Asesinaron a Joxelu Geresta, le arrancaron dientes para quitarle el chip de seguimiento y lo presentaron como suicidio. Hace 21 años.

Foto. Pancarta recuerdo a Geresta.

Guerra sucia del Estado terrorista:

Joxelu Geresta Mugika, ‘Ttotto’

20 de marzo de 1999

«Los txakurras me tienen controlado y me están siguiendo. Como estamos en tregua no puedo disparar porque dirán que he muerto en un enfrentamiento, Si no, dirán que me he suicidado. Si me pasa algo denúncialo». Estas fueron las ultimas palabras del zizurkildarra Joxelu Geresta Mugika, militante de ETA, a un amigo, el 17 de marzo, a escasos 500 metros de donde apareció su cuerpo tres días después. No se supo nada de él hasta que el 20 de marzo de 1999 apareció su cuerpo debajo de un manzano en el caserío Zamalbide de Orereta-Rentería.

He quedado con la familia de Joxelu en el restaurante del mismo nombre que el caserío y que pertenece a la misma familia. No estaban seguros de si las cercanas obras de la autovía habrían hecho desaparecer el lugar. Días antes de acercarnos, me llamaron por teléfono, «Sí, sigue ahí. Está el camino y el manzano donde apareció su cuerpo». Para Llegar hasta el árbol hay que abrir una pequeña valla para los animales. Dudo un momento. «No te preocupes, tranquilo, no nos van a decir nada».

Los tres días que pasaron hasta que fue encontrado el cadáver son cruciales para la familia, «Del 18 y 19 de marzo, nadie sabe nada. ¿Dónde lo tuvieron? ¿Qué hicieron con él? Unos días antes de encontrar su cuerpo, apareció en Hernani una documentación falsa que utilizaba y, más tarde, encontraron una pistola Brownig, con el cargador lleno. Todo muy anómalo», afirma la familia.

La operación que acabó con la vida de Joxelu empezó días antes en el Estado francés, «Un par de semanas antes en París hubo siete detenidos relacionados con Joxelu», recuerdan. «Quizás a raíz de la información que encontraron es posible que hallasen el modo de capturarle». Según la familia, «probablemente fuese detenido en algún lugar entre Hernani y Andoain y fuese drogado para, seguidamente, implantarle un microchip en la dentadura». Así lo creen también los miembros de la defensa. Un hecho que explicaría por qué le arrancaron las dos muelas y le cortaron una tercera, con la intención de recuperar el dispositivo de seguimiento implantado y no dejar huellas. Que la extracción de las piezas dentales, como se afirma en la sentencia, fuese post mortem, reafirma la versión de la familia de que algo extraño y lúgubre pasó con su cuerpo mientras estuvo en el depósito de cadáveres, supuestamente custodiado por policías.

«El testigo que halló su cuerpo comentó que pareciera que lo hubiesen colocado allí a propósito», recuerdan sus hermanos. Esa misma impresión tuvo la familia y su abogado cuando vieron las fotos del cadáver. En una de ellas el pulgar de su mano derecha estaba en el bolsillo del pantalón y el brazo izquierdo pegado al cuerpo. Se ve que el disparo fue efectuado en la parte derecha de la cabeza. La pistola, sin embargo, apareció en la izquierda de su cuerpo y alejada del lugar, aunque el fallecido era diestro.

Cuando se realizó la primera autopsia sin presencia de profesionales de confianza de la familia, se certificó que la muerte se produjo por herida de arma de fuego y se presentó el caso como un simple y claro suicidio. Curiosamente fue una exploración incompleta puesto que nadie miró dentro de la boca del fallecido. En una segunda autopsia solicitada por los allegados, se constató que las manos no presentaban restos apreciables de pólvora y confirmó la extracción de las dos muelas y el corte de otra después del fallecimiento. El resultado fue tan claro que al juez no le quedó más remedio que reconocer que el cuerpo había sido manipulado después de morir, pero recalcando que se desconocía el motivo. El caso fue archivado sin investigación alguna y la causa oficial de la muerte que pregonaron los medios de comunicación afectos al régimen fue que el miembro de ETA se había suicidado.

La sobrina y el hermano de Ttotto, bajo el manzano donde apareció asesinado.

Supongamos que a Joxelu le implantaron un microchip de seguimiento. Lo hemos visto en las películas y sabemos en abstracto que existen, pero pocas personas habrán visto uno. Quizás, una de ellas, puesto que parecía estar seguro de sus palabras, fuese el general José Antonio Sáenz de Santamaría, que situó la muerte de Geresta en el marco de la guerra sucia del Gobierno español contra ETA, en una entrevista publicada en el periódico La Razón, el 19 de noviembre de 2001. En el extracto más jugoso de la conversación, el general -ya fallecido-, hablando de la existencia de la guerra sucia, a la que prefería llamar «guerra irregular», decía: «La hay también. Supongo que sí. Los comandos no se entregan solos. Incluso ha aparecido algún muerto con un diente extraído a martillazos (se había citado antes a Geresta). Después de morir no se pegan martillazos en la boca. No lo digo como crítica. No hay más remedio que emplear la guerra irregular contra unos tíos que vienen a matar por la espalda. Está bien el estado de derecho, pero no se puede llevar hasta sus últimas consecuencias, porque quedaríamos en manos de los terroristas».

Sigamos imaginando que ese microchip, además de controlar la posición del vigilado, posibilite que oiga voces en su interior que lo lleven al delirio propio de una crisis psicótica. El planteamiento abandona el sentido común, o por lo menos lo que un ciudadano entiende por «normal» y roza la ciencia ficción, pero las personas que estuvieron con el fallecido describen un cuadro mental muy similar. Estos dispositivos parece ser que los utilizan normalmente en las agencias de inteligencia, los grupos de espionaje, así como en grupos policiales especiales dedicados a la contrainsurgencia. «Siempre se ha dicho que la verdad supera a la ficción», recuerda una de sus hermanas.

Para un importante sector de la sociedad, la muerte de Joxelu Geresta, que tenía 29 años de edad cuando falleció, no fue un suicidio y no creyó en las explicaciones dadas por el Gobierno español, ni por el consejero vasco de interior. «Aquellos días fueron angustiosos y todo sigue muy presente aunque ya han pasado años. Para los que le quisimos, su recuerdo se mantiene y se mantendrá muy vivo, porque su muerte, no se puede ni se debe olvidar». Su familia lo recuerda como un joven alegre, vital y juerguista. «Ttotto era una persona muy especial, los que le conocieron saben que es verdad. “Un loco feliz” que dio su vida por Euskal Herria. Quizás algún día logremos saber qué pasó con él y por eso seguiremos luchando, para que reconozcan que no fue un suicido, que simplemente lo asesinaron».

Del libro. “Nombres para recordar”. Editorial Euskal Memoria. 2017.

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