
Memoria histórica imprescindible:
-En 1936, delincuentes franquistas asesinaron en Sevilla a Andrés Calderón Blandez, alcalde Socialista y republicano de Guadalcanal (Sevilla)
Andrés Calderón Blandez nació en Guadalcanal, hijo de Carmen y del barbero José María. Siendo joven marchó a Sevilla a trabajar en los Almacenes Peyré, aprendió el oficio del comercio, conoció las ideas socialistas y a su futura mujer, Carmen Cruz Martín, modista en la citada empresa. La pareja se instaló en Guadalcanal donde abrieron un comercio de telas y nacieron sus 5 hijos. Para entonces Andrés Calderón, miembro de la UGT, ya era uno de los principales artífices de la creación de la Agrupación Socialista de Guadalcanal. Tras la proclamación de la IIª República, y repetidas el 31 de Mayo las Elecciones Municipales del 12 de Abril de 1931, Calderón resultó elegido Concejal y primer Teniente de Alcalde, quedando a su cargo la Comisión de Policía Urbana.
Tras un año alejado de la política municipal, regresó al Consistorio en Julio de 1932 como alcalde, hasta Octubre de ese año. En aquellos 3 meses tuvo que hacer frente a varias huelgas obreras, altercados con un cura “trabucaire” y beligerante, y el golpe de Estado del general Sanjurjo. La clientela de derechas comenzó a boicotear su establecimiento. En Mayo de 1933 volvió a ocupar la alcaldía, teniendo que enfrentarse con el párroco Pedro Carballo por los desaforados toques de campana y los protocolos de los enterramientos. En Abril de 1934, durante la celebración del tercer aniversario de la proclamación de la República, desde el Ayuntamiento se sufragó el reparto de 500 kilos de pan entre la población más desfavorecida. La noche del día 14 un grupo de jóvenes fascistas interrumpió el baile popular a voces y pedradas.
En Septiembre de 1934, el gobierno derechista sustituyó a la corporación por elementos afines. Para beneficiar al sector privado en detrimento del público, adjudicaron al Colegio Sadel de San Luís Gonzaga, centro de enseñanza privado de clara ideología ultra-católica, las becas sufragadas por el Ayuntamiento y destinadas a la educación de los pobres. Además facultaron al alcalde para organizar un contingente desorbitado de guardas jurados con armas de fuego, un pequeño ejército privado al servicio de la patronal agraria para la represión de los jornaleros. La principal preocupación de la corporación derechista era ampliar el cuartel de la guardia civil.
Tras la victoria del Frente Popular en Febrero de 1936 el poder municipal pasó de nuevo a manos de los concejales destituidos ilegalmente en Septiembre de 1934. La nueva Corporación Republicana nominó a Andrés Calderón Blandez como Alcalde. El nuevo Consistorio acordó retirar las subvenciones al colegio Sadel e invertir en los comedores escolares de las Escuelas Públicas y en las Cantinas escolares. La derecha local comenzó a hostigar a las autoridades municipales apoyados por el párroco golpista. Los grandes propietarios agrícolas boicotearon las leyes y decretos del Gobierno que pretendían paliar la aguda crisis de trabajo de la población jornalera.
La mañana del 17 de Julio de 1936, ignorante aún del golpe militar que se avecinaba, Andrés Calderón viajó a Sevilla para gestionar diversos asuntos del Ayuntamiento. Al producirse la sublevación del 18 de Julio, Calderón aún se hallaba en Sevilla. Nada más conocerse la noticia muchos vecinos se echaron a la calle y comenzaron a concentrarse a las puertas del Ayuntamiento en la Plaza de la República.
La tarde del día 18 Andrés Calderón fue detenido por los golpistas en las instalaciones del Hotel Majestic mientras participaba en la celebración de la onomástica del secretario de la Diputación Provincial de Sevilla Federico Villanueva. Tras pasar unos días preso en la Comisaría Jesús del Gran Poder fue trasladado a la prisión habilitada en el Cine Jáuregui, lugar en el que permaneció hasta la madrugada del 1 de Agosto. Ese día, Andrés Calderón Blandez fue sacado para ser asesinado mediante fusilamiento en las tapias del Cementerio de San Fernando de Sevilla, donde su cadáver fue arrojado a la fosa común Pico Reja. Tenía 47 años.

-La maléfica enlutada de Villafranca de los Barros y la firme intención de ocultar la crueldad fascista.
El golpe fascista iniciado en el protectorado de Marruecos el 17 de julio se amplió el día después en la franja suroeste de la península tras la inmersión por el Estrecho de Gibraltar llevando a esta zona al control de los sublevados. Infinidad de pueblos y ciudades fueron cayendo, pasando al dominio de las fuerzas rebeldes. En la mayoría de estas plazas se produjeron asesinatos, muchos de ellos de lo más desgarradores y violentos.
Las autoridades de la ciudad de Villafranca de los Barros, ubicada en la provincia de Badajoz, eran conocedoras del avance día tras día de los hostigadores de la democracia con dirección a Madrid, derramando mucha sangre a su paso. El día 5 de agosto hubo un intento desesperado de parar a un ejército bien armado y dispuestos, sin piedad alguna, al precio que fuera, a ocupar los pueblos y ciudades de España. El choque se produjo en el término de Los Santos de Maimona. El intento resultó infructuoso.
El 7 de agosto algunas personas a la entrada de Villafranca de los Barros, y más por sus sentimientos republicanos que porque fueran capaces de repeler la inmersión de los rebeldes, con un potencial humano y armamentístico prácticamente invencibles, se vieron acorraladas y algunas perdieron la vida. La ocupación del pueblo fue rápida. Las autoridades republicanas huyeron, aunque muchas de ellas acabarían más adelante siendo ejecutadas. Los caciques, empoderados y auspiciados por un retén de soldados, contaban además con la colaboración incondicional de bastantes acólitos entre vecinos civiles, y uno de ellos, mujer enlutada para más señas, se convertiría en una de las personas más malvadas de la reciente historia de esta ciudad extremeña.
Los vecinos que no eran afines al nuevo orden establecido llevaban el marchamo no sólo de enemigos sino también de apestados y había que aniquilarlos. Y además la envidia, la inquina, el revanchismo, un amor no logrado y otras circunstancias convirtieron a gran parte de los vecinos en dianas que recibían dardos envenenados. Y no fueron pocos quienes, para salvar el tipo, se cambiaron de chaqueta. El pueblo se convirtió en una cacería en la que, además de los asesinos, estaban los que ponían su grano de arena aportando material y lo que fuese necesario, y los que señalaban con el dedo convirtiéndose en cómplices de cientos de vecinos fusilados, muchos de ellos estando al margen de la política. En el término municipal sólo se contaban muertos a manos de los partidarios del golpe de Estado. Ni una sola persona afín a los sublevados sería ejecutada en esta humilde ciudad con una población de 15.659 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística en el año 1936 (es probable que la cifra real en cuanto a habitantes de hecho fuera superior). Apenas una docena de vecinos derechistas perdían la vida al ser asesinados en otros municipios o ciudades.
La funesta mujer enlutada, convertida por la cruel guerra de España en una persona sobradamente conocida, está totalmente identificada con su nombre completo, pero murió como tantos otros individuos con la más vergonzante impunidad, habiéndose llevado por delante a muchos vecinos y destrozado a numerosas familias. De nada ha servido hasta el momento la democracia instaurada tras la muerte del dictador para que estos sujetos macabros sean al menos condenados post mortem. Del mismo modo los historiadores, estudiosos e investigadores nos vemos impotentes por no poder sacar a la luz el nombre y apellidos de los asesinos, chivatos y colaboradores de las pérdidas humanas, ya que la actual legislación al respecto es de lo más torticera y ante una demanda judicial paradójicamente nos veríamos inmersos en procesos judiciales que nos llevarían a ser condenados.
Pero vamos a detallar más a la individua cuyos restos mortales descansan en su pueblo plácidamente, en el cementerio municipal, en un nicho, y no como los restos de algunos y algunas de los que ella, por su complicidad, llevó a no se sabe dónde tras las ejecuciones.
Por lo expresado anteriormente nos vemos obligados a facilitar sus datos de forma codificado, aunque las iniciales son las auténticas. Su nombre era J. (en algún documento aparece con nombre compuesto J.A.), y su primer apellido A. Y tenía un apodo cuanto menos llamativo, llegó a ser conocida como “l. L.”. Era analfabeta, pero también muy dispuesta en acabar con la vida de los demás. Durante el periodo que nos ocupa siempre iba vestida de negro, guardando un riguroso luto a algún familiar. Residía en el actual barrio de El Pilar. Su marido se llamaba J. y contaba con un margen de edad considerable respecto a ella. El matrimonio tuvo varios hijos. Este señor trabajaba para una familia pudiente y labradora del pueblo, residente en la zona céntrica. De la gran cantidad de entrevistas a los vecinos nadie tuvo una mala palabra hacia él, con lo cual es previsible que se mantuviera al margen de las fechorías que hacía su mujer. El grado de maldad de J.A. era tan manifiesto que llegó a utilizar a su joven hijo llamado A. para que fuera a capturar y detener a aquellas personas que ella señalaba con el dedo. Todo lo ordenaba en el entorno de su casa, porque como todos estos violentos, además de ser chivatos y asesinos, eran unos auténticos cobardes. Sus deseos reprimidos de revanchismo o represalias, de odio hacia la gente afín a la República, enemigos por algún motivo, como amoroso, envidia, y demás personas que no eran de su agrado fueron de largo saciados con la guerra civil. Por su labor de exterminio de “rojos” e “indeseables” le llevó a una sublime admiración de la nueva autoridad fascista de la ciudad de Villafranca de los Barros.
Su hijo, copartícipe suyo y de los fascistas locales, acabó enrolado en el autodenominado Bando Nacional en el frente. Los jóvenes villafranqueses eran conocedores de las detenciones de personas inocentes que este, con otros adláteres, ejercían. Muchos de estos jóvenes fueron llamados para incorporarse al frente por las autoridades golpistas, pero por todos es conocido que gran parte de los soldados del Bando Nacional fueron forzados y además comulgaban con la izquierda y la República. El caso es que villafranqueses que coincidieron con él en el frente no pudieron indultar a este cómplice de muchos asesinatos y no tuvieron la menor duda en poner fin a su vida. De haber vivido hubiera tenido con toda seguridad tras la finalización de la contienda un buen premio, y es que su madre analfabeta, pero muy presta en tomar decisiones e intuitiva le dio el encargo de las detenciones no sólo para saciar su hambre destructiva, sino también para que tras la victoria final su vástago recibiera la recompensa laboral, ya fuere civil o militar. El cuerpo inerte de este criminal no se supo a qué lugar fue a parar. Con esta desaparición del cuerpo, cierto castigo recibió su mezquina madre, pero no todo lo contundente que merecía por sus actos.