Sobre el libro de novela negra de José María Sánchez Casas ‘La Maraña’.

Portada de ‘La Maraña’, de José Mª Sánchez Casas.

Novela de Sánchez Casas

La Maraña

En El Otro País, n.º 88, diciembre 2018.

«Confieso que he vivido”, decía Pablo Neruda cuando ya se veía en las puertas de la muerte. Leídas las palabras con una cierta ironía podría parecer una verdad de Perogrullo: todo el que nace vive, poco o mucho, mejor o peor, rico o pobre, con suerte o con mala estrella. Mis abuelos siempre se referían a este mundo como un valle de lágrimas, lo que podía indicar que les había ido mal, pero era un dicho que igual lo podía decir un feliz o un infeliz, aunque éste con más razón.

Si José María Sánchez Casas todavía estuviera con nosotros se reiría de tantas frases que no son más que decires de la gente. A José María simplemente le gustaba participar de la vida, estar con los amigos, disfrutar de las buenas conversaciones, y el arte, vivirlo desde fuera y desde dentro, por eso el teatro primero y el dibujo después, en la cárcel, fueron testigos de sus ganas de hacer.

José María juntaba tres de las características que adornan a un gaditano de pro: la libertad, el compromiso con la gente y la “guasa” con que solía intervenir en los momentos más dramáticos o solemnes, como en las decenas de juicios a que fue sometido por la injusticia franquista y neofranquista. Siempre tenía una frase tanto para animar a sus compañeros como para sorprender a jueces y policías. Con Sánchez Casas nació un concepto de teatro de guerrillas que tenía como objetivo primordial el despertar la atención de la gente y si se terciaba hacerles participar. Muchos snobs han intentado domesticar el concepto de teatro de guerrillas, convirtiéndole en un simple teatrillo en la calle que nada tiene que ver con la idea de Casas.

Esa noción del arte para y por el pueblo fue el que le hizo entrar en política coincidiendo con las grandes huelgas de los astilleros españoles a finales de la década de los años sesenta del siglo pasado y su convencimiento de que por las buenas y de una manera pacífica no se vence ni al capitalismo ni a las dictaduras. Leninista convencido estaba de acuerdo con el dirigente bolchevique de que el capitalismo puede ser, y es, una casa en ruinas, pero si no se vuelan sus cimientos seguirá en pie aunque de vez cuando algunas de sus paredes se caigan matando a millones de personas. Su compromiso con el PCE(r) fue directo y puro, aceptando las responsabilidades cuando peor estaban las cosas.

En sus casi veinte años de cárcel nunca se le escuchó la más mínima queja al mismo tiempo que culminaba sus dibujos de un quijote moderno que luchaba contra las multinacionales y sus acólitos, políticos, jueces, militares o policías. La ironía era su mejor arma que él sabía manejar como nadie.

Y ahora le faltaba la literatura. ¿Cómo recoger todo un concepto del capitalismo ciego y criminal –y ahora le llaman Sistema, ironiza Sánchez Casas- sin escribir de política ni de filosofías? Y de nuevo busca una fórmula donde se reúna la libertad de creación, la lectura fácil y amena, y esa ironía sánchezcasariana que hará que un historiador comunista, un librero anarquista y una joven ingenua pero luchadora, consigan librarse de un ajuste de cuentas entre capitalistas, jueces, policías, que logren simplemente salvar sus vidas? La respuesta esta en esta novela negra titulada como no podía ser de otra manera con cierta guasa “La maraña”. No un complot, una conspiración, una confabulación o una conjura de los que mandan, porque para José María Sánchez Casas una de las cosas que más claro tenía y cita en su novela es que el capitalismo cada vez hay más anarquía y cada vez hay más líos entre los que mandan. En una conspiración se puede finalmente indagar quien la ha puesto en marcha. En una maraña todo se complica. Y el protagonista –ya lo leerán ustedes- un transexual que mata por amor a su amante y que se siente perseguido por la Secta del Becerro de Oro. En la novela se juntan además todas las conspiraciones que es posible encontrar hoy en un mundo en decadencia moral, en manos de seres mortecinos, y donde cada uno trata de salvarse como puede.

Una de las alegrías que se pueden encontrar en “La maraña” es el lenguaje que conjura la amenidad con un vocabulario más rico que el que estamos acostumbrado a leer en la actualidad. Pongo algunos ejemplos: un periodista castigado por sus jefes llama a su redacción ergástula, que era la prisión donde los romanos encerraban a sus esclavos que desagradaban a sus dueños. O el murmurio, ruido seguido y confuso de voces, que salían de una sala. Escribir asenderados por agobiados o decir que un coñac de garrafa es un “polizón en la botella de Magno”. Entren a la novela y lean.

«La Maraña”, José María Sánchez Casas.

Ediciones El Boletín (contacto@el-boletín.com)

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