Presxs en Lucha: denuncias de situación en Murcia II y Mas d’Enric / «Y Después de la cárcel, ¿qué…?», libro de Javi Ávila Navas.

Dibujo. (de una cabeza salen cartas)

Situación Presxs en Lucha:

Cartas de David Rojas, Murcia II

*Situación de abusos que empezó absurdamente a partir de pedir hacer una llamada de teléfono. Un ejemplo más del trato denigrante, soberbio y sin sentido que los carceleros tienen con los presos, especialmente cuando estos no se callan y responden a sus agresiones.

*Respuesta que le han dado desde Sanidad Penitenciaria en relación a su queja por la falta de atención médica y la mala gestión en la dispensación de medicamentos. Denuncia la desatención sanitaria en Murcia II, así como la paliza que sufrió otro compa en Albocàsser y él mismo en otras cárceles por donde ha pasado.

En:

https://suportpresxslleida.noblogs.org/post/2020/03/08/otro-ejemplo-de-abusos-y-juego-represivo-en-la-carcel-de-murcia-ii/

Dibujo. (preso en una celda)

-En el Departamento de Aislamiento en Mas d’Enric

Abusos, malos tratos, arbitrariedad y manipulación de correspondencia.

Denuncia dirigida al Juzgado de Guardia de Tarragona. Relata distintas situaciones que conforman el régimen de vida en el DERT (aislamiento) de la cárcel de Tarragona, así como los abusos, la indefensión y la dura situación en la que se encuentran.

¿Quien vigila a los que nos vigilan? ¿Quien cuida a los que nos ‘cuidan’?

https://lacorda.noblogs.org/post/2020/03/04/departamento-de-aislamiento-en-mas-denric-abusos-malos-tratos-arbitrariedad-y-manipulacion-de-correspondencia/

Portada libro «Y después de la cárcel ¿qué?»

Libro: «Y Después de la cárcel, ¿qué…?»

De Javi Ávila Navas.

Prólogo:

“No es posible separar el análisis de la política penal del análisis de la política social. Entre el capitalismo global y la cárcel existe una relación quid pro quo. Como dice José Toribio, el primero genera necesidades que no siempre pueden ser satisfechas, y la tendencia a satisfacerlas mediante medios que no se ajustan al sistema vigente
produce delincuencia, conductas antisociales.
Los estados globalizados han reducido los gastos destinados a fines sociales y, a cambio, aumentan las partidas de gastos punitivos; por tanto, se apoyan en la policía, los tribunales y la prisión para frenar lo que generaría el darnos cuenta del desempleo masivo, la explotación del trabajo asalariado precario y el recorte de la protección social.
Y son las familias de nuestros barrios explotados quienes sufren más que nadie todas las contradicciones potenciadas desde el poder.
La marginación es un fenómeno social que nos afecta a todos, tanto a los que la padecen directamente por el deterioro personal de sus condiciones de vida, como al resto de la comunidad, por las repercusiones sociales que se derivan de ella.
Aun así, parece que hay personas que le sobran a este sistema injusto. Sí que se crean centros de acogida o de reeducación, pero solo son «bolsas» para recoger los «residuos» que la sociedad desecha.
Se ha producido la naturalización de la cárcel como parte del paisaje social; ya es considerada un elemento inevitable, absolutamente necesaria, y no nos dejan proponer otras vías, incluso la obsolescencia del sistema carcelario.
Cada poco tiempo, la prensa difunde casos que justifican, con una construcción social en su discurso, un endurecimiento de las condiciones penitenciarias, y los creadores de opinión son expertos en hablar de la inseguridad ciudadana para hacerse eco de la ideología neoliberal, que concibe el ordenamiento socioeconómico en términos de individualismo y mercantilización. Entonces, la realidad es la que nos muestran los medios de comunicación, no la que vivimos.
Se olvidan de que el delito es una expresión compensatoria del desbordamiento íntimo. Se criminaliza la pobreza y, además, se la oculta; la indigencia, el desempleo, la drogadicción, la enfermedad mental…, son problemas que desaparecen de la escena pública cuando los seres humanos afectados son relegados a jaulas.
Evitar el delito y sus motivaciones antes de producirse es prevención social, no policial; pero cada día se construye más Estado policial y hay menos desarrollo de políticas sociales, consolidándose toda una industria con intereses privados y corporativos alrededor de ella que genera rápidos beneficios particulares: ¡el gran negocio de la institución carcelaria!
Wacquant denuncia la progresiva implantación de una gestión policial de la miseria, de una penalización de la pobreza, en la que los excluidos sociales son criminalizados a la vez que resultan desamparados por un Estado de bienestar en regresión, con la transferencia de las políticas asistenciales a las represivas.
Un país que no se reconoce en sus encarcelados, siendo culpable de ellos, originario de ellos, cuerpo del que forman parte, es un país desalmado, como señaló Gala cuando visitó una cárcel.
Ahora tenemos entre manos el segundo libro de Javier Ávila Navas, en el que nos va a enfrentar a sus reflexiones a partir de que le rompan por la mitad condenándolo, no solo a vivir en un edificio penitenciario, sino a seguir siempre preso en una silla de ruedas.
Javier nos interpela desde el principio: Y después de la cárcel, ¿qué…? Después del vacío, de la desconexión de un ser humano con su entorno, del deterioro que produce el sistema carcelario, de los abusos de poder, ¿hay proyecto laboral?, ¿hay apoyo de la Administración?, ¿hay seguimiento de la salud física y mental?, ¿hay una sociedad abierta donde cada persona tiene un lugar y se siente ciudadano de pleno derecho?
En un sistema con requisitos laborales tan exigentes y competitivos, para gozar de una auténtica oportunidad al salir de la cárcel es crucial recibir apoyo, pero la realidad es que salir de la cárcel suele convertirse en otra condena. Ha quedado ampliamente demostrado que el sistema penitenciario produce más delincuencia, que es nula la capacidad resocializadora de las penas privativas de libertad, con altas cuotas de reincidencia. ¿Existe entonces la asistencia social pospenitenciaria?
La coordinación entre los servicios sociales penitenciarios es prácticamente nula; estos están, como nos dice Josito, cada vez más burocratizados y más desplazados hacia funciones de control social y cuasi policial que de promoción. De ahí ese interrogante: tras una estancia en prisión, entidad que, como constata el profesor Ríos,
rezuma violencia, genera violencia, aumenta la violencia de los seres humanos que allí habitan, ¿qué? ¿Y la salud psíquica? Sabemos que ninguna cárcel, ni física ni mental, hará personas mejores porque en el encierro, en el castigo de aislarnos, van implícitos muchos más castigos y muchas otras privaciones de derechos humanos. Lo dice el autor y estoy de acuerdo, los primeros muros que hay que derribar son los de nuestras mentes. ¿Mas cómo mantener la confianza en un futuro sin calabozos? Tenemos aquí un texto que puede abrir candados, los de los pesados cerrojos de las celdas y los de las adormecidas conciencias de esta sociedad con tanta cerrazón.
También contiene un alegato a favor de la chavalada luchadora y consciente que se rebela contra lo injusto.
Recuerdo la frase que Ridley Scott pone en boca de su Robin Hood: Alzaos, alzaos una y otra vez, hasta que los corderos se conviertan en leones.
Ojalá nos alcemos, ojalá no nos demos por vencidos para que ¡ojalá! vayamos hacia una justicia restaurativa, reparadora y compasiva que, como definió J. L. Segovia Bernabé, no es más que poner rostro, corazón e historia al proceso penal.”

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