Quemaron a Servet por comprobar que la sangre no está quieta y circula por el cuerpo / Colón: Estamos en China, quien diga lo contrario se le darán cien azotes, se le cobrará una pena de diez mil maravedíes y se le cortará la lengua.

Rótulo con azulejos «Calle Miguel Servet»

Un repaso a la historia universal

Eduardo Galeano. De su libro “Espejos”

Resurrección de Servet

En 1553, Miguel Servet se hizo carbón, junto con sus libros, en Ginebra. A pedido de la Santa Inquisición, Calvino lo quemó vivo, con leña verde.

Y por si fuera poco fuego, los inquisidores franceses volvieron a quemarlo, quemaron su efigie, unos meses después.

Servet, médico español, había vivido huyendo, cambiando de reino, cambiando de nombre. No creía en la Santísima Trinidad, ni en el bautismo recibido antes de la edad de la razón, y había cometido la imperdonable insolencia de comprobar que la sangre no está quieta y circula por el cuerpo y se purifica en los pulmones.

Por eso lo llaman, ahora, el Copérnico de la Fisiología.

Servet había escrito: En este mundo no hay Verdad alguna, sino sombras que pasan. Y su sombra pasó.

Siglos después, volvió. Era tozuda, como él.

Estatua de colón, (con pintura roja en las manos)

-Colón

Desafiando la furia de los vientos y el hambre de los monstruos devoradores de barcos, el almirante Cristóbal Colón se echó a la mar.

Él no descubrió América. Un siglo antes habían llegado los polinesios, cinco siglos antes habían llegado los vikingos. Y trescientos siglos antes que todos, habían llegado los más antiguos pobladores de estas tierras, a quienes Colón llamó indios creyendo que había entrado al Oriente por la puerta de atrás.

Como no entendía lo que esos nativos decían, Colón creyó que no sabían hablar; y como andaban desnudos, eran mansos y daban todo a cambio de nada, creyó que no eran gentes de razón.

Aunque murió convencido de que sus viajes lo habían llevado al Asia, Colón tuvo sus dudas. Las despejó en el segundo viaje. Cuando sus naves anclaron en una bahía de Cuba, a mediados de junio de 1494, el almirante dictó un acta estableciendo que estaba en China. Dejó constancia de que sus tripulantes lo reconocían así; y a quien dijera lo contrario se le darían cien azotes, se le cobraría una pena de diez mil maravedíes y se le cortaría la lengua.

Al pie, firmaron los pocos marineros que sabían firmar.

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