
Presos políticos escriben:
Juan García Martín. Preso político del PCE(r)
Artículo en la revista El Otro País n.º 118, May-Jun 2026
La Madre Naturaleza
La Naturaleza, entendida en el amplio sentido del entorno (del medio natural o geográfico, también se podría decir) con el que interactuamos como especie humana viene siendo muy maltratada por el llamado “progreso” de la humanidad, sobre todo cuando este “progreso” viene unido a dos fenómenos íntimamente relacionados como fueron la revolución industrial y el desarrollo y triunfo del capitalismo. Esto ya es una especie de axioma en el que no voy a pararme por estar ampliamente tratado en todo tipo de publicaciones; en esta ocasión voy a centrarme en los aspectos periodísticos y divulgativos de este tratamiento en los últimos tiempos.
Hay tres formas principales de referirse actualmente a la Naturaleza: o como una enemiga o como la culpable de nuestros males o como una pobre víctima de “la maldad humana”.

Veamos cada una de ellas.
La Naturaleza como una enemiga es, quizá, la visión más primitiva que la humanidad ha tenido de ella, llena de peligros que eludir (físicos, zoológicos, climáticos…), siempre burlándose o sorteando nuestros planes para explotarla o para proveernos de recursos que satisfagan nuestras necesidades; al mismo tiempo, esas dificultades naturales han sido todo un acicate para, comprendiéndola, saber sacar de ella lo mejor para nuestra supervivencia (luego volveremos sobre esta importantísima cuestión).
Esta visión sigue presente hoy día cada vez que, por ejemplo, las grandes empresas capitalistas explotan pozos de petróleo en zonas árticas o en el fondo del mar, cuando las compañías mineras o madereras arrasan la selva amazónica o cuando se construyen urbanizaciones en zonas desérticas o inundables. Estas explotaciones salvajes del medio natural se siguen presentando en la cultura dominante como “gestas” de la humanidad y unas “hazañas” de la tecnología frente al “salvajismo” que nos rodea, como si la Naturaleza fuera un enemigo al que batir.
Mucho más frecuente por parte de los gobiernos, que intentan, así, ocultar sus propias responsabilidades, es presentarnos a la Naturaleza como la causa de todos nuestros desastres y calamidades. Según ellos, el COVID se originó por contagiarse con especies reservorios de virus, las inundaciones de Valencia fueron culpa de una DANA especialmente potente, el “apagón” porque hizo demasiado sol, los incendios forestales del verano pasado de la sequía, las inundaciones en Andalucía de la pertinaz lluvia, los descarrilamientos de trenes fueron cosa de las muchas lluvias que provocaron arrastres de balastro y corrimientos de tierra, los chiringuitos y apartamentos a pie de playa se hunden porque el mar se los “come” y un largo etcétera de desastres por los que echarle la culpa a la veleidosa y funesta Naturaleza.
Por último, en este caso desde la “izquierda” y en especial desde el ecologismo, se nos suele presentar de forma prioritaria a la Naturaleza como una víctima de la rapacidad humana y de nuestro desprecio por ella. No vamos a negar que nuestro maltrato del medio natural haya sido muy superior al que hayan podido hacer otras especies animales, sobre todo cuando sobrepasamos el nivel de las economías predominantemente agrícolas y ganaderas de la Antigüedad y Edad Media y entramos en el absoluto dominio de la industrialización y el capitalismo.
Pero la Naturaleza no es un ser vivo a la espera impotente del próximo atropello de la humanidad o de que la “extingamos”, como hacemos con especies animales o vegetales. En realidad, humanidad y medio geográfico formamos un todo en el que una depende de la otra y donde se produce una interacción constante entre ambas. Esto quiere decir que ante nuestras agresiones, la Naturaleza reacciona con medidas de autocorrección e imponiéndonos sus propias leyes que, de no ser seguidas, trae consecuencias. Por seguir el juego al que son tan aficionados los ecologistas de darle entidad viviente a la Naturaleza, digamos que la Naturaleza “se defiende” por todos los medios a su alcance y procura ponernos las cosas difíciles.
Nosotros nos vamos a permitir aportar otro enfoque a esta cuestión, presentar a “La Madre Naturaleza” como una aliada del progreso social, económico y político de la humanidad, tanto en lo más inmediato como a largo plazo.
Yendo al día a día, si antes hablábamos de quienes escoden su culpabilidad tras los desastres naturales, poniendo a la Naturaleza como la causa inevitable e imprevisible de nuestros males, pues bien, es la propia Naturaleza, con su funcionamiento autorregulado y sus leyes, la que se encarga de poner a cada uno en su sitio cuando nosotros las trasgredimos y nos ayuda a que la verdad salga a la luz. La epidemia del COVID, considerada como la expansión de un virus sin control, puso de manifiesto las insuficiencias y deficiencias de la sanidad y los recortes a que se le somete o, en su caso, la falta de escrúpulos de los doctores Frankenstein de turno y sus manipulaciones de los gérmenes. Las consecuencias de la DANA en Valencia, además de poner de relieve el desprecio de nuestros políticos por la suerte de la mayoría de la población, sirvió para sacar a la luz los “pelotazos” urbanísticos que se vienen dando desde hace décadas en España, construyendo en zonas inundables, cosa similar a lo ocurrido en la pasadas inundaciones en Andalucía; desde luego, a la hora de embolsarse las ganancias de tanta construcción donde no se debía, pasaron por encima del dicho popular de que “el río siempre busca su camino natural”.
Luego vinieron los incendios del pasado verano en los que, lo que podría haber quedado como un episodio más de la Naturaleza librándose de toda la vegetación seca acumulada, se transformó en un desastre incontrolable por la rapacidad, la incuria y afán de ganancia o ahorro de las empresas y entidades administrativas dedicadas a la conservación de los bosques que escatiman en la contratación de personal y medios de prevención de incendios.
Y qué decir de los descarrilamientos, accidentes y parones de nuestros ferrocarriles; lluvias más frecuentes de lo previsto que remueven el terreno bajo y sobre las vías produciendo derrumbes y otros incidentes, descubriendo, así, la falta de mantenimiento y de personal, los controles displicentes, las chapuzas en la renovación de las redes y la corrupción que se esconde tras tanta “subcontrata” y tanta privatización. Y es verdad que el mar se “traga” las playas, pero no es su culpa, sino de la falta de planificación y el cortoplacismo turístico a la hora de construir en primera línea de playa. Se puede decir que “la Naturaleza siempre reclama lo suyo” y en ese camino nos muestra tal como somos como sociedad (y, en algunos casos, como individuos): dominados por el afán de ganancia rápida y máxima que caracteriza al capitalista dominante y que cree que puede explotar sin freno y sin consecuencias.
Sin negar lo que de cierto tienen cada uno de estos enfoques, tomándolos por separado e incluso en conjunto, todos son unilaterales, falta dialéctica en ellos. Debemos partir de que existe y siempre ha existido una contradicción entre la especie humana y la naturaleza o el medio geográfico que le rodea, en esencia no diferente de la que existe entre cualquier ser vivo y su entorno. De hecho, el biólogo evolucionista Faustino Cordón definió a todo ser vivo como el resultado de una contradicción entre su corporeidad, su soma, y su medio, y su evolución como resultado de su acción y experiencia sobre él y viceversa. Y como toda contradicción que se precie, existe lucha, sobre todo, y también unidad y periodos de “armonía”.
Formar parte de dicha contradicción supone la principal aportación de la Naturaleza a la evolución de las sociedades humanas, ya que la lucha por proveernos de recursos naturales es uno de los principales acicates para el desarrollo incesante de las fuerzas productivas en todas las sociedades humanas desde las primitivas hasta las divididas en clases y posiblemente en el comunismo.
La Naturaleza nos impone sus leyes y nosotros, conociéndolas, siguiéndolas y llevándolas al límite, hemos sido capaces de sacar de ella los recursos necesarios para subsistir y desarrollarnos como especie, a la vez que la transformábamos y ella volvía a imponernos esas nuevas transformaciones, y vuelta a empezar o seguir, según se mire.
Esta es una interacción en la que la Naturaleza, el medio, es, en general, el término más dinámico y principal (de ahí que pueda ser vista en algunos ámbitos como enemiga o como causa de desastres), el que nos empuja a revolucionar constantemente esas fuerzas productivas, bien por su resistencia a determinadas prácticas productivas o bien por agotamiento de nichos.
Pero hay otra consecuencia muy importante y es que, para producir, los seres humanos lo hacemos socialmente por lo que, al mismo tiempo que el medio nos obliga a cambiar las fuerzas productivas, también nos impulsa indirectamente a cambiar la forma en que los humanos nos relacionamos dentro de la sociedad, es decir, a revolucionar constantemente nuestras relaciones sociales de producción para ponernos a la altura de los nuevos desafíos que nos impone esa interacción con la naturaleza y el incesante desarrollo de las fuerzas productivas.
Estos dos cambios no se producen acompasadamente, sino que las fuerzas productivas avanzan más rápidamente que las relaciones de producción, originándose desfases y desequilibrios. Esto da lugar en las sociedades humanas a una contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, contradicción que llega hasta nuestros días con una peculiaridad: desde la aparición de las sociedades divididas en clases y de la propiedad privada, se acelera el proceso por el que las relaciones de producción se queden rezagadas con respecto a las fuerzas productivas hasta acabar por suponer un freno a su desarrollo; igualmente, en el afán de lograr una mayor productividad y ganancia se pasa por encima de la Naturaleza y sus leyes, provocando una destrucción cada vez mayor en ella.
Esto se da con especial virulencia en la muy “dinámica” sociedad capitalista, donde la crisis de superproducción da lugar a la destrucción de ingentes cantidades de fuerzas productivas, incluyendo los desastres ecológicos que todos conocemos (de ahí esa visión de la Naturaleza como víctima). Llegados a este punto, la sociedad exige una transformación radical, una revolución que ponga de nuevo en armonía o equilibrio relaciones de producción y fuerzas productivas.
Y aquí es donde podemos ver a la propia Naturaleza, mediante el despliegue de todo su potencial de avisos en forma de cambios de todo tipo y cada vez más acelerados, incluyendo el incremento de los llamados “desastres naturales”, poniéndose de nuestro lado, señalándonos con el dedo esa necesidad y esa dirección: “O cambiáis la sociedad o nos vamos todos -pero sobre todo vosotros- al carajo”. Digamos que hoy no solo la estructura social y política, la crisis económica y los desposeídos exigen revolución, sino que es la propia Madre Naturaleza quien nos lo exige. Sólo nos toca hacerle caso.