La enorme lucha de los gays newyorkinos en 1969 «El asunto está caliete» / La importancia de la selva para las guerrillas.

Panfleto agosto 1969 del movimiento gay de N.Y.

Repasando la historia:

EE.UU.

-La lucha liberadora y comprometida de los gay en 1969

“El asunto está caliete”

Lo de arriba es el pasquín distribuido en agosto de 1969 en varios ghettos newyorkinos. Bilingüe (español/chicano – inglés).

Durante la brutal represión policial contra el guetto de Greenwich Village, zona de reunión gay, se detuvo a 300 homosexuales en el plazo de dos semanas. A muchos se les maltrató.

Uno de los detenidos es un latino sin documentación, un inmigrante clandestino. Se ‘arroja’ por una ventana policial incrustándose en una verja. La policía corta la lanza que tiene atravesado el cuerpo con un soplete. Miles de personas se manifiestan frente al hospital donde está moribundo el joven.

Mítines improvisados, un montón de pasquines, textos… circulan entre los manifestantes. “Los cerdos (policía) están ocupando todos los centros homosexuales de la ciudad”. A las protestas se unen lesbianas que también sufren acoso en sus guettos y que vienen de su propio desarrollo de luchas.

Pero esos guettos eran parte de zonas populares, de barrios obreros llenos de latinos, negros, chicanos de segunda generación, de ‘amas de casa’ que alimentan verdadera prole, de obreros y de muchos desempleados. Y han aprendido que en Vietnam mueren los mismos colores, muy alejados del WASP habitual de las películas. Y han aprendido de mayo del 68 en Francia. Y conocen que ser obrero o parado, y gay, está condenado a la criminalización en EE.UU. El guetto es mucho más amplio que lo que la historia nos contó.

Distribuyen y leen el Informe Kinsey, el libro de Engels ‘El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado’, difunden textos de Reich, Einstein, mueven los comunicados de las organizaciones de izquierdas que resisten en dichos guettos…*

Nada que ver aquel movimiento con las fiestas del orgullo de estos años. La brutal represión, la situación económica, el cierre total de sus centros, bares, la nueva entrada masiva de drogas en los 70, que antagonizó la convivencia en dichos barrios y separó para siempre los perfiles en cuanto a condición sexual. Los “rojos”, los “divertidos” (así se auto-titulaban), se tuvieron que enclaustrar aún mucho más en sus nuevos guettos, desde donde siguieron con su militancia. La otra línea principal, toman la condición social como privilegio de clase. Orgullo de las multinacionales, ‘mariquitas’ republicanos -o demócratas- y todo lo televisable desde los enormes Estados Unidos.

*Datos e imagen, recogidos del libro “Homosexualidad: el asunto está caliente”, editorial Queimada, 1979.

Portad del libro «La Segunda Marquetalia».

Colombia

Sobre la selva, el amor guerrillero por ella, y lo importante de que se proteja

(…) Pero en todo desplazamiento siempre hay descanso y consumo de agua dulce para recuperar energías.

En uno de esos momentos los chichicos y araguatos agitando sus brazos armaron un bullicio gutural arriba en las copas de los árboles. Observaban con recelo y también con curiosidad la marcha de la Segunda Marquetalia.

Cuando se percataron que la guerrilla en descanso no era una amenaza, entonces abrieron la carpa de su circo rodante en la selva, no solo para alardear con su disciplina colectiva, sino para entretener con sus acrobacias en el aire y sus saltos asombrosos de trapecistas, a los guerrilleros trashumantes.

En la noche los tigres mariposos y podencos rondaban los sueños insurgentes.

-La selva.

Es una familia de árboles inmensos, adultos, que dominan las alturas rodeados de millones de niños, de niños arbustos que ocuparán su lugar cuando aquellos cumplan su ciclo vital.

Tenemos que respetar esa comunidad vegetal. Esa casa donde se interrelacionan miriadas de insectos que elevan sus voces electrónicas hacia el firmamento poblando de sonidos el oscuro pecho de la noche.

Es el ambiente natural donde tigres curtidos y panteras hermosas acechan su sustento, y las dantas o tapires y los venados rumian el follaje.

Debemos proteger ese hábitat de las lapas, los chigüiros, los manaos, los osos de todo tipo, los monos, los perezosos y los armadillos que patrullan incansables la geografía verde y terrosa en busca de alimento; resguardar ese espacio vital de los paujiles, las pavas, las guacharacas, los tucanes, las águilas y los halcones, los zamuros y las gallinetas, las torcazas, los loros y las guacamayas y donde todas las aves pueblan de cantos y sonoridades el éter y los vientos; no importunar el mundo de las mariposas que salpican de colores alados y erráticos la vida; el de los zancudos, los jejenes, los tábanos, las abejas, las chicharras, las hormigas arrieras, las corcunchas y las congas; los comejenes subterráneos y silenciosos que quieren seguir haciendo lo suyo por la subsistencia.

Permitamos que los caracoles sigan desplegando su ingeniosa estrategia como en la película de Cabrera, y que las arañas sigan extendiendo en el cielo sus telarañas de geometría perfecta con la que sueñan atrapar los insectos, los luceros radiantes de su supervivencia.

Las anacondas, las cazadoras y todas las serpientes tienen derecho a su entorno. No se pueden contaminar los caños ni los ríos que son el planeta de los peces, las nutrias, los perros de agua y los cachirres.

Toda la biodiversidad respira en esa casa grande de techo verde, y nuestro compromiso es respetarla y protegerla.

Hemos visto la selva demolida por los bombardeos de la Fuerza Aérea. Hemos visto centenares de árboles mutilados, ennegrecidos y molidos por la pólvora, levantando al cielo sus desnudos brazos quemados. La vida se silenció en esos lugares desde entonces.

Al trasegar la selva profunda, inconmensurable, se atraviesa el campo magnético de la vida.

Allí están los códigos encriptados con la información de las plantas que pueden sanar las enfermedades de la humanidad. Nuestros hermanos indígenas ya han descifrado algunos de estos códigos.

Que los gringos ni nadie venga a hablarnos de patentes para esquilmarnos o raponearnos lo que la naturaleza puso en nuestras manos.

Aquí está el oxígeno del mundo, y está el agua, la lluvia y el sol, están los peces, la fauna y la flora terrestre y están las aves más increíbles y hermosas. Todos juntos.

Y hay tesoros escondidos con los que podríamos financiar vida digna para los humanos en armonía con la madre tierra.

Que se transfieran los recursos de los bonos de carbono (que los políticos se roban) a los indígenas y al desarrollo y protección de la Amazonía.

No solo están fumigando con glifosato los campos de Colombia, sino también a los pobres de la tierra con el veneno de la economía de mercado, la política neoliberal que mata masivamente de hambre, y que nos niega el derecho a la paz.

La paz es vida, y esta adquiere todo su sentido y validez si está ligada al disfrute de derechos fundamentales como el alimento, la vivienda, el agua, el vestido, el trabajo… Por eso la paz es el derecho síntesis, el pico Everest de todos ellos, sin el cual no es posible la concreción de los demás derechos. Sin la paz que garantice la vida, los derechos se desvanecen en el aire.

Sin duda, la bandera al viento más destellante que agitan las manos de las FARC-EP es la de la paz. Ella levanta al cielo el clamor de los anhelos de los ciudadanos de un país que nunca se han despegado del sueño de vivir en dignidad.

Nuestra dura travesía por la geografía salvaje y dulce tenía en la paz su inspiración.

-A las 17:00 horas acampamos en un caño de aguas mansas, casi mudas.

Esa noche fuimos objeto de un ataque nocturno en masa, inesperado y furioso, pero de hormigas arrieras y de comejenes, que destruyeron y tirotearon toldillos, camisetas, equipos de campaña y casas.

A través de los agujeros abiertos en los toldillos con el bisturí de corte oval de las hormigas, irrumpió la “manta blanca” de mosquitos microscópicos para rematar su ofensiva frenética.

En las largas jornadas el Paisa había agotado varios frascos de meromacho sobre la humanidad extenuada pero dichosa de Paquita, y lo repartía generosamente entre sus tropas “patunas” que habían cruzado esa tarde los árboles flexibles del caño, temblando como equilibristas borrachos.

«Oeee, Eider, socio, la copita, tráigame la copita», le gritaba al flaco que era su oficial de servicio.

Del libro «Segunda Marquetalia, la lucha sigue»

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