
Libros que hay que estudiar:
-Río Tajo
César M. Arconada
Capítulo 3
A los pocos días vinieron hombres y colorines de otras partes, de no se sabía dónde. Se dice colorines, y se dice bien, pues no había miliciano que no tuviera pañuelo rojo al cuello, estrellas, banderas, consignas pintadas… Algunos iban con teja de cura o de obispo, casacas de gentileshombres, espadines, sombreros de duques cazadores, con pluma; espuelas de caballeros del Santo Sepulcro… En fin, eran los restos de la antigua sociedad colocados en los cuerpos de los milicianos humoristas, arriba de unos pies casi descalzos, en alpargatas rotas.
Cuando menos lo esperaba la bandada de cuervos facciosos, las escopetas reconquistaron el pueblo, y ellos, con su gente civil, tuvieron que deplegarse otra vez hasta casi la línea del camino de la laguna. Fue un día, por la mañana. El pueblo, que ya era objetivo secundario, estaba desguarnecido. Chaparrejo y su gente conocían bien caminos, calles y entradas. La reconquista fue relativamente fácil. Los milicianos nuevos tenían un cañón del siete y medio, cogido en algún cuartel. Los pastores estaban a su alrededor, mirándolo por todos los lados como se mira a esa ballena que arribara a una playa. El cañón fue emplazado en un montículo, tapado con ramas de árboles, frente al pueblo. El problema que se planteaba era que, testarudos y curiosos, ninguno de los pastores quería separarse del cañón para verlo dis- parar, y claro es, el cañón no era quien tenía que entrar en el pueblo, sino los hombres. Chaparrejo tuvo que convencerles, y no costó poco. Los pastores, mira que te remira por todos los lados del cañón, estaban orgullosos de esta nueva arma a quien conferían poderes extraordinarios.
– ¡Con este bicho -decía uno- no hay Dios que se resista!
Debe vomitar por esa boca más que un borracho. Si nosotros hubiésemos tenido un cañón como éste, los muy bandidos no hubieran pasado la sierra. Lo hubiéramos colocado en las cumbres, y ¡pim!, ¡pom!, ¡pom!, disparamos cañonazos a diestro y siniestro hasta no dejar a un fascista vivo para poder contarlo.
Otro que miraba por debajo, como si quisiera ver si era burro o burra, exclamó:
– A mí lo que me extraña es que este chisme redondo que parece el caño de una fuente pueda, mandar tan lejos el escupido. ¡Quisiera quedarme aquí para verlo!
– Yo apuesto -decía uno de más allá- que así, desde tan lejos, éste no da una en el clavo. Me juego la cabeza a que yo con la honda acierto mejor que él, con todos esos aparatos que tiene…

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