Santos y Papas que decían que las mujeres son malignas, serpientes y la ruina del hombre. Espejos, de Eduardo Galeano.

Cuadro. Sínodo de la Iglesia. Todo hombres.

Un repaso a la historia universal

Eduardo Galeano. De su libro “Espejos”

-Los santos retratan a las hijas de Eva

San Pablo: La cabeza de la mujer es el varón.

San Agustín: Mi madre obedecía ciegamente al que le designaron por esposo. Y cuando iban mujeres a casa llevando en el rostro señales de la cólera marital, les decía: «Vosotras tenéis la culpa».

San Jerónimo: Todas las mujeres son malignas.

San Bernardo: Las mujeres silban como serpientes.

San Juan Crisóstomo: Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original.

San Ambrosio: Si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre.

-Endiabladas

El teólogo fray Martín de Castañega había confirmado que al Diablo le gustaban más las mujeres que los hombres, porque ellas son pusilánimes e decorazón más flaco e de celebro más húmido.

Satán las seducía acariciándolas con su pata de cabra y su garra de madera o disfrazándose de sapo vestido de rey.

Los exorcismos de las endemoniadas convocaban multitudes que desbordaban las iglesias.

Los escapularios, rellenos de sal consagrada, ruda bendita y pelos y uñas de santos, protegían el pecho del exorcista. Alzando un crucifijo, se lanzaba a pelear contra la brujería. Las poseídas blasfemaban, aullaban, ladraban, mordían, insultaban en las lenguas del infierno y a manotazos se arrancaban la ropa y riendo a carcajadas ofrecían sus partes prohibidas. El momento culminante llegaba cuando el exorcista rodaba por los suelos, abrazado a uno de los cuerpos donde el Diablo había hecho casa, hasta que cesaban las convulsiones y los griteríos.

Después, había quienes buscaban en el piso los clavos y los cristales vomitados por la poseída.

Cuadro. Quema de mujeres por la inquisición española.

-El diablo es mujer

El libro «Malleus Maleficarum», también llamado «El martillo de las brujas», recomendaba el más despiadado exorcismo contra el demonio que lleva tetas y pelo largo.

Dos inquisidores alemanes, Heinrich Kramer y Jakob Sprenger, escribieron, por encargo del papa Inocencio VIII, este fundamento jurídico y teológico de los tribunales de la Santa Inquisición. Los autores demostraban que las brujas, harén de Satán, representaban a las mujeres en estado natural, porque toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable. Y advertían que esos seres de aspecto bello, contacto fétido y mortal compañía encantaban a los hombres y los atraían, silbidos de serpiente, colas de escorpión, para aniquilarlos.

Este tratado de criminología aconsejaba someter a tormento a todas las sospechosas de brujería. Si confesaban, merecían el fuego. Si no confesaban, también, porque sólo una bruja, fortalecida por su amante el Diablo en los aquelarres, podía resistir semejante suplicio sin soltar la lengua.

El papa Honorio III había sentenciado:

-Las mujeres no deben hablar. Sus labios llevan el estigma de Eva, que perdió a los hombres.

Ocho siglos después, la Iglesia Católica les sigue negando el púlpito. El mismo pánico hace que los fundamentalistas musulmanes les mutilen el sexo y les tapen la cara.

Y el alivio por el peligro conjurado mueve a los judíos muy ortodoxos a empezar el día susurrando:

-Gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.

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