El Mazucu, Llanes, 16 septiembre / Esclavos por la patria. La explotación de los presos durante el franquismo / El cura criminal de Montijo y la represión franquista.

Cartel. Homenaje El Mazucu.

Memoria histórica imprescindible:

Convocatorias:

-16 septiembre. Alto de la Tornería. Llanes. 13 h.

El Mazucu 1937 – 2023

Homenaje popular.

Ahaztuak 1936-1977.

Portada del libro.

-Esclavos por la patria. La explotación de los presos durante el franquismo. Libro Isaías Lafuente, 2002.

Eran más malos que la tiña, tan crueles como su jefe Franco.

“Trabajaban durante horas y a veces al regresar a los campamentos eran obsequiados con un castigo añadido. Tario Rubio recuerda las actitudes del cabo Evaristo que en los meses de verano, frecuentemente, decidía prolongar la dura jornada de trabajó de los presos: «En verano, como el día alargaba, Evaristo disponía una hora de instrucción complementaria hasta el agotamiento. Y a cualquier hora del día, en el mismo tajo, nos mandaba hacer ruedas a paso ligero.»

Foto del cura criminal.

-El cura de Montijo y la represión franquista.

Juan Pérez Amaya, otro cura criminal, en Badajoz.

(…)

Al día siguiente de conocerse la sublevación militar y el levantamiento de los grupos facciosos del 18 de julio de 1936, se creó un Comité de Defensa de la República en Montijo, a instancias del Gobernador Civil, presidido por el farmacéutico Santiago Cea Flores. Lo integraban aproximadamente unos cien hombres y mujeres, la mayoría miembros de sociedades obreras y juventudes de izquierdas. Entre sus primeras acciones estuvo la de detener a los miembros más destacados de los grupos de derechas y progolpistas, que pudieran secundar la sublevación, con intención de mantener el orden leal a la República. Al cura párroco Juan Pérez Amaya, destacado filofascista, le detuvieron en la misma iglesia de San Pedro, su parroquia. Varios milicianos armados entraron en el templo y le pidieron que les acompañara. En un primer momento el cura se negó, por lo que los milicianos le encañonaron con sus pistolas, tras lo cual el cura tuvo que acceder, detenido en compañía de otro presbítero también muy de derechas, Nicolás Rubio Hervás. En el recorrido que hicieron por las calles, a la vista de los vecinos y vecinas, hasta el lugar donde quedaría preso, los milicianos iban cantando, mientras le encañonaban, “¡U.H.P.! ¡U.H,P!”, las siglas de Unión de Hermanos Proletarios, la consigna de la revolución de Asturias de apenas dos años antes.

El párroco fue recluido, junto a otros 53 derechistas, en el convento de Santa Clara, en la calle Santa Ana. Como el convento era de clausura, expulsaron a las monjas, de las que se burlaron cacheándolas. Estas fueron acogidas por algunos vecinos de la misma calle y otras aledañas. Se utilizaron sus celdas como cárcel, apostando a las puertas del convento y en su interior a varios miembros del Comité de Defensa.

Durante los días posteriores se sucedieron diversas humillaciones hechas a los apresados. Por las mañanas se les sacaba en fila, se les daba un pico y una pala y se les llevaba a trabajar la tierra. A algunos de ellos se les dio maltrato y, gracias a la intervención de miembros del Comité de Defensa, se impidió que al convento se le prendiera fuego con los derechistas dentro, tal y como pretendieron hacer algunos forasteros que llegaron al pueblo huyendo del avance de las tropas de África y advirtiendo de las represalias que se estaban llevando en los pueblos contra las personas de izquierdas tras su ocupación.

Por todo ello, y a pesar de los malos tratos recibidos, en Montijo no sucedió ninguna muerte de presos o de gente de derechas a mano de autoridades republicanas o afines. Ello, sin embargo, no aplacó la rabia de quienes, poco después, habrían de erigirse en verdugos de todo un pueblo.

El 13 de agosto las tropas franquistas (las reconocidas como la Columna de la Muerte), con la amenaza de bombardear el pueblo desde el cerro de Lobón, toman Montijo. Tras liberar a los presos del convento, nombran una Gestora Municipal en la que ponen como presidente a Francisco Rodríguez Cavero, el antiguo alcalde durante la dictadura de Primo de Rivera, muy ligado a la Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño, de la que había sido mayordomo, presidente de Unión Patriótica a finales de los años 20. Entre sus primeros acuerdos, como presidente de dicha gestora, están los de hacer una limpieza extraordinaria completa del Convento de Santa Clara, con blanqueo de las celdas, donde había estado preso, ordenar a los vecinos del pueblo a quitar “el grande número de letreros de carácter anarqista (sic), bien fijados por pintura o por carteles impresos que se leen en las fachadas”, reponer el nombre de las calles que hayan cambiado tras el 14 de abril y, por último, celebrar “el siguiente viernes el traslado procesional de la imagen de la Virgen de Barbaño desde su ermita a la Iglesia parroquial y el domingo treinta la llamada Fiesta de la Banderita, con una misa de campaña en el Paseo y una cuestación pública popular”.

Todo ello apunta a la clara intención de comenzar los actos de represión y crímenes aprovechando la celebración del traslado de la Virgen de Barbaño desde su ermita al pueblo, tarea de la que estaba encargada la Hermandad de esta Virgen. Fue un acto premeditado y organizado, a pesar de que diversas voces, en su mayor parte relacionadas con la Iglesia y derechas de Montijo, hayan pretendido con el paso del tiempo exculpar la implicación de la Iglesia montijana, y sobre todo de la Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño, en los hechos que a partir del día 29 de agosto de 1936 habían de acontecer.

A esta certeza contribuye el decidido, apasionado y entusiasta apoyo a la represión ejercida por el párroco Juan Pérez Amaya, en su día mayordomo de la Hermandad.

Según el escrito anónimo que dio pie al artículo “Verdugos conocidos: la represión fascista en Montijo en 1936”, y el testimonio de vecinos y vecinas que aún no quieren que se den públicamente sus nombres, pero que recibieron el testimonio de quienes fueron contemporáneos de este cura, Juan Pérez Amaya colaboró en la delación de izquierdistas de Montijo, sobre todo de quienes le habían ido a detener.

Foto. Falangistas de Montijo.

Antes de partir hacia Badajoz, las tropas de Yagüe se llevaron preso a Pedro María Quintana Gragera, un significado republicano de Montijo, de buena posición, que solía colaborar en las revistas del pueblo y en el periódico de Badajoz La Libertad, donde había publicado un artículo titulado “Los sin Diós”, en el que expresaba su convencido agnosticismo. Según diversas fuentes escritas, en Montijo se comentó que a Pedro María Quintana se lo llevaron porque una alta personalidad religiosa del pueblo, jerarca de la Iglesia, se lo pidió a las tropas de Yagüe. Por Espinosa Maestre en La columna de la muerte (Crítica, 2003), sabemos que Pedro María Quintana Gragera, vecino de Montijo, fue asesinado en la Plaza de Toros de Badajoz el 30 de noviembre de 1936. Su hija, Elvira Quintana, obligada a exiliarse a México junto a su madre y hermanos, se convertiría en una reconocida estrella del cine mexicano.

Las venganzas del cura no acabarían aquí. Tal y como se había vaticinado por el alcalde Rodríguez Cavero, el 29 de agosto por la mañana se realizó el traslado de la Virgen de Barbaño desde su ermita en esta última localidad hasta Montijo.

Las cárceles franquistas estaban a rebosar en el pueblo, tanto la del depósito municipal como la improvisada en la Casa del Navegante, en la misma Plaza de la República que ahora recuperaba su anterior nombre anticonstitucional. La procesión, organizada, como no pudo ser de otro modo, por la Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño, encargada por su Reglamento de procesionar la imagen, recorrió las calles del pueblo escoltada por la Falange y el destacamento de la Guardia Civil.

Al llegar a la plaza se celebró la misa de campaña, con un altar situado en la fachada del ayuntamiento. Para ello sacaron a los presos republicanos, personas honradas que se habían mantenido fieles al gobierno democrático de la República. Allí, ante el icono de la Virgen, les hicieron arrodillarse y pedir perdón por sus pecados, a punta de pistola. Son de imaginar los métodos utilizados con quienes se negaran a semejante profesión de fe y arrepentimiento. Es de suponer, porque no había otro ni nadie más interesado, que todos los oficios fueron presididos por el párroco del pueblo, don Juan Pérez Amaya, con la asistencia de la Hermandad.

Esa misma noche comenzaron los asesinatos en Montijo, a nombre de los verdugos cuyos nombres, poco a poco, siempre hemos conocido, pero se han silenciado. La misma noche del acto religioso ofrendado a la Virgen de Barbaño se llevó a cabo la saca de 14 vecinos, a quienes se fusiló a las tapias del cementerio. Entre ellos iba el último alcalde republicano, este sí, electo por voluntad popular, Miguel Merino Rodríguez. Otro de los fusilados ante las tapias del cementerio aquella noche fue Santiago Cea Flores, el farmacéutico que había presidido el Comité de Defensa de la República.

Los desmanes del cura no acabaron aquí. Al miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas Juan Serrano Pérez lo fusilaron dos veces. La primera vez quedó en estado grave, en compañía del esposo de Lina Serrano Carretero, que también se salvó y quedó malherido. Como les dejaban junto a la tapia del cementerio, a la espera de que a la mañana siguiente el enterrador les echara en la fosa común, ambos lograron escapar y llegar a duras penas a una huerta que tenía Juan en el camino del Ejido de Los Charcos. Su madre y sus hermanas trataron de curarles, pero no pudieron parar la hemorragia, por lo que la madre de Juan serrano fue a ver al párroco, Juan Pérez Amaya, para que se apiadara y le mandase un médico. Don Juan le dijo que así lo haría, “porque ya había pasado por las armas”, pero al rato se presentaron en la huerta los falangistas de la Escuadra Negra, y les volvieron a fusilar.

En menos de tres años más de 120 vecinos y vecinas de Montijo fueron asesinados. Sus cuerpos, salvo los que yacieron en una fosa olvidada en el cementerio y fueron exhumados bajo el gobierno municipal de Juan Carlos Molano en 1980 -sin identificar pero para recibir un entierro digno-, aún siguen desaparecidos.

A la par que se sucedían las sesiones ordinarias de pleno de la nueva gestora municipal franquista, en la que se disponían actos litúrgicos, la represión se ejercía en el pueblo con total impunidad. Al rapado de mujeres relacionadas con la izquierda, su obligada desnudez pública e ingesta de aceite de ricino con intención de provocarles terribles diarreas en público, se unieron las violaciones sistemáticas. El caso más reconocido fue el de las denuncias realizadas contra el hijo del notario, el falangista Isidoro Hervella Urdaniz, nombrado esos días, por el alcalde, Oficial Segundo de Secretaría.

Mientras tanto, el cura párroco volvió a disfrutar de sus privilegios, junto al orden en Montijo, ahora rendido al nacionalcatolicismo. La Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño colaboró activamente en esta vuelta al orden. En la sesión ordinaria de la Comisión Gestora del 5 de septiembre de 1936, ya con la tarea de los asesinatos a pleno rendimiento, se acuerda reponer solemnemente los crucifijos en las escuelas, haciéndose la bendición de los locales. Para ello se haría una misa en los mismos colegios, seguida de una procesión en devoción de la Virgen de Barbaño, Patrona de Montijo. Como es de suponer, los encargados de procesionar la imagen no podían ser otros que los miembros de esta Hermandad, con su sanguinario cura párroco a la cabeza.

Cabe decir que, a pesar de que se obliga a asistir a este acto de bendición a toda la población escolar, tanto al alumnado como a sus profesores, habría un maestro que no acudiría, Juan José Martínez García de Tejada, maestro del Grupo escolar Giner de los Ríos, asesinado, por su enseñanza freinetiana, hacia el día 7 de septiembre. Era persona cristiana, practicante de su fe, amante de los niños, a quienes enseñaba con dulzura. Dejó esposa y dos hijos.

Cartel de la Hermandad de Barbaño.

Los miembros de la Hermandad de Nuestra Señora de Barbaño participarán en cuanto acto solemne se realice en el pueblo. Los Grupos escolares Giner de los Ríos y 14 de Abril fueron obligados a cambiar sus nombres por los religiosos de Escuela Padre Manjón y Escuela Virgen de Barbaño, nombres que aún mantienen, sin que exista en sus edificios ni una sola mención a su pasado democrático y laico. Durante los años de la posguerra el consistorio apenas atendió demandas de reformas, si bien se ocupó de que estuvieran bien dotados de crucifijos, imágenes de la Virgen de Barbaño y retratos del Caudillo y del Ausente. Para delirio del párroco Juan Pérez Amaya, el consistorio decide sufragar el gasto para la adquisición de 16 imágenes del Sagrado Corazón destinadas a las escuelas, por un valor de 45 pesetas, con cargo a imprevistos, encomendándole, en calidad de autoridad religiosa, su entronización.

La colaboración tanto del cura Pérez Amaya como de la Hermandad se hace extensiva a significativas fechas, como el Día de la Raza (12 de octubre) o el Desfile de la Victoria, hacia el final de la guerra. Medallitas, grabados y estampitas de la Virgen de Barbaño, a cargo de la Hermandad, complementan la propaganda nacionalcatólica de esos años. En el reverso de una de las estampas de la Virgen de Barbaño, editada por esta Hermandad entre 1936 y 1939, hecha para que los soldados franquistas la llevaran al frente, aparece una oración con el título “Preces para pedir por la Patria. Por la intercesión de nuestra patrona la Santísima Virgen de Barbaño”. En ella se pide “por los hijos de Montijo” y se dice:

“Abominamos de todas las teorías e ideas funestísimas, filosofía racionalista y anticristiana, cimentadas en el orgullo, avaricia y egoísmo de la vida. Abominamos de todo cuanto tienda a quitarnos la fe, fundamento de nuestras creencias, a obrar en contra de lo que nos mande nuestro Romano Pontífice, y sobre todo detestamos el laicismo, el separatismo, que nos quería arrebatar a nuestra querida España”.

(…)

En cuanto al cura párroco, Juan Pérez Amaya, “don Juan”, fue muy respetado en el pueblo. Unos le recordaban como un cura devoto, defensor de la fe, a quien los niños y niñas acostumbraban a besar la mano cuando se lo encontraban en las escalinatas del atrio, junto a su iglesia de San Pedro Apóstol. Otros le han recordado siempre como lo que fue, un instigador, y claramente actor, de aquellos lamentables y criminales hechos.

Falleció en 1954. No sabemos dónde está enterrado. Ni nos importa.

Artículo completo y 23 notas necesarias:

https://serhistorico.net/2023/09/02/el-cura-de-montijo-y-la-represion-franquista/

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