
Muro de solidaridad y denuncias:
“50 años de libertad”:
-50 años con los herederos de Franco en la Jefatura del Estado
El 20 de noviembre se 1975 murió el golpista y dictador Francisco Franco -el 22 Juan Carlos fue proclamado rey-. Algún tiempo antes dijo aquello de «atado y bien atado», y para que no quedaran dudas, el director general de Radio y Televisión, Adolfo Suárez, supervisó personalmente una transmisión donde el dictador dijo en TVE en diciembre de 1969:

“Respecto a la sucesión a la Jefatura del Estado, sobre la que tantas maliciosas especulaciones hicieron quienes dudaron de la continuidad de nuestro Movimiento, todo ha quedado atado, y bien atado, con mi propuesta y la aprobación por las Cortes de la designación como sucesor a título de Rey del Príncipe Don Juan Carlos de Borbón. Dentro y fuera de España se ha reconocido, tanto con los aplausos como con los silencios, la prudencia de esta decisión trascendental.
Nuestros descendientes comprobarán que la nueva Monarquía española ha sido instaurada en virtud de dos votaciones populares reiteradas en el plazo de veinte años, en el referéndum nacional de 1947, que aprobó la Ley de Sucesión y en el de 1966, que refrendó la Ley Orgánica del Estado. Han sido, pues, dos generaciones de españoles las que han dado su voto multitudinario a nuestro sistema político. La designación concreta del futuro Rey obtuvo la aprobación de las Cortes Españolas, representación genuina de la nación. Bien podemos decir que la instauración de nuestra Monarquía cuenta con un respaldo popular prácticamente absoluto y desde luego muy superior al que tuvo en 1700 el Rey Felipe V, en cuya entronización jugaron mucho más las maniobras políticas de potencias extranjeras que la propia voluntad del pueblo español.
Como dije en la memorable sesión del 22 de julio último, la sucesión a la Jefatura del Estado constituirá en el futuro un hecho normal que viene impuesto por la condición perecedera de los hombres. Si Dios nos sigue otorgando su protección, de la que tan señaladas muestras tenemos, la decisión adoptada en ese día como una prudente previsión del futuro aceptada por la nación, librará a España de las dudas y vacilaciones que pudieran suceder cuando mi Capitanía llegase a faltaros. La permanencia inalterable de los Principios del Movimiento, la solidez del sistema institucional del Estado y la designación y juramento prestado por el Príncipe de España, de cuya lealtad y amor a la Patria ha dado sobradas pruebas, son firme garantía de la continuidad de nuestra obra.
Con la ayuda de Dios y la buena voluntad de los españoles, nuestros hijos y nietos tienen asegurada la estabilidad política de la nación”.
–https://insurgente.org/20n-50-anos-con-los-herederos-del-dictador-en-la-jefatura-del-estado/

Ley Mordaza:
-Promesas y olvidos.
Prometieron que acabarían con la «Ley Mordaza» que nos asfixiaba. Prometieron que la calle sería escuchada. Nos dijeron que la derogación era cuestión de tiempo. Que la Ley Mordaza caería en cuanto ellos gobernaran. Pero cuando llegaron al gobierno, se olvidaron de nosotros. Y de sus palabras. Este es el relato personal de una traición amarga: la que viene de quienes un día marcharon a tu lado.
Por Andrés Villanueva para Canarias Semanal.org
¿Dónde queda la dignidad cuando cada protesta te puede costar meses de salario? ¿Cómo se sostiene la voz cuando el miedo te aprieta la garganta cada vez que sales a la calle? ¿Qué se rompe por dentro cuando quienes prometieron liberarte terminan gobernando y dejándote solo?
Han pasado diez años desde que la Ley mordaza entró en vigor, y cada uno de ellos ha dejado una marca en mí. No hablo desde la teoría ni desde los informes; hablo desde las calles donde aprendí a mirar por encima del hombro antes de alzar una pancarta.
En 2015, cuando la reforma de la Ley se aprobó, ya sabíamos que algo importante iba a cambiar, pero no imaginábamos lo profundo que sería el daño. La protesta dejó de ser un derecho; pasó a ser una apuesta peligrosa. Antes de cada manifestación ya no pensaba en lo que íbamos a reivindicar, sino en cómo evitar que una simple interacción con la policía terminara en una multa. Empezamos a vivir con estrategias, no con consignas. La primera vez que me sancionaron me temblaron las manos. Grabé una actuación policial abusiva, porque creía —y sigo creyendo— que es indispensable registrar lo que ocurre en la calle. A pesar de que es legal grabar, me acusaron de desobediencia. Aquella palabra resonó dentro de mí como una condena que no merecía. Desde ese día, cada vez que sacaba el móvil para grabar, notaba el nudo en la garganta. Sentía el miedo como un peso físico. No era un miedo espectacular ni dramático; era un miedo silencioso, cotidiano, que se te pega a la piel y no se va.
No era solo yo. Vi cómo colectivos enteros acumulaban sanciones imposibles de asumir: estudiantes que defendían su universidad, jóvenes que simplemente estaban presentes, vecinos que protestaban por la tala de árboles, familias que intentaban frenar un desahucio mientras su vida se derrumbaba.
La policía imponía multas que luego otro funcionario ratificaba sin pestañear. Una maquinaria perfecta para desgastar. Lo que más dolía no era la sanción en sí, sino la sensación constante de arbitrariedad: hoy te puede tocar a ti, mañana a cualquiera de los que están a tu lado.
Las organizaciones de derechos humanos hablaban de retrocesos, de abuso de poder, de limitaciones a la libertad de expresión, de una sociedad desmovilizada por miedo. Y yo asentía, porque lo había visto con mis propios ojos. Vi cómo la gente dejaba de ir a las manifestaciones porque “no me puedo permitir otra multa”. La ley mordaza no necesitaba cárceles: funcionaba a la perfección con el bolsillo y con el miedo. Funcionaba porque te hacía pensar dos veces antes de protestar.
Pero lo que nunca imaginé —y todavía me duele admitirlo— vino después. La herida más profunda no la causó la derecha. La herida más profunda vino de la izquierda. De aquellos que marcharon a mi lado. De aquellos que hablaron de democracia, de derechos, de dignidad. De aquellos que nos pidieron el voto asegurando que derogarían esta ley. Pedro Sánchez lo prometió. Pablo Iglesias lo prometió. Alberto Garzón lo prometió también. «Unidas Podemos» lo gritó con nosotros en la calle. Dijeron que acabarían con la ley mordaza. Dijeron que la justicia estaba de nuestra parte. Dijeron que no dejarían a nadie atrás.
Y nosotros les creímos. Les dimos nuestros votos, nuestra confianza, nuestra esperanza. Creíamos que, por una vez, la calle y el gobierno caminarían juntos. Pero cuando tuvieron la oportunidad —incluso la mayoría necesaria— no hicieron nada.
La derogación quedó enterrada en negociaciones, en excusas técnicas, en silencios cada vez más incómodos. Lo peor no fue que no la eliminaran: lo peor fue que jamás dieron una explicación. Nada. Ni un gesto. Ni una palabra para quienes llevábamos años pagando el precio en multas, en miedo, en desgaste emocional. Ese silencio fue una traición. Una traición política, sí, pero también personal. Una traición moral. Porque no vino de quienes siempre estuvieron enfrente, sino de quienes se llamaban compañeros de lucha.
Verlos llegar al poder, verlos instalarse en sus despachos, verlos hablar de derechos mientras mantenían intacta la ley que a tantos había machacado… eso fue lo que más me dolió. No nos fallaron como políticos: nos fallaron como seres humanos. Nos fallaron porque sabían lo que significaba esta ley. Porque habían sentido en sus cuerpos la represión. Y aun así la dejaron viva.
Diez años después, sigo saliendo a la calle, pero ya no soy el mismo. Camino con rabia, con memoria y con una convicción que no lograron quitarme: no pienso callarme. La mordaza podrá seguir ahí, pero también sigue ahí mi voz. Mi voz y la de tantos que no olvidamos. Ni olvidaremos.

-20 Desembre. Barcelona. Amnistia Total.

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-Informativo anti-represivo diario.
Amnistía total.