
Muro de solidaridad y denuncias:
Difusión de luchas:
-Alerta Gorria Irratia
*Ainara, Juzgada el 3 de junio por defender a un mantero de una agresión policial.
Del minuto 20,30 al 29,50.
*XIII Jornadas por la Amnistía en Madrid, entrevistas a colectivos participantes.
Del minuto 39,10 al 59.
–https://www.ivoox.com/t6-x15-xlll-jornadas-amnistia-audios-mp3_rf_148773142_1.html

“50 años de libertad”:
-Libro: “Sanfermines de 1978: los victimarios”
De Sabino Cuadra Lasarte. Txalaparta 2025.
El testimonio directo de la noche en la que mataron a Germán Rodríguez en Pamplona:
«Fue un acto de guerra».
El editor Jose Mari Esparza Zabalegi firma el prólogo del último libro sobre aquel 8 de julio de 1978, un ataque del Estado contra la disidencia republicana, rupturista y de izquierdas:
Aquella tarde del 8 de julio yo no había acudido a los toros. Podría haberlo hecho porque entonces no éramos antitaurinos, nos gustaba correr el encierro y era encantador el ambiente de la corrida, donde lo menos importante era lo que ocurría en el ruedo. El tendido de las peñas, vital y reivindicativo, era el espejo de lo que vivía Euskal Herria aquellos años, aunque no llegaba todavía a lo que sería desde aquel aciago día en adelante. Aquella tarde, los sanfermines recibirían un rejón que marcaría su devenir durante las décadas posteriores.
Estábamos junto al Iruñazaharra cuando por la calle Estafeta irrumpió una marabunta de gente, seguida de un bombardeo indiscriminado de pelotazos y botes de humo. Detrás venía la policía española, cargando. La gente mayor o las madres con niños corrían a protegerse, pero los jóvenes se aprestaban a la defensa: estábamos acostumbrados y, con 26 años y una pegatina del Che Guevara en el pecho, uno no duda. En un amén se nos pasaron los leves efectos etílicos –todavía era de día– y sentimos la adrenalina del combate callejero. A falta de piedras comenzamos a reciclar botellas y cruzar coches. Se iniciaba una noche violenta y mágica.
Todo Euskal Herria estaba en la vieja Iruñea. Desde la muerte de Franco, las cuatro provincias seguían a la vanguardia de la lucha por la ruptura democrática. Un potente movimiento obrero y ciudadano respaldaba a las organizaciones revolucionarias y las acciones de ETA alteraban continuamente la agenda política y mediática. Todo era debatir sobre los fines a conseguir, los medios a emplear o si estaban dadas las condiciones objetivas para el gran cambio, porque las subjetivas estaban exuberantes.
La represión policial y la tortura se cebaban principalmente en nuestro territorio. La matanza del mes de marzo de 1976 en Gasteiz, con cinco obreros asesinados, abrió un ciclo represivo del que los sanfermines fueron otro hito más. En tres años casi cincuenta vascos y vascas murieron a manos de la policía y grupos parapoliciales. Solo en mayo del año anterior, en las manifestaciones de la II Semana pro-amnistía, habían asesinado a siete personas, dos de ellas de Iruñea. Poco antes de sanfermines la policía mató en la capital vasca a dos gudaris de ETA, mientras era evidente cómo el Estado profundo maniobraba para la separación institucional del viejo Reino de sus hermanas vascongadas. Romper el jarrón vasco por su parte más sensible. “La violencia principal –decía aquellos días Telesforo Monzón– se está produciendo en Navarra”. Aquellos sanfermines, de presencia o de corazón, toda Euskal Herria estaba en sanfermines.

Las calles se fueron vaciando de guiris y de no beligerantes, porque los grises disparaban a bulto, sin distinciones. Pero había miles de mozos y mozas peleando, calle por calle, plaza por plaza. Los que habían estado en los toros contaban lo ocurrido a los que venían a la pelea desde las barracas, las txoznas, las sociedades, los barrios e incluso de los pueblos de alrededor.
Las sirenas de las ambulancias hacían sinfonía con los traqueteos de tiros y pelotazos. Vecinos solidarios abrían las puertas de las casas para permitir la entrada de los acorralados. El griterío desde ventanas y balcones indicaba dónde estaba el frente de batalla o por dónde venían las jaurías. Los porrazos caían a mansalva, bataneando las espaldas de blanco sanferminero.
En el cruce de las calles Comedias y Lindatxikia, en una hondonada que hace el pavimento, recuerdo amontonadas las pelotas de goma policiales, sin que la gente las cogiera ya. Al paso de las horas la txakurrada fue expulsada del casco viejo y replegada en el Primer Ensanche, en torno al Gobierno Civil. Estaban tan apurados que en su retirada no se entretuvieron en saquear los escaparates, tal como fueron fotografiados in fraganti, en Orereta.
La batalla en la Avenida Carlos III adquiría tonos trágicos, con coches cruzados, escaparates rotos y pequeños incendios. “No les tiréis las pelotas, que las vuelven a utilizar”, gritaba alguno. Empero, no vi a nadie dirigiendo aquellos ataques: pura rabia popular en ebullición. De pronto, miré hacia la izquierda y por la calle Paulino Caballero, paralela a la nuestra, vi un numeroso grupo de gente que avanzaba presurosa en dirección al Gobierno Civil. En el grupo variopinto creí distinguir algunas personas, dirigentes sindicales y políticos. Alguna lámpara se me encendió, dejé a mi gente y corrí tras el grupo. Alguno me dio cobertura y me dijo que iban a entrar al Gobierno Civil. Otros me miraron con cara de repulsa: “Esto es para representantes políticos”, me dijo un dirigente de ORT. “Yo represento a los que tiran piedras”, le contesté y seguí en el grupo.
Llegamos al Gobierno Civil por la parte de atrás. El interior era como un hormiguero hostigado con un palo: carreras, guardias subiendo y bajando, órdenes, gritos y una sensación general de angustia. Del sótano inferior subían unas cajas, no sabría decir si de botes de humo, pelotas o munición, mientras gritaban “¡Son las últimas! ¡Las últimas!” a los guardias que las esperaban. Subimos al primer piso, donde había un amplio salón solemnemente adornado. A los pocos minutos de ocupar el salón, por una puerta interior llegó el Gobernador Civil, Ignacio Llano. Nuestro enemigo. El mero mero. Se colocó en la misma entrada de la puerta, desde donde dominaba todo el corro, y con cara de circunstancias comenzó a departir con los presentes, sin previa presentación. Se le notaba cierta familiaridad con algunos de los miembros del grupo, mientras yo me preguntaba qué pintábamos allí; ignoraba que unas horas antes algunos dirigentes de la ORT y del MC habían estado ya con el gobernador para preparar una reunión amplia con representantes de las peñas, los partidos y los sindicatos.
La forma familiar con la que algunos de estos últimos hablaban con el gobernador incomodó a los que, como yo, veníamos de tirar piedras contra sus esbirros. Ya se había corrido que había algún muerto y yo, entonces tan optimista, ya veía en aquel gerifalte del régimen un cadáver político. No lo podía creer cuando algunos de aquellos dirigentes políticos, que yo tanto había admirado hasta hacía pocos meses, se ofrecieron al gobernador para acudir a apaciguar a los manifestantes, a lo que, solícito, Ignacio Llano contestó que les cedería megáfonos.
Algo estaba cambiando en nuestra clase política. Hacía solo dos años, en mayo de 1976, me había tocado participar, también de rebote, en una reunión de dirigentes políticos y sindicales de Navarra, todavía ilegales. En la cima de Montejurra había sido testigo del asesinato de Ricardo García Pellejero, que murió en mis brazos, y acabé la tarde en un piso de la calle Mayor de Iruñea, para dar mi testimonio ante todos aquellos dirigentes. Con total unanimidad acordaron convocar la huelga general al día siguiente. Recuerdo con nitidez que al inicio de la reunión se identificaron todos los presentes. Así conocí a Gabriel Urralburu, representante del PSOE. Enfrente suya estaba sentado un joven que cuando le llegó el turno dijo estar allí en representación de ETA. Nadie dijo nada, nadie se marchó, nadie se incomodó, ni nadie cuestionó su presencia. Eran tiempos en que muchos de aquellos dirigentes acudían gustosamente a Iparralde a echar vinos con los que habían acabado con Carrero Blanco. Ahora, claro está, lo niegan.
Acabada la reunión del Salón del Trono, el corro se fue haciendo fila para salir; el gobernador se colocó entonces en la puerta y comenzó a dar la mano y ánimos a los presentes. Por educación, por cortesía política o coaccionados por el ambiente, todos iban estrechando la mano a aquel canalla. Yo le dejé con la mano en el aire y comprobé cómo, roto el hielo, lo mismo hacían los que me seguían. Ya en el zaguán del edificio, un grupo se quedó para recibir de los propios guardias algunos megáfonos, mientras un mando policial les decía suplicante: “A ver si ustedes arreglan esto, porque si no va a ocurrir algo gordo”.

Aquella entrega de megáfonos por parte de quienes hasta entonces no habían hecho más que requisárnoslos se me antoja hoy día como la metáfora de toda la Transición: el franquismo mutante nos cedía algo para que apaciguáramos a las masas y volvieran estas al redil de lo legalmente establecido. Al atado y bien atado. Al marco de la Constitución que iban a aprobar cinco meses después. Tras aquellos megáfonos vendría luego la entrega de sedes sindicales, préstamos bancarios, medios de comunicación y escaños parlamentarios, mientras en las comisarías los mismos esbirros que nos repartían megáfonos seguían torturando, incluso con más impunidad y ferocidad que antes.
La misma presencia fantasmal de aquella decena de personas que salían del edificio, micrófono en ristre entre el humo y los guardias, pidiendo que se retirase la gente, encolerizó aún más a los manifestantes y las piedras comenzaron a llegar hasta los comisionados, que tuvieron que retirarse. Llegué a oír a alguno de ellos algo así como “Estos son muy radicales, vamos a intentarlo con los que están más atrás”, y allí se fueron dando un rodeo, para obtener un resultado similar. Al final, fracasado su intento diplomático-policial, se marcharon a sus covachuelas políticas.
A la mañana siguiente nos encontramos con una marea blanca, seria, doliente y firme, que dio la primera respuesta a los bárbaros. La Germanada había nacido. La huelga general duró varios días. Los sanfermines se suspendieron y se recuperaron unos meses después.
Pero los poderes del Estado ya estaban decididos a someter como fuera al karrikiri navarro y en las páginas de este libro veremos que aquellos sanfermines no fueron una casualidad, ni una extralimitación, ni un error de nadie. Fue un acto de guerra con intencionalidad política. Un escarmiento a la combatividad navarra. Un ataque a la configuración de las cuatro provincias en una sola entidad con un fuerte componente republicano, rupturista y de izquierdas. Un golpe a toda la Euskal Herria insurgente. Otro crimen por el que nadie pagó nunca nada…

Convocatorias:
-Zaragoza, 14 de junio. 12 h.
Bájate del tren del apartheid israelí.
Ante las puertas de la empresa CAF
Banca y gobierno, empresas, detengan su colaboración con el genocidio.
Iniciativa por Palestina.

-19 junio. València.
El Comité Revolucionario de València y la Campaña Unitaria por la Liberación de Georges Ibrahim Abdallah (CUPLGIA) de Francia han convocado una concentración por la liberación del preso político Georges Abdallah, así como por la liberación de todos los presos políticos y de guerra de la causa palestina. La concentración es el jueves 19 de junio a las 18:00 en la plaza del Ayuntamiento de València.