
La vivienda: un problema global, complejo y maldito que atraviesa los cinco continentes.
Otras voces:
Miguel Hernández Bernárdez / Noticias de la calle (sin censura)
Hablar hoy de vivienda únicamente como un problema español sería quedarse a medio camino. España vive una situación especialmente preocupante, pero detrás de nuestras fronteras millones de personas se hacen prácticamente las mismas preguntas: ¿podré pagar el alquiler el próximo mes?, ¿cuantos años necesitaré para comprar una vivienda?, ¿podrán mis hijos independizarse?, ¿qué ocurre si mi salario aumenta mucho menos que el precio de mi casa?
La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales del siglo XXI. ONU-Hábitat dedica prácticamente su World Cities Report 2026 a la crisis mundial de la vivienda. Sus estimaciones más recientes señalan que hasta 3.400 millones de personas carecen de acceso a una vivienda segura, adecuada y asequible, mientras más de mil millones viven en asentamientos informales o barrios precarios. El déficit mundial de viviendas habría pasado de unos 251 millones de unidades en 2010 a 288 millones en 2023. Detrás aparecen décadas de inversi6n insuficiente. Urbanización acelerada, desigualdad, conflictos, desplazamientos y desastres climáticos.
Por eso merece la pena recorrer los cinco continentes.

*EUROPA: tener trabajo ya no garantiza poder pagar una vivienda.
Europa es una de las regiones más desarrolladas del planeta, pero eso no ha impedido el deterioro de la accesibilidad a la vivienda. Entre 2015 y finales de 2025, según Eurostat, el precio de compra de la vivienda en la Unión Europea aumentó alrededor de un 65% y los alquileres cerca de un 22%. En las ciudades europeas, aproximadamente una de cada diez personas soportaba en 2024 unos gastos de vivienda superiores al 40% de sus ingresos disponibles.
España constituye un ejemplo particularmente preocupante. La OCDE calcula un déficit acumulado próximo a 600.000 viviendas entre 2022 y 2025, mientras señala que la vivienda social de alquiler representa solamente alrededor del 3% del parque residencial español. La demanda ha aumentado con mucha más rapidez que la construcci6n de nuevas viviendas en determinadas zonas urbanas y turísticas.
Para la juventud las cifras son todavía más duras. El Consejo de la Juventud de España estimaba en mayo de 2026 que la tasa de emancipación juvenil había descendido al 14,5% y que alquilar una vivienda en solitario equivaldría, de media, al 98,7% del salario de una persona joven.
El propio Banco de España ha calculado que los jóvenes no emancipados necesitarían, en promedio, unos 8,3 años de su renta neta para afrontar el precio de una vivienda media en España, con cifras muchísimo superiores en algunas grandes ciudades.
España ha aprobado el Plan Estatal de Vivienda 2026-2030, con nuevas ayudas y medidas destinadas a aumentar la vivienda pública y protegida y facilitar la emancipación. Pero la existencia de nuevos programas no elimina el problema estructural: durante demasiados años la vivienda asequible disponible no ha crecido al ritmo de las necesidades sociales.
*ASIA: megaciudades, millones de habitantes y vivienda insuficiente.
Asia contiene algunas de las ciudades más grandes y caras del mundo, pero también enormes áreas de pobreza urbana. Tokio, Seúl, Singapur, Hong Kong, Bombay, Delhi, Manila, Yakarta o Dhaka muestran realidades económicas muy diferentes. El Banco Asiático de Desarrollo reconocía en mayo de 2026 que la vivienda asequible constituye uno de los grandes desafíos de desarrollo de Asia y el Pacifico.
Millones de hogares viven en viviendas informales, hacinadas, inseguras o expuestas a inundaciones y otros riesgos climáticos, frecuentemente sin acceso suficiente a servicios, seguridad jurídica sobre su vivienda o financiación asequible. Bangladesh ofrece una muestra de la dimensi6n del problema. El Banco Asiático de Desarrollo estima allí un déficit próximo a seis millones de viviendas, que podría ascender a 10,5 millones en 2030, aproximadamente el 70% de la necesidad correspondería a vivienda asequible. Asia demuestra que construir mucho tampoco basta si las viviendas que se producen quedan fuera del alcance económico de quienes verdaderamente las necesitan.
*ÁFRICA: donde no solamente falta vivienda asequible, sino vivienda adecuada.
La situaci6n africana tiene características todavía más graves. OHU-Hábitat advertía en 2026 de que África afrontaba un déficit superior a 51 millones de viviendas, con riesgo de alcanzar dimensiones mucho mayores durante los próximos años debido al extraordinario crecimiento urbano. En África subsahariana, más de la mitad de la población urbana vive en barrios precarios o asentamientos informales según estimaciones de Naciones Unidas.
Aquí el problema no consiste únicamente en cuánto cuesta un alquiler. Significa también viviendas sin agua potable, saneamiento, electricidad o títulos seguros de propiedad, barrios que crecen más rápidamente que las carreteras, escuelas y hospitales, familias obligadas a levantar por sí mismas sus casas, y poblaciones instaladas en zonas especialmente vulnerables frente a inundaciones, sequías…
África recuerda algo fundamental: el derecho a la vivienda no significa solamente disponer de cuatro paredes y techo. Significa poder vivir con seguridad, servicios básicos y dignidad.

*AMÉRICA: de los alquileres de Estados Unidos y Canadá a los asentamientos informales latinoamericanos.
Hablar de América obliga a distinguir realidades muy diferentes. En Estados Unidos, uno de los países más ricos del planeta, el problema de la asequibilidad continúa agravándose. El informe State of the Nation’s Houssing 2026, de la Universidad de Havard, señala que las cargas económicas continúan creciendo tanto para arrendatarios como para propietarios y que la vivienda asequible sigue siendo insuficiente.
Canadá afronta igualmente una grave escasez. Su agencia pública de vivienda calcula que sería necesario construir aproximadamente entre 417.000 y 469.000 viviendas anuales hasta 2036 para recuperar niveles de asequibilidad semejantes a los existentes antes de la pandemia.
Más al sur, América Latina y el Caribe afrontan otro problema añadido: millones de viviendas presentan déficits de calidad, servicios básicos de calidad, servicios mínimos o seguridad jurídica.
En la reunión regional de ministros de vivienda celebrada en 2024 bajo el marco de CEPAL se constató una profunda brecha entre ingresos familiares y precios residenciales. En varios países estudiados el precio de una vivienda superaba cinco veces los ingresos anuales medios familiares, y en Argentina la relación superaba las doce veces.
Por tanto, desde Nueva York o Toronto hasta Buenos Aires, Sao Paulo, Lima o Ciudad de México aparece una misma contradicción con diferentes caras: existen viviendas y existe riqueza, pero una parte creciente de la población no puede acceder a ellas en condiciones razonables.
*OCEANÍA: salarios elevados tampoco garantizan vivienda asequible.
Podría suponerse que Australia y Nueva Zelanda quedan al margen del problema. Los datos demuestran lo contrario.
En Australia, se estimaba que 1,26 millones de hogares de bajos ingresos sufrían estrés financiero relacionado con la vivienda en 2024-2025. Entre los hogares de bajos ingresos que alquilaban, aproximadamente uno de cada cinco soportaba gastos considerados excesivos. Los últimos datos disponibles muestran además que centenares de miles de hogares continúan gastando más del 30% de sus ingresos en alquilar incluso después de recibir ayudas públicas.
Nueva Zelanda ha registrado recientemente cierta mejoría, pero continúa arrastrando el fuerte encarecimiento acumulado de años anteriores. Entre 2020 y 2024, los ingresos disponibles medios de los hogares aumentaron un 24%, mientras sus costes de vivienda crecieron un 31%. Una vez más, el mismo problema: el precio de la vivienda corre más rápido que los ingresos.
Cinco continentes, una misma pregunta: ¿Qué tienen en común Madrid, Londres, Toronto, Nueva York, Sidney, Auckland, Buenos Aires, Nairobi, Dhaka o Manila?
No tienen el mismo salario, ni las mismas leyes, ni idénticos sistemas económicos. Tampoco sería serio afirmar que existe una única causa de la crisis de vivienda.
Pero se repiten ciertos elementos: suelo caro en las zonas de mayor demanda, crecimiento insuficiente de la vivienda asequible, salarios que no acompañan los precios, inversión financiera en inmuebles, concentración de empleo en determinadas ciudades, alquiler turístico en algunos territorios, lentitud administrativa, costes elevados de construcción y décadas en las que numerosos Estados fueron reduciendo o no ampliaron suficientemente sus parques de vivienda pública y social.
A ello se añaden guerras, migraciones forzadas, catástrofes climáticas y una urbanizaci6n mundial que continuará llevando millones de personas hacia las ciudades.
Por eso tampoco existe una soluci6n milagrosa.
Será necesario construir más donde realmente falten viviendas, aumentar de forma sostenida los parques públicos y sociales, rehabilitar viviendas existentes, movilizar inmuebles vacíos cuando sea viable, combatir el hacinamiento y la infravivienda, proteger razonablemente a los inquilinos sin estrangular la oferta, actuar sobre el suelo y la planificaci6n urbana, mejorar transportes para ampliar las zonas residenciales disponibles, impedir situaciones especulativas abusivas y garantizar que las ayudas públicas no terminen simplemente convertidas en aumentos de precios.
También hará falta colaboración pública, cooperativa y privada. Pero el mercado por si solo difícilmente proporcionará viviendas a quienes carecen de capacidad económica suficiente para competir en él.
La vivienda no puede ser un privilegio. Cuando una persona dedica la mitad de su salario al alquiler, cuando un joven con empleo no puede abandonar la vivienda de sus padres, cuando una familia es expulsada de su barrio porque ya no puede pagar sus precios o cuando alguien vive en una chabola sin agua y saneamiento, estamos ante situaciones distintas pero relacionadas. Estamos hablando de vivienda.
Y estamos hablando también de derechos, desigualdad y del modelo de sociedad que queremos construir. La vivienda cumple inevitablemente una función económica: tiene costes de suelo, materiales, trabajo, financiación y mantenimiento. Pero antes que activo financiero es el lugar donde una persona duerme, forma una familia, envejece, estudia, descansa y desarrolla su vida.
Desde España hasta África, desde América hasta Asia y Oceanía, los datos permiten llegar a una conclusión difícil de ignorar: la crisis de la vivienda no conoce fronteras. Los cinco continentes pueden tener distintas enfermedades, pero comparten un mismo síntoma: para millones de trabajadores, jóvenes, pensionistas y familias, disponer de una vivienda digna se está convirtiendo en algo cada vez más difícil.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos solamente cuánto vale una vivienda. La verdadera pregunta es otra: ¿cuánto está pagando una sociedad cuando una parte de su población ya no puede permitirse vivir dignamente en ella?
«La penuria de la vivienda es un producto necesario del orden social burgués. No es en modo alguno producto del azar, es una institución necesaria que no podrá desaparecer más que cuando todo el orden social que la ha hecho nacer sea transformado de raíz»
F. Engels