
Cultura / Internacional
Japón
La sonrisa de Satoshi Kirishima
El director y ex guerrillero Masao Adachi relata la odisea de otro guerrillero japonés, Satoshi Kirishima, que logró evadir a la policía durante 49 años
Alex García
En las calles de Japón, durante medio siglo, una sonrisa empapelaba las estaciones de tren. Era el rostro de Satoshi Kirishima, con su pelo largo y sus gafas de pasta. Cuentan que muchos niños saludaban al cartel cada mañana “Kirishima, ¡que me voy!” como si fuera un vecino más. Aquella sonrisa quedó grabada en la memoria colectiva. Repartió, sin quererlo, su sonrisa por todo Japón con un cartel que parecía gritar: sigo aquí, todavía no me habéis cazado.
En enero de 2024, en un hospital de Kanagawa, bajo el nombre de Hiroshi Uchida, un hombre de 70 años destrozado por un cáncer de estómago terminal decidió despojarse de su identidad falsa “Soy Satoshi Kirishima”. Cuatro días después, el 29 de enero, murió.
Esta revelación sacudió al veterano director de cine Masao Adachi con una pregunta que no le dejaba dormir. “¿Por qué se entregó cuando estaba tan cerca de la huida perfecta?”, se repitió durante horas.
Si renunció a ello en el último instante, es que algo había ardido en él hasta el final: aquella huida había sido su forma de combatir, y esa declaración era un mensaje dirigido a todos los que habían quedado en el camino. “No quería decir que se había escapado, sino que, huyendo, estaba luchando.” Un mensaje a los compañeros muertos, a los que seguían en la cárcel y a los que dejaron la lucha. Y de esa certeza nace su última película “Escape”(2025) en japonés 逃走 (tōsō, “huida”) es un homónimo perfecto de 闘争 (tōsō, “lucha”). Resistir escapando. Y es que hay verdades que solo la ficción puede agarrar de un zarpazo.
En la universidad, Kirishima conoció al Frente Armado Antijaponés de Asia Oriental. Junto a Yoshimasa Kurokawa y a su compañero de universidad Hisaichi Ugajin formaron la célula “Escorpión”. Este grupo luchaba contra el papel imperialista de Japón y la opresión contra los ainu, los okinawenses y los coreanos.
El 30 de agosto de 1974, este grupo hizo estallar la sede de Mitsubishi Heavy Industries en Tokio. El 19 de mayo de 1975 siete miembros fueron detenidos de golpe. Uno de ellos, Saito, se tragó una cápsula de cianuro y se quitó la vida tras su arresto. Solo dos escaparon a la redada: Ugajin y Kirishima, el único miembro que jamás sería detenido. Sus rostros pasaron a las listas de los más buscados de Japón.
Antes de separarse, acordaron reencontrarse cada año, el 9 de septiembre, a las tres de la tarde, en el santuario Zeniarai Benten de Kamakura. La primera cita fue frustrada por una explosión que llenó la zona de policías. Durante siete años lo intentaron, hasta que en julio de 1982 detuvieron a Ugajin y lo condenaron a dieciocho años. Aún así Kirishima no se alejó de la zona en casi cuarenta años.
Y aquí aparece la encrucijada: entregarse o seguir resistiendo. Rendirse sería ponerle fin, mientras que seguir significaba llevar una vida solitaria sin dejar rastro. Una forma de resistencia, mientras la huida continuara, también lo haría la lucha.
La vida de Hiroshi Uchida fue, en apariencia normal trabajando como peón de la construcción. Los testimonios cuentan que, a pesar del aislamiento, seguía de cerca la vida política y buscaba casi de forma instintiva un encuentro con sus antiguos compañeros. Frecuentaba un bar de música en vivo en Fujisawa, donde escuchaba rock y blues de los 70, intentando rozar una especie de normalidad.
La película muestra en pantalla los haikus de Masashi Daidōji, uno de sus compañeros que fue condenado a muerte. En esos poemas, dice Adachi, conviven dos cosas imposibles de reconciliar: el dolor del que sabe que ha causado una derrota irreparable, y la convicción que lo empujó a luchar, que sigue brotando entre los versos como agua a presión. Adachi imagina que Kirishima los leyó y que fue ahí, en esas diecisiete sílabas escritas por un hombre que esperaba la muerte, donde encontró la convicción.
Masao Adachi mira a Kirishima desde la experiencia compartida. Él nació en Fukuoka en 1939. Junto al crítico Masao Matsuda formuló la “teoría del paisaje” o fūkeiron donde trabajaron la idea de que el poder del Estado no solo está en los lugares evidentes, sino que se encuentra disuelto en el paisaje cotidiano que todos atravesamos sin ser conscientes. Su película más importante de aquellos años, donde se plasmará esta teoría, fue A.K.A. Serial Killer (1969).
En 1971 viajó a Beirut con Wakamatsu y filmó El Ejército Rojo/FPLP: Declaración de guerra mundial (1971), un noticiario militante sobre la guerrilla palestina que fue proyectado por todo Japón. En 1974 regresó al Líbano para integrarse con Fusako Shigenobu en el Ejército Rojo Japonés, lo que le llevó a estar en las listas de los más buscados a nivel internacional. Estuvo veintitrés años combatiendo en Oriente, hasta que en 1997 lo detuvieron, pasó tres años en la cárcel de Roumieh (Líbano) y en 2000 fue deportado a Japón. Sin pasaporte y bajo la prohibición de salir del país retomó el cine con Prisionero/Terrorista (2007) inspirada en la experiencia en prisión de su antiguo camarada Kōzō Okamoto. Y una década después realizaría la película Revolution+1 (2022) rodada en 8 días para que pudiera ser estrenada antes del funeral de Estado que iban a realizar al ex-primer ministro Shinzo Abe, en ella explora los motivos políticos que llevaron a Tetsuya Yamagami a dispararle.
Adachi se ve reflejado en Kirishima pero insiste en la diferencia: él nunca tuvo que cortar todos sus lazos. “Esa tortura, la de no llamar nunca a un amigo para no comprometerlo, yo no la conocí jamás.” Kirishima fue capaz de escapar solo, sin avisar a nadie, durante cuarenta y nueve años. “Siento un enorme respeto por ese hombre.”
Cuando Adachi habla de Kirishima habla de una multitud invisible. En los años del movimiento estudiantil, recuerda, cerca de diez mil personas fueron perseguidas por la policía. Muchos, volvieron a casa, pero hubo también otros, los que no volvieron: los que siguieron escondidos, convertidos en otra persona, viviendo bajo nombres falsos hasta hoy. ¿Cuántos Kirishima hay? ¿Cuántos ha habido? ¿Cuántas sonrisas anónimas envejecen en algún bar?
A sus ochenta y cinco años aspira a seguir provocando, no se conforma con recordar sino que lanza la figura de Kirishima como una piedra contra el cristal de un Japón anestesiado. Es una película que dispara contra el silencio de una generación entera que bajó la voz, buscando reavivar la necesidad de combatir este sistema injusto. Como diciendo “si un hombre pudo sostener su trinchera en absoluto silencio durante medio siglo, ¿por qué vosotros habéis dejado de luchar?
El cartel que empapeló el país durante medio siglo se convirtió en fūkeiron, la represión del Estado disuelta en el paisaje. Y Kirishima consiguió volver ese paisaje contra el propio Estado que lo ha creado, ocultándose dentro de él. Lo buscaron durante cuarenta y nueve años en todas partes, pero él siempre estuvo ahí.
Y suena la música. La banda sonora de Otomo Yoshihide, un canto revolucionario, la marcha fúnebre revolucionaria soviética “Вы жертвою пали". El original es una melodía grave y fúnebre, por eso Adachi la mandó arreglar para que fuera ligera, casi alegre, como diciendo “aunque caigamos, seguimos luchando”. Por eso quien sale del cine no siente derrota, sino una extraña euforia. Ve a Kirishima correr, hacia el futuro. El homenaje de un viejo guerrillero a otro, los acordes de todos los caídos sonando, esta vez, en clave de victoria.