Cuando buscaban el gen rojo: Experimentos con presas republicanas a cargo de un militar fascista y psicópata.

Foto. Vallejo-Nágera.

Repasando historia del fascismo impune:

EN BUSCA DEL GEN ROJO: LOCOS Y MANICOMIOS EN ESPAÑA (1936-1942)

La situación de los enfermos mentales en los manicomios en el transcurso de conflictos bélicos es una materia que lleva abordándose desde no hace demasiado tiempo. La mayor parte de los estudios aparecieron a raíz de las dos guerras mundiales, especialmente de la segunda. En el caso de España, los trabajos al respecto son más recientes y menos numerosos, si bien en los últimos años se han ampliado los que ofrecen una visión tanto del panorama general como el de algunos territorios (Valencia) o de instituciones concretas (el Manicomio de Santa Isabel de Leganés). Es lo que afirma Paloma Vázquez de la Torre Escaralera en “Vicisitudes del manicomio de Toledo durante la Guerra Civil Española (1936-1939).”[1]

En este artículo se abordará sucintamente el estado de los centros de salud mental de la zona republicana, sobre todo en Madrid, así como la teoría del gen rojo desarrollada por el psiquiatra fascista Antonio Vallejo-Nágera(Paredes de Nava, Palencia, 1889- Madrid, 1960).

¿Cuál era la situación de las instituciones psiquiátricas en España? Al respecto son ilustrativas las declaraciones del neurólogo Gustavo Rodríguez Lafora (Madrid, 1871-1972) al diario España en 1916.

Del Departamento de Alienados del Hospital Provincial de Madrid, solo diremos que permanece en el mismo estado que en la época de su fundación (1748). Allí no existen baños para los agitados, a los que se sujeta mediante camisas de fuerza, otro utensilio desterrado ya de todas partes. Cuando se empiezan a acumular los enfermos, una monja ordena traslados en masa a otros manicomios (al de Ciempozuelos o al de Valladolid), y los enfermos llegan a estos últimos con el único diagnóstico de enajenación mental y sin ningún dato ulterior que sirva para diagnosticarlos científicamente. Aún reciente es la publicación de agresiones de sus guardianes a un alienado.[2]

Aun así, las décadas anteriores al conflicto, la psiquiatría gozaba de su mejor momento histórico puesto que contaba con la presencia de un grupo de profesionales que habían constituido la llamada “Primera Psiquiatría Científica Española.” Entre ellos se encontraban, por citar solo algunos nombres, el ya mencionado Rodríguez Lafora, José Miguel Sacristán (Madrid, 1887-1957), Enrique Fernández Sanz (Madrid, 1872-1950) o César Juarros y Ortega (Madrid, 1879-1942).

Asimismo la creación, en los años veinte, de instituciones como la Asociación Española de Neuropsiquiatría o la Liga Española de Higiene Mental supuso un avance considerable que culminó, ya entrada la II República, con el Decreto de asistencia a enfermos mentales del 3 de julio de 1931.[3]

Hay que decir, sin embargo, que la paradoja es que la dictadura franquista se serviría, en su momento, de la legislación republicana para encerrar de por vida a los opositores en situación personal marginal. Concretamente, el decreto sobre asistencia a enfermos mentales de 1931 permitía internamientos manicomiales involuntarios de personas “locas” o cuerdas, mediante una simple orden judicial o gubernativa, un mandato de un alcalde o por mera indicación médica o familiar[4].

En vísperas del golpe de Estado, los problemas más acuciantes de los establecimientos de salud mental eran la sobrepoblación de pacientes, la falta de personal y las deficiencias arquitectónicas en sus instalaciones. Tal era el caso del manicomio de Toledo cuyo director Valentín Santiago Hinojosa envió una carta el 24 de junio de 1936 a la diputación de la provincia en la que denunciaba el hacinamiento de enfermos y en la que se pedía que se estudiase el modo de ampliación del espacio disponible.

[…] dado el excesivo número de enfermos unido a la época actual del año, nos hace temer la presencia de alguna epidemia que diezmara nuestros enfermos con el consiguiente escándalo público y dolor de no poder desarrollar los medios higiénicos sanitarios convenientes, pues en dormitorios cuya capacidad a lo sumo, para diez enfermos, duermen en la actualidad, el doble sin condición de cama, pues muchos tienen que dormir en el suelo, habilitándose galerías y pasillos destinados durante el día para otras necesidades. Nos esforzamos en disminuir la población manicomial pues en pocos días, aligerando tratamientos hemos conseguido poder dar algunas altas, pero los ingresos superan a las salidas y ha llegado un momento en que nuestro edificio capaz a lo sumo, para albergar a 200 enfermos, nos encontramos con que en la actualidad su número es el de 384, a más de un buen número de expedientes de ingreso que no se han efectuado, por entender esta Dirección que los diagnósticos suscritos en los certificados psiquiátricos no acusaban gran peligrosidad, pudiendo por tanto aplazarse sus ingresos.[5]”

Postal histórica. Alpargata pisa esvástica.

En los dos primeros meses de la guerra, ante el peligro que esta representaba para los enfermos, se decidió por parte del gobierno republicano el traslado de la mayor parte de los pacientes-sobre todo varones- a un sanatorio instalado en un edificio de las Adoratrices en Guadalajara y, posteriormente, a Consuegra (Toledo), a un antiguo convento de Carmelitas. El movimiento de enfermos fue una constante en España durante la contienda. Así, entre otros, fueron evacuados los manicomios de Huesca, Teruel y Oviedo. En la provincia de Madrid la traslación de los internos era más acuciante, al llegar el otoño, ser cercada la ciudad y objeto de constantes bombardeos, especialmente en el caso de los próximos al frente como el Sanatorio Neuropático de Carabanchel Bajo (propiedad de Gonzalo Rodríguez Lafora) o el Sanatorio Esquerdo. La escasez de instituciones psiquiátricas, la imposibilidad de traslados a Leganés o Ciempozuelos y las condiciones de la guerra llevaron al hacinamiento de los pacientes en las salas de dementes del Hospital Provincial de Madrid.[6]

En los libros de filiación del Hospital Provincial no constan los ingresos que tuvieron lugar en sus salas a partir de julio del 36 y las anotaciones no se retoman hasta el 1 de junio de 1939. Aun así, Dionisio Nieto (Madrid, 1908- México DF, 1983), de vasta formación neurohistológica, describió en “Psiquiatría y neurología de la guerra,” trabajo publicado en la Revista de Sanidad de Guerra el considerable aumento de los ingresos en los cinco primeros meses. Para Nieto había dos factores difíciles de cuantificar, como fueron las condiciones angustiosas de la vida en la ciudad, a causa de los ataques aéreos y de artillería especialmente duros a partir de noviembre de 1936, así como el considerable aumento de la población de Madrid a expensas de las localidades evacuadas de los sectores occidentales del frente. En diciembre, sin embargo, se inició un descenso brusco de los ingresos, inferior a lo normal, que se acentuó en los meses sucesivos y, tal vez, explicable por la disminución progresiva del número de habitantes de la capital debida a la evacuación a las zonas de retaguardia.

Como recoge Olga Villasate en su artículo “Los viajes de los dementes del Provincial de Madrid durante la Guerra Civil (1936-1939)”, Vaamonde Valencia médico residente de Lafora que había sustituido a este después de su marcha a la costa valenciana, aparece en la estadística de la sección de hombres publicada por Gregorio Bernman (Buenos Aires, 1894, Córdoba, Argentina, 1972) como ”Dr Bahamonde,” jefe de servicio. Bermann era un prestigioso psiquiatra argentino que había llegado a España con las Brigadas Internacionales donde organizó la clínica de neurosis de guerra del Hospital de Chamartín de la Rosa. En el libro Las neurosis en la guerra: psicología, psiquiatría, psicoterapia, psicohigiene del combatiente (Buenos Aires: Buenos Aires López, 1941) publicado conjuntamente con Emilio Mira (Santiago de Cuba, 1896- Petrópolis, Brasil, 1964)se recoge la comparación entre los ingresos que tuvieron lugar en el Hospital Provincial de Madrid en dos periodos: de julio de 1935 a marzo de 1936 y de julio de 1936 a marzo de 1937.Aparecía un claro aumento de los ingresos, sin que llegasen a duplicarse (de 383 a 651), especialmente en lo relativo a reacciones psicógenas, el alcoholismo y a causas exógenas. Durante el segundo trimestre de 1936 las psicosis endógenas constituyeron el 31% de los ingresos de hombres, cifra notablemente baja, ya que solo la esquizofrenia representaba el 40% de las hospitalizaciones en los establecimientos psiquiátricos. Dionisio Nieto, desde su exilio mexicano, planteó que parecía poco verosímil el descenso de las psicosis endógenas y que, tal vez, algunas de estas fueron diagnosticadas como psicosis reaccionales debidas al contexto especial en que se dieron.[7]

Foto. Prisioneras republicanas en la cárcel de Málaga.

Hasta ahora hemos hablado, de forma muy resumida, de la situación en la zona republicana. A partir de este momento analizaremos qué ocurría en la otra España, la controlada por los militares golpistas y nos centraremos, concretamente, en la principal figura de la pisiquiatría en los territorios bajo dominio franquista.

En noviembre de 1936, Antonio Vallejo-Nagera (es posible también encontrar su apellido escrito con “j”, Najera) es nombrado jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del ejército nacional y, posteriormente, en agosto de 1938, responsable del Gabinete de Investigaciones Psicológicas de la Inspección de Campos de Prisioneros de Guerra.

¿Quién era Antonio Vallejo-Nagera? Nació en un Paredes de Nava, un pueblo palentino, en 1889.

Cursó los estudios de licenciatura en la Facultad de Medicina de Valladolid donde se graduó con sobresaliente en 1909. Durante esos años fue alumno interno en las Cátedras de de Histología y Anatomía. En el último curso, en el que se estudiaban los temas de psiquiatría, conoció el manicomio de la hoy capital de facto castellanoleonesa. Acabada la carrera ingresó en el cuerpo de Sanidad Militar con el número 1. Fue destinado inicialmente a Marruecos donde trabajó en varios centros sanitarios tanto en primera línea atendiendo a los heridos, como en hospitales de sangre, siendo posteriormente destinado a Barcelona.[8]

En 1917, en plena Primera Guerra Mundial, fue enviado a la embajada de España en Berlín en la que permaneció varios años, lo cual le permitió aprender la lengua alemana. A su regreso en 1930, dirigió una serie de clínicas psiquiátricas y, como ya se ha señalado antes, en el transcurso de la guerra se convirtió en el máximo dirigente de los servicios de salud mental del franquismo.

Se estableció en toda la zona sublevada una red territorial institucional de diversas clínicas psiquiátricas militares de retaguardia: Cádiz, Conjo (La Coruña), Córdoba, Granada, Málaga, Mérida, Miraflores (Sevilla), Palencia, Pamplona, Plasencia (Cáceres), Santa Águeda (Gupúzcoa), Samtander, Valladolid, Zaragoza y Ciempozuelos (Madrid).

El 23 de agosto es el propio Franco el que aprueba la creación del gabinete que dirigiría el psiquiatra. El trabajo que se iniciaba en diciembre del mismo año 1938 tenía como objetivo tratar la “tara” que desarrollaba a un “rojo” y, además, dicho enfoque debía partir y concluir bajo la demostración de que tales efectos en el ser humano partían de una situación de inferioridad. Una inferioridad que no se circunscribía a una cuestión mental, sino que abarcaba las posibles malformaciones físicas que ayudasen a entender a un marxista.

En su libro La locura de la guerra (Valladolid: Editorial Librería Santarén, 1939) Vallejo-Nágera subrayaba la importancia de su estudio en estos términos:

La idea de las íntimas relaciones entre marxismo e inferioridad mental ya la habíamos expuesto anteriormente en otros trabajos. La comprobación de nuestras hipótesis tiene enorme trascendencia políticosocial, pues si militan en el marxismo de preferencia psicópatas antisociales, como es nuestra idea, la segregación de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible.

La tarea no se limitó al terreno teórico sino que sirvió para dar cuerpo científico a buena parte de la política penitenciaria de la dictadura y, particularmente, a las relaciones de las presas republicanas con sus hijos. Muchas de ellas vieron cómo sus bebés morían de inanición.

El primer trabajo del psiquiatra se centró sobre dos grupos de detenidos: brigadistas internacionales y, precisamente, 50 presas malagueñas.

El estudio-encuesta fue publicado en la Revista Española de Medicina y Cirugía bajo el título “Psiquismo del Fanatismo Marxista. Investigaciones Psicológicas en Marxistas Femeninos Delincuentes” en mayo de 1939.[9]

El lugar destinado para la mayoría de los estudios fue el antiguo monasterio de San Pedro de Cardeña, una abadía trapense situada a 10 km de Burgos. Durante la guerra civil se convirtió en un campo de concentración para prisioneros del bando gubernamental, un lugar de espera para su ejecución. Aquí es donde comenzó el estudio de Vallejo-Nágera junto a un grupo de colaboradores. La mayoría de los trabajos fueron realizados a soldados procedentes de las Brigadas Internacionales, aunque también se incluyó a unos 50 combatientes republicanos.

A través de tests psicológicos y mediciones antropomórficas se llegaría a diferentes conclusiones.

Dibujo. Mujer con mordaza de alambre.

La investigación se centró en cinco grandes grupos:

1º Prisioneros de las Brigadas Internacionales.

2º Presos políticos españoles.

3º Presas españolas republicanas.

4º Presos catalanes.

5º Presos vascos.

En relación a las Brigadas Internacionales, Vallejo-Nágera afirma:

Hallamos en los marxistas internacionales que predominan los temperamentos degenerativos […]. Predominan en elevada proporción las inteligencias medias e inferiores, alcanzando el 10% la proporción de individuos francamente imbéciles.

El material de estudio es un grupo de 72 prisioneros norteamericanos de los que, tras hacer un análisis de sus características raciales y biopsíquicas, según la tipología de Krestchmer (Wüstenrot, (Baden-Wurtemberg), 1888- Tübingen, Baden-Würtemberg, 1964), comenta el psiquiatra oficial del franquismo:

La totalidad del grupo se dice demócrata, partido de extrema izquierda, pues, según lo entienden los sujetos explotados, el Partido Republicano defiende los intereses de los ricos y de los grandes capitalistas, mientras que el Partido Demócrata defiende los de las clases medias y obreras. En el fondo, la ideología de estos internacionales es análoga a la marxista española.

Vallejo- Nágera considera que el 79’25% se alistaron por “fanatismo político.” En el fondo-dice- nos las habemos con comunistoides.“ Tras analizar su religiosidad, clasifica al 65% como “fracasados” que subdivide, a su vez, en fracasados profesionales, sociales y sexuales. Estas cifras “confirman, una vez más, la atracción que experimentan hacia el marxismo los fracasados de la vida”

Y añadía el psiquiatra oficial del régimen:

Los marxistas aspiran al comunismo y a la igualdad de clases a causa de su inferioridad, de la que seguramente tienen conciencia. Y por ello se consideran incapaces de prosperar mediante el trabajo y el esfuerzo personal. Si se quiere la igualdad de clases no es por el afán de superarse, sino de que desciedan a su nivel aquellos que poseen un puesto social destacado, sea adquirido o heredado.[10]

Y acababa su estudio con estas líneas:

Acaso sea la conclusión más aprovechada de nuestro trabajo, desde el punto de vista de la educación del pueblo, el elevado porcentaje de marxistas que deben sus creencias a la prensa revolucionaria, coligiéndose la decisiva influencia de la prensa diaria y del cinematógrafo sobre las gentes de mediana o inferior inteligencia[11]

El médico palentino analizó también la “personalidad” de los presos en función de su nacionalidad. Su principal objetivo, tal y como expuso en la revista Semana Médica Española en octubre de 1938 era “hallar las relaciones que puedan existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político democrático-comunista.”

¿Cuáles fueron sus conclusiones sobre los brigadistas hispanoaméricanos? Entre ellos había 21 cubanos, 32 argentinos, 3 chilenos, 2 mexicanos y 1 uruguayo. Todos los presos de ese grupo fueron calificados de “poco inteligentes” o “débiles mentales.” Tan solo una mínima parte- entre el 5% y el 15%-poseía una capacidad intelectual “buena, ”pero nunca superior y, en todo caso, condicionada por una “ínfima” cultura. En cuanto a su apoyo a la lucha de clases, Vallejo-Nágera estimaba que dicha aspiración obedecía a su “inferioridad” de la que “seguramente tienen conciencia y por ello se consideran incapaces de prosperar mediante el trabajo y el esfuerzo personal.”

Los que presentaban un mayor grado de “civilización” eran los norteamericanos cuyas tendencias “liberales y democráticas, en cierto modo fanáticas y supersticiosas” se alejaban del marxismo porque tendían a “labrarse un porvenir mediante el personal esfuerzo.” De hecho, según el psiquiatra, los 72 prisioneros de la Brigada Lincoln-divididos de acuerdo a su origen racial- presentaban mayoritariamente una “inteligencia media baja o deficiente.” En cuanto a los británicos encarcelados en Cardeña llamaban la atención por su falta de “espiritualidad patriótica” y sus nulas aficiones culturales porque preferían “el bar, el club, la taberna o las bailes.”

Dibujo. Gran cárcel es España, y preso alza puño.

El alcoholismo y el libertinaje fueron también dos de las conclusiones a las que llegó Vallejo-Nágera.

Entre los marxistas hay un alto índice de temperamentos degenerativos e individuales oligofrénicos. Son poco inteligentes, incultos, borrachos y con una religiosidad por los suelos. El libertinaje sexual parece un elemento común , constituye la tónica de los marxistas norteamericanos. En este sentido, de todos los grupos, los británicos son los que superan en libertinaje sexual a los demás[12]

El día a día en el campo, estaba marcado por el frio, los piojos, una dieta escasa, sin agua potable y un estreñimiento constante. Aun así, sus condiciones eran mejores que las de los presos republicanos españoles porque Franco, en este caso, no tenía con quien negociar un futuro canje de combatientes. Según los informes custodiados en el Archivo General Militar de Ávila, al menos 480 brigadistas procedentes de los campos de concentración de Alcañiz (Teruel), Medina de Rioseco (Valladolid), Bilbao y Logroño se instalaron forzosamente en Cardeña a principios de abril de 1938.

A través de mediciones antropomórficas y encuestas, con preguntas sobre sexualidad o religión, se llegó a la conclusión que los rojos mostraban un “carácter degenerativo” marcado por su tendencia al alcoholismo, el libertinaje y la promiscuidad, además de una inteligencia inferior a la media[13]

En relación a las mujeres, es muy interesante la información que aporta Antonio Nadal en Experiencias psíquicas sobre mujeres marxistas malagueñas. Málaga 1939.[14]” Se investiga a 50 prisioneras rojas (30 de las cuales condenadas a muerte).

El trabajo-encuesta presenta, entre otras, varias tesis:

A) La mujer roja y la mujer en general, tiene rasgos físicos y psíquicos de extraordinaria inferioridad relación al hombre.

B) El marxismo y la revolución, unidos a la mujer deben ser tratados “médicamente,” no políticamente.

C) Estos, aplicados al “caso” malagueño hacen de la mujer roja un ser degenerado, lleno de ferocidad y rasgos criminales.

El método empleado con ellas es similar al que utilizaron con los presos internacionalistas, si bien se ha de renunciar al estudio antropológico (relación entre figura corporal y temperamento), pues “en el sexo femenino carece de finalidad por la impureza de sus contornos.” Por otra parte, rotos los frenos que obran sobre la mujer por su debilidad mental “con muchos puntos de contacto con el psiquismo infantil y animal,” despiertan en ella el sentido de la crueldad “que no queda satisfecha con la ejecución del crimen sino que aumenta durante su comisión.” Dichos actos comportan, igualmente, “un marcado carácter sádico,” siendo las revueltas políticas aludidas, momentos aprovechados para “satisfacer sus apetencias sexuales latentes.

El 58% de las presas analizadas era menor de 30 años y solo el 22% rebasaba los 40. Se les acusaba, en grado diferente, de haber participado en los crímenes de la “horda”, de necrofagia, de haber combatido en el frente o de haber practicado denuncias. Las muestras de los psiquiatras presentaban a un 72% con “temperamentos degenerativos,” a un 50%, “débiles mentales” o de cultura inferior, al 46% como analfabetas y al 80% de “cultura baja”, de las cuales un 98% tenía instrucción primaria o nula.

A partir de estos porcentajes, Vallejo- Nágera y Martínez ya se sienten en disposición de ofrecer una primera valoración de las acusadas:

A) El marxismo está formado por “las personas menos inteligentes y más incultas de la sociedad”

B) Hay, sin embargo, posibilidades de regeneración al no faltarles una “cultura despierta.”debiendo aplicarse ciertas reformas sociales “para restar adeptos a la causa marxista.”

En relación a la criminalidad marxista femenina, se establecen las siguientes causas definitivas:

A) Aquellas cuya actividad depende de sugerencias ambientales (38%).

B) Las que tienen su origen en la antisociabilidad de su personalidad psicopática (psicópatas antisociales), (24 %).

C) Las libertarias congénitas, revolucionarias natas, que poseen condiciones biopsíquicas arraigadas a su constitución (37%).

Sin embargo, no fue necesario que se hiciera esta “investigación para convencer a Vallejo- Nágera de la volubilidad de la naturaleza femenina y así lo expresaba ya en estudios anteriores:

Coméntase que en la revolución comunista española han participado las mujeres altamente en la criminalidad y que no han dudado en alistarse como ‘milicianas’ para combatir en los frentes (…) muriendo muchas de ellas en el parapeto y alguna al pie de la ametralladora que manejaba con rara habilidad. (…) Son características del sexo femenino la labilidad psíquica, la debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad y la tendencia a la impulsividad, cualidades psicológicas que en circunstancias excepcionales pueden acarrear consecuencias patológicas y anormalidad en la conducta social (…) Aunque la mujer suele ser de carácter apacible, dulce, bondadoso y pacífico ello se debe a los frenos sociales que sobre ella obran, ya que el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y animal.[15]

Por supuesto que el psiquiatra palentino no era una excepción en el despreció hacia las cualidades femeninas -y mucho más en el caso de las mujeres rojas– si bien él pretendía cubrir con una pátina de supuesta cientificidad lo que no eran más que prejuicios misóginos y clasistas.

Así, Remigio Moreno, fiscal que había huido de Málaga al no triunfar allí el golpe y que después expondría su tesis, daba cuenta de algunos acontecimientos con la mujer como centro.

Unas mujerucas llevaban a guisa de mantón unas cortinas de Damasco. Otras, una maleta. Las de más allá, las ropas de un niño a modo de bufanda. Todas llevaban algún trofeo de sus rapiñas.

Moreno, en resumen, define la actuación de la mujer malagueña roja o no.

Las mujeres de familia, en asquerosa unión con las golfas de todas clases, llevaban armas de fuego y, borrachas, eran paseadas en los vehículos en la más grosera de las manifestaciones.

Y, naturalmente, la Iglesia también estaba allí para apoyar el mismo discurso. El padre Tomás López, en su libro Treinta Semanas en poder de los Rojos (Málaga: Imprenta San Antonio, 1938) se pronunciaba en estos términos:

Las brujas de ellas , se ponían a rezar con las manos cruzadas antes de matarlos. Al principio, parece que les hacían sufrir bastante, pues el populacho, sobre todo las mujeres de aquellos barrios, se aglomeraban para saciar sus más fieros y bajos instintos..[16]

BIBLIOGRAFÍA y WEBGRAFÍA:

https://serhistorico.net/2021/04/26/en-busca-del-gen-rojo-locos-y-manicomios-en-espana-1936-1942/

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