechazo del nombre de pila que le impusieron al nacer. Este profesor de matemáticas, a punto de cumplir los 54 años, se ha convertido posiblemente en el único español que ha logrado que un juez deje sin efecto su adopción, de 1971, y ordene al Registro Civil el cambio de filiación respecto a sus verdaderos progenitores, pese a la oposición del padre biológico. Su abogado considera que la sentencia es «inédita».
Olmo llevaba mucho tiempo intentando que la justicia resolviera un grave error del pasado, un «crimen» del pasado, corrige por teléfono desde su casa, en un pueblo de Valladolid. Y ahora la Audiencia Provincial de Navarra le ha dado la razón y ha confirmado una sentencia pionera del Juzgado de Primera Instancia 9 de Pamplona, que en noviembre de 2024 declaró, a la luz de las pruebas de ADN, que era hijo biológico de José Ramón Gómez.
Para entender cómo llegó Olmo hasta esta sentencia pionera hay que empezar por el principio. Dos días después de nacer, el 25 de julio de 1971, el día de la festividad de Santiago Apóstol, en la Clínica Alameda de Bilbao, fue entregado a una familia, que formalizó la escritura de adopción nueve meses después en una notaría. La partida de nacimiento decía que sus padres biológicos eran desconocidos.
Creció el niño junto a unos padres cultos y de buena posición económica: Antonio González, cirujano traumatólogo con plaza en el Hospital de Cruces, y con María Rosa, brillante filóloga que fue dotada con una prestigiosa beca Fulbright. Unos progenitores que nunca le ocultaron que era adoptado y que no lograron suplir con cariño los fracasos escolares del pequeño Santiago, aquejado en la infancia con una meningitis que le dejó marcado durante la pubertad como «un niño tonto», apostilla. «A los diez años nos trasladamos a León, donde me metieron en un colegio de los Maristas, que me hicieron la vida imposible. Me sentía presionado por los curas, por mis padres, por mis malas notas, y me convertí en ateo, anarquista y rebelde. Pero a los 14 años entré en un instituto público y todo cambió. Descubrí que se me daban bien las matemáticas, y de hecho, estudié Físicas en la universidad».
El entonces joven Santiago era consciente de que «en algún lugar estaba mi familia biológica. Pero era un tema tabú en mi casa, del que no se hablaba».

En 2010 descubrió un blog en Internet: Gotas de lluvia. «Había unas 300 personas en aquella comunidad que buscaban hijos o padres. Escribí mi búsqueda. Yo buscaba a mi madre biológica, y pronto obtuve respuesta».
Una joven de Pamplona le escribió: «Podemos ser hermanos. Yo busco a un hermano que nació en julio de 1971 en Bilbao». Olmo no dudó en acudir a la capital navarra para conocer a la chica y posibilitar una prueba de ADN, que finalmente se realizó en la Universidad Complutense de Madrid, con un resultado del 99% de probabilidades de ser hermanos de madre y de padre.
Olmo descubrió que su madre había formado una familia con su padre y habían tenido una niña justo un año después de nacer él. «Era de locos, no entendía nada», admite. Poco después, su propio padre biológico le sacaría de dudas y le contaría una historia muy dura en la que él no estaba exento de responsabilidades. La misma historia que había contado años atrás a su hija y que le sirvió para buscar a su hermano en Gotas de lluvia.
Con la seguridad de que la joven era su hermana y, por tanto, su padre era también el suyo, Olmo se encontró con su progenitor biológico en Pamplona en diciembre de 2010. Y fue cuando supo por primera vez de la vida de Micaela Aldaz.
Pamplona, verano de 1969. José Ramón y Micaela se enamoran. Él, hijo de coronel franquista, tiene previsto irse en septiembre a estudiar Empresariales a San Sebastián y ella promete seguirlo, fugándose de casa. Y así procede, aunque para ganarse la vida en Donostia tiene que ponerse a servir a una familia acomodada.
La noticia del embarazo de Micaela Aldaz se salda por parte de José Ramón Gómez con una decisión unilateral: la criatura no podía nacer, según se desprende de la conversación con Olmo. Y lleva a la joven, de solo 21 años, a una clínica para que abortara clandestinamente, como remarca. «Pero ella se negó a abortar. La historia llegó hasta un cura jesuita de la universidad que le habló a mi padre de una residencia que llevaba la señora Mercedes de Gras donde las madres solteras eran cuidadas en su embarazo. Y mi padre la llevó allí. No sabemos lo que pensaba mi madre, porque desgraciadamente ya no está aquí para contarlo”
Mercedes Herrán, viuda de Gras, es un nombre muy conocido entre los afectados por las tramas de robo de bebés y de adopciones irregulares en el franquismo y la primera democracia. En los años 60 esta mujer puso en marcha una red de pisos en Bilbao y en la provincia de Bizkaia, igual que sor María lo hizo en Madrid, donde las mujeres embarazadas solteras pasaban discretamente su periodo de gestación y después conseguía, en muchas ocasiones, mediante coacciones y amenazas a las madres solteras que sus recién nacidos fuesen dados en adopción a familias bien posicionadas socialmente, tal y como han relatado muchas de las mujeres que pasaron por esos ‘pisos-cuna’.
A través de una fundación llamada Asociación María Madre, Mercedes Herrán de Gras legalizaba las entregas de bebés y obtenía los fondos, en forma de subvenciones y donativos, por su labor para impedir los abortos durante el franquismo. También obtenía dinero de las familias ricas de las embarazadas, que pagaban para que la señora de Gras les evitara la vergüenza de un embarazo; y en caso de las embarazadas pobres, las hacía trabajar en los pisos de acogida, llevando la limpieza y otros quehaceres domésticos, para pagarse su estancia, según han relatado muchas de esas mujeres.
«Mi padre me contó que a mi madre se la llevaron a una casa en Gorliz, un pueblo de Bizkaia, donde pasó el embarazo. Al final, justo antes de dar a luz, mis padres cortaron y él se quitó de en medio. Para el parto, Mercedes de Grass trasladó a mi madre a una clínica de Bilbao y al nacer me entregaron a Antonio y Rosa en la Iglesia de San Vicente Mártir de Bilbao», dice Olmo…