«La horda», de Vicente Blasco Ibáñez: ¡Ladrones! Matan a los trabajadores para hacerse ricos. Solo les importa el negocio, y los pobres que mueran como perros. ¡Dinamita, me caso con Dios!.

Portada de «La horda», de V. Blasco Ibáñez.

Alientos de Lucha

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La horda

Vicente Blasco Ibáñez

(Valencia 1867 – Francia 1928)

“Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los poderosos.

Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo lo que podía hacer por su padrastro.

A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las alcantarillas que desaguan en él.

Un hedor de letrina en ebullición envenenaba la densa atmósfera de verano. Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de salir de los lavaderos.

Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando los brazos con expresión amenazadora.

—¡Ladrones! ¡Ladrones!… Matan a los trabajadores para hacerse ricos… Solo les importa el negocio, y los pobres que mueran como perros.

Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen intervenir en los asuntos de los hombres!… Otra cosa sería.

Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor protesta en la calle.

—¡Armas! ¡Armas!… —exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos exaltados—. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita, me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!

Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un modesto ataúd que habían costeado los del oficio.

(…) De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta póstuma confesión del engaño de su vida.”

Foto. Vibente Blasco Ibáñez.

Sobre el Autor

Novelista. Fue militante del partido republicano desde su juventud. Fundó el diario El Pueblo desde el que llevó una campaña incesante contra el gobierno de la restauración, lo que le costó la cárcel y el exilio. En sus novelas Cañas y barro, La barraca, La catedral, El intruso, La horda, La Bodega, o La araña negra, denuncia los abusos que sufre el pueblo, sus precarias condiciones de vida, el analfabetismo, la hipocresía de la iglesia católica… Sin embargo, a raíz de la I Guerra Mundial, en vez de mantener una justa posición derrotista, tomó partido por uno de los contendientes imperialistas, tal como testimonia su “celebrada” novela Los cuatro jinetes de la Apocalipsis.

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