La depuración de catorce personas en Losacio, Zamora, en 1936, doce arrojados a un pozo minero, fue versificada por una viuda para dejar constancia de los crímenes.

Foto. Viudas de los asesinados en Zamora.

Memoria Histórica imprescindible:

El lamento de Teresa Alfonso

Ni estaban en el frente de guerra ni formaban parte de ningún batallón ni iban armados. Fueron sacados de casa y eliminados en lo que se denomina «crimen de lesa humanidad». Una acción de limpieza aplicada a través del frío asesinato. «Por actuales acontecimientos». Así consta en el acta de defunción de algunos de los sacados a la fuerza de casa en el pueblo de Losacio. Algunos fueron depurados de forma deleznable el 16 de octubre del año 1936, casi tres meses después del levantamiento militar.

Teresa Alfonso, mujer de Matías Crespo Fernández, uno de los asesinados esa noche, no pudo menos que dejar memoria del suceso versificándolo en unas estrofas que, sin nombres propios, definen los motivos, los acontecimientos y los infames comportamientos de quienes actuaron con aires de sicarios.

En Losacio, por decirlo con los versos de Teresa, «hombres que no tienen alma causaron catorce muertos, a cada cual más amarga». Fueron asesinados los hermanos Manuel y Matías Crespo Fernández, Manuel Gendive Gaitero y su hijo Antonio Gendive Peláez, Francisco Campos Río y su hijo Francisco Campos Aguado, Antonio Alfonso Crespo, Juan Antonio Vara Alfonso, Antonio Pérez Serrano (Meliso), Gabriel Turiel, padre de cuatro hijos, Melchor Teruelo Río, Ángel González y Bernardo Rodríguez, natural de Fontanillas pero casado en Losacio. Éste fue enterrado en el cementerio de Zamora.

Era un pueblo pequeño, pero se segaron vidas «por cuatro malos quereres y solamente por envidia, mataron los hombres buenos por desgraciar sus familias». De hecho, alguno ganó el puesto laboral al dejar vacante el asiento con el asesinato del que lo ocupaba.

La persecución y a los fusilamientos, al parecer, vino precedida por el robo de la imagen de la Virgen del Puerto, que desapareció de la iglesia y nunca más se ha vuelto a saber de ella. De las sospechas no se libra ni el propio sacerdote, a quien las familias de los asesinados, afirman algunas víctimas, nada tienen que agradecer en cuanto a atajar el compendio de asesinatos que ha marcado de por vida más que una generación de Losacio.

Algunos fueron sacados de casa en plena noche y trasladados hasta un pozo, próximo al camino de Muga, donde fueron tirados tras ser disparados a bocajarro. «A las 23.00 horas» del 16 de octubre, certifica el acta de defunción. Sus cadáveres fueron sacados de allí cuando los autores se percataron de que el lugar no era el adecuado porque los olores de la descomposición de los cadáveres podía descubrir el infame paradero de los muertos. Entonces fueron trasladados al pozo conocido como «del tío Romanones», construido con motivo de las explotaciones mineras de estaño habidas en la zona, que tampoco sirvió para encubrir el crimen. Duelo a los hijos de los asesinados, además, que «uno de los verdugos se vistió de cura y los confesaba en los momentos previos a la muerte». Desde entonces le conocemos como «el cura».

De Santiago «el Baba» se afirma que «tenía hecho un escondrijo en el portal, bajo las baldosas, llegaron los escopetones, notaron el hueco y pum, pum, allí le dejaron».

Las víctimas consideran más deleznable si cabe el hecho de tirar vivo al pozo a Francisco Campos, a cuyo padre ya habían matado anteriormente. «Allí lo tienen tres días dando gritos de fatiga, lo sacan con una soga y le descuartizan en vida» expresa quien relató los acontecimientos en verso, y es que cuando uno de los matarifes pasó por la zona, y oyó los gritos, lanzó una soga y le sacó del pozo, para matarle de seguido de una forma bárbara. Dicen que con una hoz.

No finalizaron ahí los crímenes porque decidieron acabar con la vida de un hombre de 69 años que, al parecer, conoció los hechos y no era cuestión de tener fuentes o testigos. A este hombre, Manuel Gendive y padre del eliminado Antonio, le condujeron «descalzo» hasta el cementerio «atado a la cola de una yegua y a rastras», y sobre cuyo cuerpo rompieron la culata de una escopeta de tanto golpe como le asestaron. Murió a las 22.00 horas del 28 de noviembre de 1937.

«Lo que ocurrió en Losacio es de verlo y no creerlo. Era un pueblo pequeño y fueron a cargarse a los que vivían de su trabajo». Salvaron la vida algunos que cruzaron la frontera hacia Portugal, como Santiago y el maestro Matías. «Otros desaparecidos tuvieron que abandonar padres mujeres e hijos para poderse librar» en expresión de la versificadora.

Fue un pueblo al que los asesinatos dejaron de la noche a la mañana con un colectivo de viudas. «¡Cómo tuvieron que luchar estas mujeres para criar a sus hijos!» manifiesta Gendive, casi con lágrimas en los ojos.

«Todo en un pueblo pequeño. Iban a cargarse a los que vivían bien con su trabajo» expresa Ángel Gendive, que se define, y dice «no tener duda», como «huérfano de la Guerra».

«De aquellos años tan tristes y amargamente sufridos, quedaron muchas mujeres enfermas y sin maridos». No quedó ahí la mortificación puesto que «después de dejarlas viudas, les quitaron el capital para que sus propios hijos no los puedan criar».

«Era coja y qué valiente. ¡Como para no ser valiente! Me decía que «lo que querían era que os echáramos al hospicio y no os pudiéramos criar». Mi madre se dedicó, como muchas, al contrabando. Cuando pasaban los somatenes, y gritaban: ¡Arriba España!, mi madre decía «con la burra y la castaña». Yo entré a trabajar en el salto de Castro con menos edad de la requerida porque mi madre exigió al secretario que falsificara la edad. Y lo hizo porque había razones para hacerlo».

«Hagamos de la memoria antifascista un presente de lucha y resistencia».

Los excesos de los perversos no terminaron con la vileza de las muertes, también ejercieron su maldad haciendo «perrerías» a los familiares a quienes llevaban a «la casa del Ayuntamiento». «Una mujer quedó alelada de los disgustos y de las palizas», entre otras consecuencias.

O por decirlo con los versos de Teresa Alfonso: «Se quitaron de matar, empiezan a dar palizas, pobrecitas las mujeres que descansar no podían. Las llamaba el alguacil a prestar declaración, luego las encerraban dentro de una habitación. Luego que las desnudaban y las ponían en cueros, les daban vergajos como a Jesús Nazareno».

Como es propio de estas actuaciones, primaba la nocturnidad y se impuso un reino de temor.

Hubo intentos de que algunas personas perdonaran a los criminales, pero sin resultado porque los hechos fueron demasiado infames.

-Dorotea fue a confesarse y el sacerdote le dijo: tiene usted que perdonar a los que mataron a su marido.

-¿Yo perdonar a quienes mataron a mi marido? ¡Nunca en la vida!

-Pues no la puedo absolver

-Es igual. Y se levantó del reclinatorio del confesionario para irse.

-Chsss, Chsss -emitió el cura para que la mujer volviera al lugar.

-No, quédese usted con la absolución, que a mí no me hace falta.

Otra repercusión de aquella limpieza humana fue la imposibilidad de reanudar una vida de conciliación de algunas víctimas que optaron, cuando les fue posible, por vender todas la propiedades y abandonar para siempre el pueblo de sus orígenes.

Es un suceso que Teresa Alfonso inmortalizó en verso, y que otras víctimas quieren que forme parte de la historia de España.

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