Los fascistas se iban comiendo países, pero Francia y los británicos pactaban con Hitler. Jamás se opusieron al fascismo.

Dibujo. Un pez voraz, vestido de traje y con fusil.

Luchas, derrotas, victorias… Antifascistas

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Las potencias imperialistas nunca se opusieron al fascismo

En la década de los años 30, Alemania, Italia y Japón comenzaron una escalada militarista cara a un nuevo reparto del mundo. Iniciaron la invasión de países en Asia, África y Europa, mientras que Francia, Inglaterra y EEUU dejaban hacer con la esperanza de que las potencias fascistas desencadenaran la guerra contra la URSS y, a la vez que liquidaban al socialismo soviético, también se iría desgastando el potencial bélico alemán.

Así, alentados por la impunidad, Alemania, Italia y Japón unieron sus fuerzas. Entre 1936-1937, la Alemania hitleriana lideraba este bloque agresivo. A lo largo de este período, a la vez que intensificaban sus preparativos para llevar a cabo una gran guerra, las potencias fascistas descargaban un golpe tras otro.

En octubre de 1935, la Italia fascista invadió Etiopía. Esta sería la primera agresión sin respuesta de una larga serie.

En marzo de 1936, las tropas alemanas, violando los tratados de Versalles y Locarno, ocuparon la zona desmilitarizada del Rin.

En julio de 1936, se produjo la agresión nazi-fascista en apoyo al golpe militar fascista contra la II República española.

En julio de 1937, Japón se anexionó Manchuria y el norte de China. Las potencias occidentales, con su “política de pacificación” alentaron a Japón a aplastar el movimiento revolucionario en China y se lanzara luego contra la URSS.

En mayo de 1937, el Gobierno del Reino Unido fue encabezado por Chamberlain, el nuevo líder del Partido Conservador, furibundo partidario de la colaboración anglo-alemana. El gobierno de Chamberlain potenció la búsqueda de un rápido y amplio acuerdo con las potencias fascistas para encauzar la agresión hitleriana hacia el Este. Los gobernantes de los EEUU, Francia y otras potencias occidentales dieron su apoyo a esta política.

Incitados por los círculos gobernantes occidentales a consumar nuevos actos de agresión, los fascistas alemanes ocuparon Austria en marzo de 1938 y comenzaron a preparar la invasión de Checoslovaquia.

El conflicto germano-checoslovaco fue provocado artificiosamente por los hitlerianos con la justificación de defender a la minoría nacional alemana que vivía en Checoslovaquia. En realidad, Alemania quería anexionarse la región de los Sudetes –muy importante en el plano industrial y estratégico– y desmembrar y sojuzgar a Checoslovaquia. Desde el principio del conflicto, Inglaterra y Francia apoyaron incondicionalmente las aspiraciones expoliadoras de los militaristas alemanes. El 29 y 30 de septiembre de 1938, Chamberlain y Daladier se reunieron en Múnich con Hitler y Mussolini; allí se decidió el destino de Checoslovaquia: los partícipes de la confabulación de Múnich desmembraron y dejaron desguarnecida a Checoslovaquia, transfiriendo importantes zonas de ella a Alemania. De este modo quedó sentenciada y ratificada la ocupación de toda Checoslovaquia por los hitlerianos, hecho que se produjo medio año después. Pero lo tratado en Múnich no se redujo a la entrega de Checoslovaquia. El 30 de septiembre se firmó una declaración anglo-alemana de no agresión mutua y en diciembre de 1938 otra análoga entre Francia y Alemania.

*Imagen. “El pacífico pez voraz”. Fotomontaje de John Heartfield:

“Desprecio la seguridad colectiva. A los peces pequeños los invito individualmente a concertar tratados bilaterales conmigo.”

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