La “Red Álava” fue una organización clandestina de espionaje compuesta por mujeres vascas que en la posguerra realizó una importante labor antirrepresiva.

Foto. Cuatro mujeres de la «Red Álava».

Memoria Histórica imprescindible:

La ‘Red Álava’, el desconocido grupo de espionaje de mujeres vascas

–La “Red Álava” fue una organización clandestina de espionaje compuesta por mujeres vascas que en la posguerra realizó una importante labor para el gobierno autónomo de información sobre el franquismo, impidió detenciones, facilitó huidas y evitó ejecuciones–

Cuatro mujeres vertebraron una gran red de espionaje en la resistencia al franquismo.

Entre 1937 y 1940, Bittori Etxeberria, Itziar Mujika, Delia Lauroba y Tere Verdes encabezaron la ‘Red Álava’, una organización clandestina que realizó una importante labor de comunicación entre las cárceles y el Gobierno vasco en el exilio, al que también surtió semanalmente con información sobre el propio régimen de Franco e impidió detenciones, facilitó huidas y hasta evitó ejecuciones.

Ahora la exposición Red Álava: mujeres invisibles, solidaridad y espionaje. 1936-1947 recuerda en Vitoria su labor.

«En un primer momento estas mujeres quedaron fuera de la represión y, por sus lazos ideológicos y familiares, tuvieron una posición ideal para este trabajo”, explica Josu Chueca, historiador y comisario de la muestra.

La red se puso en marcha en septiembre de 1937 tras la toma de Bizkaia por parte del bando sublevado y la rendición del ejército vasco en Santoña (Cantabria). Tres de las cuatro formaban parte del PNV o Emakume Abertzale Batza y contaban a su vez con familiares encarcelados. Mujika, dos hermanos, Verdes, otro, y Lauroba, a su marido, un capitán de gudaris del ejército vasco que acabaría fusilado.

La red, que comprendió a entre treinta y cincuenta personas, arrancó precisamente de la solidaridad hacia los presos, a los que llevaban comida, ropas y medicinas. Esa primera labor trascendió rápidamente a la información, que se pasaba en cestas de comida de doble fondo, en papeles dentro de las galletas o a través de personas que trabajaban en vigilancia de los centros o en los juzgados.

Los textos con la situación de los presos en las cárceles y los tipos de penas y procesos a los que se enfrentaban se enviaban al Gobierno vasco en el exilio, con sede en Bayona y París. El Ejecutivo de Aguirre, a su vez, pasaba mensajes a los reclusos a través de la red y trabajaba en gestiones para tratar de salvar a los condenados a muerte. “Transmitía su apoyo constante a los encarcelados y también les explicaba la situación europea con el trasfondo de la Guerra Mundial”, indica Chueca.

El trabajo de la red fue más allá y paralizó ejecuciones falsificando documentación y cambiando expedientes de penas de muerte a través de gente que tenía dentro de las cárceles o de los juzgados, como el de Pamplona. También ayudó en las huidas a Francia, labor en la que los mugalaris, grandes conocedores de los pasos fronterizos entre Euskadi y Navarra y el país galo, desempeñaron un papel vital. “No era fácil –explica Chueca-, tampoco pasar la información semanalmente: en la frontera había destacamentos, requetés, franquistas y cuarteles en todos los lados”.

La suerte de la Red Álava cambió con la fulgurante irrupción del ejército nazi en París, donde la Gestapo entró en la sede del Gobierno vasco y se hizo con documentación sobre la organización, que trasladó a España. Aunque los nombres eran supuestos, Franco contaba información suficiente y en diciembre de 1940 comenzaron las detenciones. Los arrestos siguieron el orden de nacimiento de la red: Bittori Etxeberria es la primera.

De los treinta detenidos, se acabó procesando a 21 personas en julio de ese año en Madrid. 19 de ellas fueron condenadas a muerte. Un recurso, sin embargo, prolongó el juicio hasta 1943, cuando sólo se mantuvo la pena a una persona, Luis Álava, al que se consideró cabeza de todos los delegados territoriales de la red, que ha acabado pasando a la historia con su apellido. A pesar de las gestiones para evitar su muerte, fue fusilado el 6 de mayo.

«Para entonces, la situación en la II Guerra Mundial había cambiado y España tuvo que echar el freno al brazo asesino, por eso redujeron la condena a una sola persona”, destaca Chueca. “Querían que alguien pagara por ello –continúa-, los militares no podían perdonar que una red así hubiese funcionado en sus narices”.

Las cuatro mujeres permanecieron hasta 1943 en la cárcel de las Ventas, y a Bittori, como parte de la pena, se le impidió además regresar a su tierra –Baztán, Navarra- en cuatro años. Hasta 1947 tuvo que vivir en Madrid. “Tardamos años en volver –explicaba-, pero tenemos la satisfacción de haber servido a Euskadi y haber cumplido plenamente con nuestra conciencia”.

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