
Memoria histórica inolvidable:
-Cartas de condenados a muerte por Franco
Las misivas, evidentemente, están escritas por los presos condenados por los tribunales militares facciosos, y los destinatarios suelen ser por regla general los familiares más cercanos a los represaliados. De estas cartas han logrado salvarse algunas, aunque no todas. De las remitidas por los familiares a los presos, son pocas las que han llegado, habiendo sido destruidas por los funcionarios de prisiones en el caso de los presos condenados a muerte.
Las cartas, tanto las de salida, como las de entrada, tenían que pasar obligatoriamente por la censura de la prisión, aunque alguna, como las que hoy traemos aquí, pudieron filtrarse y llegar a sus destinatarios a través de los familiares o amigos que visitaban a los condenados.
La mayoría, como decimos, pasaron por la censura de la prisión, y en consecuencia cualquier referencia o crítica al nuevo régimen fue suprimida de las mismas. El prisionero aprendió pronto a sortear la censura y a los censores, bien a través de un precario lenguaje encriptado, que iría perfeccionándose con el paso de los años, bien mediante circunloquios o prosopopeyas; amén del comienzo de las primeras organizaciones clandestinas dentro de los presidios.
La misiva que hoy traemos la dirige Juan Pérez Zumaquero a su hijo, Juan Pérez Montilla, que nació estando su padre en la cárcel de Jaén y al que apenas pudo ver en contadas ocasiones. Juan Pérez Zumaquero fue un hombre de su tiempo, un luchador comprometido social y políticamente con las capas más humildes de una sociedad a todas luces injusta. Vinculado sindicalmente a la UGT y políticamente al PSOE, donde ocupó varios cargos, durante la contienda se marchó voluntario a combatir por la República alcanzando el grado de teniente. Fue detenido en Valencia finalizada la contienda por un paisano suyo. Su idea originaria era pasar a Francia, pero el avanzado estado de gestación de su esposa, Ana María Montilla Casado, le hicieron desistir del intento volviendo sobre sus pasos. Trasladado a prisión provincial de Jaén, sería juzgado por un tribunal faccioso y condenado a la pena de muerte, siendo fusilado el 30.12.1940, en el cementerio de San Eufrasio. De él, por suerte, y gracias al tesón de su hijo, que ha movido cielo y tierra para reparar las injusticias cometidas, tenemos muchísima documentación. Al margen de sus publicaciones asiduas en el periódico Democracia, nos han llegados sus cartas, así como un diario que escribió en las cárceles por las que pasó.
A Juan Pérez Zumaquero lo detuvieron en Valencia junto a su gran amigo, Rogelio Gómez Díaz, «Cómpeta», un 9 de abril de 1939. Los dos habían desistido ya de abandonar España por Francia, los dos sabían que su futuro era incierto. Los dos fueron detenidos por un agente afecto a la Comisaría del Cuarto Sector de la Columna de Orden y Policía de Valencia. Los dos sabían quién los detenía, lo conocían bien, demasiado bien. De hecho había sido compañero suyo en las juventudes socialistas, pero la guerra, salvar el cuello y hacer méritos en el nuevo régimen, impulsó al agente, paisano suyo, de Porcuna, a detenerlos. Él sabía quiénes eran, dos «piezas» demasiado golosas para dejarlas escapar en algún barco o camino de Francia. Juan había sido secretario de la Agrupación Socialista de Porcuna; presidente de las Juventudes Socialistas y articulista en el diario provincial socialista «Democracia». Desde allí hostigó, con su pluma, el régimen caciquil, la subyugación en la que vivía la clase obrare porcunense. Rogelio, comisario político durante la contienda, había ostentado las responsabilidades más altas dentro de Izquierda Republicana, perteneciendo al Comité Local del Frente Popular, siendo el encargado directo del abastecimiento a la población civil después del golpe de estado. Los dos serían trasladados a la prisión provincial de Jaén, los dos serían juzgados, aunque el destino fue distinto para cada uno. A ninguno de los dos se les aplicó el «habeas corpus». Juan Pérez fue juzgado el 17 de abril de 1940 en Jaén, en un juicio a todas luces ilegal. Fue condenado a la última pena por un delito de adhesión a la rebelión militar. ¡Qué hipocresía ¿no?!. Los verdugos se alzan en armas contra el gobierno legítimo de la República, y los defensores de ésta son juzgados por rebelión militar. El 11 de octubre de 1940, «el Jefe del Estado se da por enterado» (sic) de la pena impuesta dando su visto bueno, ratificándolo el Auditor de Guerra en Córdoba. ¡La suerte estaba echada!, ¡el reloj comenzó la cuenta atrás!. ¡No habría clemencia, ni Juan Pérez la solicitó!. Sabía perfectamente porqué moría, conocía a sus asesinos, aquellos a los que había combatido desde siempre, primero con la pluma y después con la espada que ellos le arrojaron en las manos cuando se alzaron en armas. Moriría como un hombre libre, mirando fijamente a su pelotón de fusileros. No se arrepentía de nada, salvo de dejar viuda y un hijo que había nacido pocos meses antes. Sabía que dejaba a su familia cuando más necesitaban de su ayuda, de sus brazos, de su mísero jornal, si es que conseguía alguno. ¡Habían perdido la guerra!, todo volvería a ser como antes de la República fenecida; pero a él además le quitaban también la vida, lo alejaban de los suyos. ¡Lo sabía!.
A Juan Pérez le comunicaron la sentencia de muerte ese mismo 11 de octubre de 1940. Pasó al pabellón de los condenados a la última pena en la prisión provincial de Jaén. Aislado del resto de los reclusos comenzó a compartir los últimos días de su vida con sus compañeros de destino, aquellos que lo acompañarían hasta el cementerio de San Eufrasio. Encerrado entre cuatro paredes, Juan solo pensaba en su hijo, en su pequeño retoño al que solo había abrazado una vez. Pensaba en su esposa, Ana, en sus pobres padres y en el resto de su familia, que tanto habían hecho por aquella pareja que se casó en Torredonjimeno en el año 1937. A Juan le quedaban pocos días, pocas horas de vida. Lo sabía, era consciente. Se preguntaba una y otra vez qué había hecho para estar en esa situación. Lo sabía. Sabía que habían perdido la guerra; que su crimen sería político, por ideas. Sabía por los cerrojos de las celdas que todas las madrugadas se llevaban un puñado de hombres al matadero. Era consciente de que iba a morir. ¿Qué hacer para impedirlo?. ¡Nada!, no había vuelta atrás. Si no eran las balas, sería el hambre o las enfermedades del presidio. Sabía, que aunque le conmutasen la pena capital, no se libraría de la pena de inferior grado, los 30 años, cinco como mínimo de trabajos forzados en alguna mina del norte, o fortificando los alrededores de Gibraltar.

Pensativo, taciturno, solo le quedó escribir en aquellas horrendas tarjetas postales patrióticas. Quería despedirse de todo el mundo, ¡quería dejarle claro a su hijito que él había sido un hombre bueno, que no creyese nada de lo que le dijesen!. Él había luchado toda la vida por un mundo más justo, nunca luchó por él, sino por todos por igual. ¡Papel, lápiz, tabaco!. Necesitaba los tres ingredientes para seguir escribiendo, para no escuchar los lamentos de sus compañeros de celda. Sí, quería derribar los muros con su lápiz, ¡aún se sentía fuerte con su pluma!, aprovechaba todos lo rincones de la postal, incluso el sobre estaba garabateado en todas las direcciones posibles. Dibujó a su compañera, a la madre de su hijito. ¡No!, no podía olvidarla, quería recordarla siempre, aunque estuviese entre cuatro muros. A veces se despertaba en la penumbra de la noche, se creía libre, como si todo hubiese sido un mal sueño. ¡No podía ser verdad lo que estaba viviendo!. Aquello era inhumano, injusto, despreciable. No lo quería comprender, no podía racionalizar las matanzas que se llevaban de noche en las tapias del cementerio. No quería creerlo, aquello debía ser una horrenda pesadilla. Finalmente quedó de nuevo dormido.
Su última noche la pasó en vela, hacía frio y estaba hambriento. Sacó la punta de un lápiz, y un trozo de papel de estraza que guardaba como un tesoro en el bolsillo y meditó sus últimas palabras. No quería olvidarse de nadie. A sus 29 años, con una sobriedad pasmosa, delante de un jirón de papel se puso a escribir.
Sus tres cartas:
–https://todoslosnombresdeporcuna.blogspot.com/2012/07/cartas-desde-la-carcel-en-capilla.html