
Memoria histórica imprescindible:
-El asesinato del poeta Domingo López Torres
El Lorca canario que acabó en el fondo del océano.

Hace unos meses me encontraba repasando los rostros de la famosa foto tomada por Adalberto Benítez en el patio de la prisión de Fyffes. La imagen, tomada entre septiembre y diciembre de 1936, muestra a tres de los guardianes de la prisión franquista posando junto a centenares de condenados por sus ideas políticas o militancia sindical. Entre las caras serias me asaltó unos rasgos conocidos, los del gran poeta surrealista tinerfeño, Domingo López Torres. Me atrevo a decir que se trata de la última imagen que dejó de su paso por esta tierra.
En 2027 el Día de las Letras Canarias se dedicará a la memoria de este poeta surrealista. Sin duda es un justo y merecido homenaje, que además coincidirá con el noventa aniversario de su asesinato.
Domingo fue uno de los intelectuales más brillantes de la primera mitad del siglo XX, una labor que combinó con un claro activismo político y social. Nació en Santa Cruz de Tenerife en 1910, en el seno de una familia humilde. A pesar de sus dificultades y de tener que abandonar el colegio para ayudar a la economía familiar, Domingo encontró un refugio y una guía en las modestas bibliotecas de la capital y en sus libros. Esos contenedores de sabiduría fueron sus maestros y los que hicieron de él una persona excepcional.
En 1939 los falangistas realizaron un informe sobre ese vecino en “ignorado paradero”. Formaba parte del proceso de responsabilidades políticas abierto contra los ediles del Frente Popular de la capital. Curiosamente, a pesar de la lógica hostilidad, reconocen que “debido a su gran voluntad, frecuentando bibliotecas, llegó a poseer una relativa cultura, que le permitió formar parte del grupo de intelectuales de esta capital”. En el mismo informe, y quizás por lo anterior, dicen de él que era “peligroso para la paz y la vida pública”.
Domingo López supo de la necesidad, de tener que robar horas al sueño y el cansancio para poder aprender las letras que le alimentaron, quizás por eso tuvo claro que había cambiar el mundo. Quizás esa sensibilidad autodidacta, nacida de la flaqueza, le convirtió en uno de los intelectuales más comprometidos de su generación, militando en la agrupación socialista de Santa Cruz y formando parte de la directiva del sindicato de oficios varios de la UGT. Sus ideas las trabajó y defendió en medios obreristas como Altavoz o El Socialista.

Vivió y creció rápido, en una sociedad que cambiaba también con velocidad. Con la llegada de la II República se convirtió en un habitual en eventos culturales y asociativos, además de mítines. Fue uno de los promotores del congresillo de juventudes canarias, celebrado en agosto de 1933 en la isla de Gran Canaria. Allí viajará en compañía de Eduardo Westerdahl, Oscar Pestana, Domingo Pérez Minik y Pedro García Cabrera. En ese encuentro reclamaron un mayor papel para la juventud, afirmando que las nuevas generaciones sufrían una falta de “preponderancia política –accesible sólo a la madurez— pero que tiene sus puntos de vista con respecto a todos los problemas y quiere hacerlos públicos”.
Siendo poco más que un adolescente empezó a publicar sus primeras poesías en las revistas culturales, caso de Hespérides o Cartones. Su amistad con otros brillantes jóvenes de su generación, como los ya mencionados, además de Agustín Espinosa, le influyó y le permitió dar pasos que tuvieron una importante repercusión cultural.
Desde las páginas de Gaceta de Arte promoverán las acciones del Ateneo de Santa Cruz de Tenerife y la exposición surrealista de mayo de 1935, que por primera vez ponía a Tenerife y a Canarias entre las vanguardias culturales mundiales. Como él mismo dijo de esta tendencia artística, “el surrealismo haciendo veredas en el fango hacía una cloaca de inmundicias hizo distraer la mirada de preciosos paisajes exteriores”.
En junio de 1936 todavía se notaba la euforia por el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de ese año. Domingo López Torres fue designado concejal por los socialistas, aunque apenas pudo desarrollar esa labor poco más de un mes.
La relevancia que tenía su figura para las nuevas autoridades fascistas queda patente con la clausura el mismo 18 de julio de la librería Número 5, espacio de tertulia y difusión de ideas que él regentaba desde 1935, en los bajos del Hotel Orotava de la actual plaza de La Candelaria.
No tardó en ser detenido. Junto a tantos amigos, formó parte de los alrededor de cuatro mil reclusos que pasaron por la prisión de Fyffes. Allí trató de sobrevivir, como persona y como creador. Junto a su amigo, el dibujante Domingo Ortiz, harán clandestinamente su obra póstuma, “Lo Imprevisto”. Ninguno de los dos recobraría la libertad. Apenas un mes antes del golpe los dos celebraron en el Círculo de Bellas Artes de la capital la clausura de una nueva y polémica exposición de arte contemporáneo, en la que compartió tribuna con su amigo y compañero, Oscar Domínguez.
Al joven poeta no lo podían juzgar y llevar al paredón. El nuevo régimen le reservó un camino todavía más cruel. Como logró descubrir el investigador Ricardo García Luis, en enero de 1937. En un trozo de papel escondido por sus compañeros de penurias se conservó el listado de las víctimas sacadas durante la madrugada. Aparecen los nombres de Antonio Montelongo (militante de la CNT), Francisco Delgado Herrera (presidente del sindicato de maestros de la UGT), Pedro Hernández Yanes (presidente local del PCE), José Yanes (también del PCE), los hermanos Cirilo y Leandro Liria (posiblemente de la CNT), Pedro Domínguez (comunista), Vicente Cabrera (de las Juventudes Libertarias), Juan José Martín Escobar (también cercano al PCE), Salvador García Díaz (amigo del socialista Emiliano Díaz Castro) y el socialista gomero Fernando Ascanio Armas, señalado por los Sucesos de Hermigua. Domingo les acompañó en ese viaje al fondo del océano frente a la costa de San Andrés, con un simple saco y unas piedras como mortaja.
La memoria de Domingo se mantuvo a pesar del silencio impuesto. Su último poemario, escrito en la cárcel e ilustrado por su amigo Luis Ortiz, logró salir a la luz en 1981. Tardaron setenta y cinco años para que el Ayuntamiento de Santa Cruz decidiera conmemorar su figura, allá por 2012. Hasta 2019 no se produjo un reconocimiento más visible, dándole el nombre a una plaza del municipio donde vivió y murió.
Esperemos que la conmemoración de su figura en 2027 aporte más luz sobre este intelectual que, noventa años más tarde, sigue esperando en su fosa oceánica.