Relato: Pedro Pacheco (o la realidad y sus misterios). «Me llamo Pedro, he cumplido 37 años, no tengo casa, no tengo mujer, no tengo trabajo… De estas cosas no se debe escribir, pues no le interesan a nadie».

Dibujo. En tablero de ajedrez, burguesía y sus policías, contra cientos de peones.

Relatos populares:

Pedro Pacheco (o la realidad y sus misterios)

*Manuel Pérez Martínez. Camarada Arenas.

Octubre 1997 (recogido en su libro ‘Gladiador y Poeta’).

El aire parecía que había descendido al valle mientras ascendían por el estrecho sendero. Mil, mil doscientos, mil quinientos, dos mil metros señalaba el altímetro de Martín… ya quedaba poco para llegar al refugio. Al fin lo divisaron al traspasar una loma. Iban con la boca abierta y la ropa pegada al cuerpo, empapada de sudor. Se habían levantado con las primeras luces del alba, y antes de emprender la marcha consultaron el mapa para asegurarse de la existencia de algún punto de agua o de un torrente a lo largo del recorrido. Allí pararían para echar un bocado y dejar pasar la solanera. Pero a esas alturas y en plena canícula del mes de agosto, todos se habían secado, de manera que tuvieron que continuar la ascensión a pleno sol y sin agua en las cantimploras. Al fin llegaron al refugio de alta montaña ante el que vieron refulgir la pileta de una fuente. No era «cantarina» porque se atascaba a ratos, haciendo glu, glu, glu, pero era abundante cuando le daba por salir impetuosa, a chorro tendido. Después de saciar la sed, despojarse de las botas y refrescarse la cabeza, el torso y los pies, por este orden (aquí los detalles son muy importantes) uno a uno fueron sentándose en una enorme piedra que estaba situada delante del refugio con un ¡uff! que quería decir todo, aunque no dijera nada, y que les redimía de la penosa tarea de articular algunas palabras. Sólo entonces pudieron reparar en el esplendoroso espectáculo que les ofrecía, gratuitamente, la naturaleza: un valle entre brumas, unas laderas calcinadas por el sol, unos picos altísimos que ni en sueños se les habría ocurrido escalar. El lugar invitaba a la meditación y decidieron recalar allí durante un par de días para reponer fuerzas.

En un rincón del refugio, encima de un arca, hallaron una de esas libretas o «libro de oro» en la que los visitantes suelen dejar estampadas sus firmas, sus impresiones del lugar o bien alguna anécdota. Se entretuvieron en leerlas y al final todos convinieron en que, por lo general, aquella literatura resultaba insípida, así que se dispusieron a echarle al cuaderno un poco de sal gorda para dejar constancia de su paso por la tierra. Antes de comenzar la redacción, discutieron varias proposiciones, casi todas ellas alusivas a la abundancia del agua fresca y pura de la fuente tartamuda y a la absoluta carencia de otros líquidos más o menos benéficos o refrescantes que venían padeciendo. Otro propuso un canto a la naturaleza plagado de notas melancólicas, pero tras la discusión se convino dejar escrito en la libreta lo que sigue:

«Pedro Pacheco, natural de Córdoba, de 38 años, sin domicilio fijo, sin mujer y sin trabajo, llegó a este maravilloso lugar, bajo un sol de justicia, el día 9 de Agosto de 1997. Entró en el refugio, se sentó en el banco corrido que bordea a la mesa, encendió un cigarro y se echó a llorar». Firma y rúbrica.

Ni que decir tiene que todos quedaron muy satisfechos de su obra, la examinaron por si contenía alguna falta ortográfica y devolvieron el cuaderno al lugar donde lo encontraron. Pasaron algunas horas y estaban jugando a los chinos para ver a quien le tocaba ir a por leña hasta el bosque que quedaba más abajo, cuando se presentó ante la puerta del refugio un tipo que, por las trazas que traía, debía andar errante por aquellas montañas. Preguntó si quedaba plaza y le respondieron que la eligiera él, lo que fue acogido por su parte con una expresión de satisfacción: «esto es como un hotel, ojalá tuviera yo un lugar corno éste para pasar las vacaciones». Mientras el recién llegado deshacía su mochila y colocaba el infiernillo de gas y demás enseres sobre la mesa, los otros huéspedes comenzaron a preparar la cena. Ya estaban comiendo cuando el tipo se sentó frente a ellos con el «libro de oro» entre sus manos. Pero lo que más les llamó la atención fue que pasara de una en una sus páginas mugrientas y sólo se detuviera en la última, en la página que horas antes habían escrito ellos. Mayor fue su sorpresa cuando vieron al hombre lagrimear. Se miraron unos a otros de reojo y le miraron a él. Se podía oír el zumbido de una mosca. Súbitamente, el tipo aquél alzó la cabeza del cuaderno e hizo la siguiente pregunta: «¿Qué quiere decir esto del ‘sol de justicia’?». Y él mismo respondió, a la vez que hacía un ilustrativo gesto con el puño y las dos manos: «¿…que te golpea, que te aplasta?». Sí, eso mismo quiere decir, respondieron los demás, todos a una. «Bien -repuso el desconocido- yo soy Pedro Pacheco». Los otros se miraron, ya sin ningún disimulo, sin poder contener la risa. El tipo prosiguió sin inmutarse: «Me llamo Pedro, he cumplido 37 años, no tengo casa, no tengo mujer, no tengo trabajo… De estas cosas no se debe escribir -concluyó- pues no le interesan a nadie».

A Martín se le escapó el bocado, a medio masticar, que tenía en la boca y salió corriendo del refugio en busca de la fuente. Los demás se quedaron pasmados, sin saber qué responder al extraño visitante.

Dibujo. España, con rejas.

NOTA DEL AUTOR

Esta narración está basada en un hecho real. El autor sólo ha modificado la sucesión de algunos «planos» y ha desenfocado otros, a fin de revestir al relato de esa «sombra de misterio» que al final se destaca, sobreponiéndose a la realidad. La secuencia transcurrió de otra manera.

Pedro Pacheco llegó al refugio sólo unos minutos después que nosotros. No pronunció más palabras que las que ya he citado y, después de ordenar sus cosas, se tendió sobre la tarima. Allí permaneció toda la tarde. A nosotros nos pareció que dormía, pero no era así. Estaba despierto y fue testigo mudo de la discusión que mantuvimos. Por tanto, conocía lo que habíamos dejado escrito en el cuaderno. Esto explica que lo tomara en sus manos nada más levantarse y que comenzara a leerlo por donde ya sabemos. Todo lo demás ocurrió como lo he relatado. De ahí nuestra sorpresa, primero, y luego nuestro asombro por sus palabras y gestos. ¿Quiso participar de ese modo en nuestro divertimento? ¿Nos hizo, acaso, un reproche por nuestra burla involuntaria de su desgracia? Eso nunca lo sabremos.

Al día siguiente, muy temprano, cuando Pedro Pacheco se disponía a partir, nos tendió a todos la mano. En el último instante hizo un amago de darnos un abrazo, pero el hombre se contuvo. Yo sentí la misma inclinación y me faltó valor para consumarla. No podré perdonármelo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.