
Muro de denuncias:
Terrorismo de Estado
-Cherid, muerte en Biarritz: el asesino asesinado (por los suyos)
Andreu García Ribera
Revista El Otro País n.º 117, feb-mar 2026
Miembros del grupo terrorista OAS contra la independencia de Argelia acabaron trabajando como mercenarios en la guerra sucia de la policía española.

La oscura historia de la Internacional Negra que actuó sangrientamente en Italia, Francia y otros países europeos bajo el manto de la siniestra Red Gladio, organizando matanzas bajo reivindicaciones de falsa bandera en muchos casos, operó también muy intensamente en el Estado español antes de la muerte de Franco y en el periodo posterior conocido como la “Transición”.
Contó con la máxima protección legal, policial, económica y provisión de armas de los servicios de inteligencia españoles, primero del SECED de Presidencia del gobierno, después del CESID y del estado mayor del ejército del 18 de julio luego metamorfoseado en el ejército de la monarquía.
Esta Internacional Negra tuvo como cabecilla indiscutido al fascista italiano Stefano Delle Chiae (alias Il Caccola, el pequeño moco en italiano) que participó en numerosos episodios de guerra sucia en la década de los 70, entre otros en la matanza de Montejurra, hasta que a principios de los 80 partió para Latinoamérica para desempeñar sus actividades criminales en el marco de la Operación Cóndor.
Cuatro fueron los componentes internacionales más destacados en la conformación fascista de la red Gladio hispana: desde los años 60 los sicarios de la OAS afincados en el Estado español especialmente en Alicante, de los cuales unos 200 comenzaron a trabajar para la policía española dentro de las cloacas del Estado; un nutrido contingente de fascistas italianos que después del intento de golpe de Estado en Italia del príncipe negro Junio Valerio Borghese en diciembre de 1970, halló cobijo en los servicios policiales de la España franquista; sicarios argentinos provenientes de la Triple A y elementos del hampa como los hermanos Clément y Gilbert Perret quienes durante los años 60 controlaron en París los negocios de la prostitución y tráfico de armas, detenidos en Francia por eliminar a tiros a competidores de otras bandas mafiosas en disputas a balazos que nada tenían que envidiar a las inmortalizadas por Coppola en “El Padrino”. Al salir de prisión en 1971 se instalaron en España, donde compatibilizaron suculentos negocios de hostelería y ocio nocturno en Castellón con “trabajos” para la policía española como el ametrallamiento mortal en 1980 del bar Hendayais que quedó impune por la protección del comisario Manuel Ballesteros.
No obstante, el objeto de este artículo no es describir los mecanismos de la guerra sucia y su relación con los aparatos del Estado, existen excelentes trabajos sobre ello como el de Xabier Makazaga “La guerra sucia en Iparralde”, el de Carlos Portomeñe “La Matanza de Atocha y otros crímenes de Estado” o el de Alfredo Grimaldos “La Sombra de Franco en la Transición”.
Escribimos estas líneas porque nos llama la atención que un reciente artículo Xabier Makazaga, meticuloso investigador del terrorismo de Estado, desliza una inexactitud que viene repitiéndose por muchos periodistas e historiadores sobre la muerte de Jean Pierre Cherid, dice literalmente, “Jean Pierre Cherid fue un protagonista esencial de la guerra sucia. Actuó, a sueldo de los servicios de inteligencia españoles, desde el franquismo hasta que murió en Biarritz, en 1984, al explotarle un auto-bomba que estaba manipulando para atentar contra siete refugiados políticos vascos”.
Sin lugar a dudas Jean Pierre Cherid fue un actor esencial de la guerra sucia. Desde muy pronto este pistolero de la OAS contó con protección oficial a pesar de la existencia de una orden de extradición desde Francia, y en mayo de 1973 el comisario jefe de Madrid cursó un teletipo al entonces director general de Seguridad coronel Eduardo Blanco informando que tenían localizado a Cherid; la respuesta fue tajante “la citada orden ha quedado sin efecto”.
Se le ha relacionado con el atraco en la Gran Vía madrileña al furgón del Banco Coca en noviembre de 1973, que proporcionó a los atracadores un botín de 17 millones de pesetas, de hecho, fue detenido y pronto quedó en libertad sin cargos.
Un gánster de este calibre, además con la experiencia militar adquirida como paracaidista francés en Argelia y como mercenario en Biafra, no podía ser desperdiciado por la criminal Brigada Político Social. En enero de 1976 se incorporó al grupo de Stefano Delle Chiae y fue uno de los miembros del Batallón Vasco Español con más crímenes a sus espaldas.

Según el listado de víctimas del terrorismo de Estado elaborado por el Gobierno Vasco se le atribuyen los asesinatos de José Miguel Beñarán Ordeñana, Argala; Enrique Álvarez Gómez, Korta; Jon Lopategi Carrasco, Pantu; Joaquín Etxebarria y Esperanza Arana asesinados en Caracas y José Martín Sagardia Zaldua, Usurbil.
También le son imputados los atentados que hirieron a Xabier Agirre Unamuno y Ángel Iturbe Abasolo y el secuestro fallido de Arantxa Sasiaín. Y aunque no está recogido por el Gobierno Vasco debe añadirse la muerte en Iparralde el 12 de mayo de 1979 de Francisco Javier Larrañaga Juaristi, Peru.
El exiliado Tomás Hernández Navarro tuvo la mala fortuna de ser testigo presencial de este atentado, tres días después fue secuestrado en Hendaya y desaparecido para siempre, el retrato que hizo la policía francesa de los secuestradores coincide con los de Jean Pierre Cherid y Mohamed Talbi.

A esta inacabable orgía de sangre hay que añadir el asesinato el 28 y 29 de junio de 1979 en París de los militantes del PCE(r) Francisco Javier Martín Eizaguirre y Aurelio Fernández Cario, quienes residían legalmente en Francia, a manos de Cherid y Talbi.
Lo que llama a confusión es lo que dice Makazaga sobre su muerte en Biarritz al explotarle un auto-bomba que estaba manipulando para atentar contra siete refugiados. Esta redacción da entender que le explotó la bomba cuando estaba preparando un atentado, cuando hoy se sabe perfectamente que lo mataron sus jefes de las cloacas del Estado.
En la primera etapa de Jean Pierre Cherid en el Batallón Vasco Español, la dirección de la guerra sucia la llevaba la policía con Manuel Ballesteros a la cabeza en comandita con los servicios de inteligencia, hasta 1977 el SECED y a partir de esa fecha el CESID cuyo enlace era un capitán de fragata conocido entre los mercenarios como Pedro el Marino (su nombre auténtico Pedro Rivera Arruti). De esta época data la gran amistad que Cherid entabló con el torturador Antonio González Pacheco (Billy el Niño).
Con la llegada del PSOE y la fundación de los GAL como inédita sigla del terrorismo de Estado, empiezan a surgir fricciones entre Cherid y los nuevos mandos de las cloacas estatales.
Las responsabilidades principales se trasladan a la Guardia Civil, el jefe directo de Cherid pasa a ser el sargento Manuel Pastrana del Servicio de Información de este Instituto Militar. Jean Pierre Cherid a finales de 1983 tiene decidido abandonar este equipo de sicarios y proyecta enrolarse como mercenario en Sudáfrica para la defensa de la civilización blanca.
En el entonces recién constituido GAL, en octubre de 1983 han secuestrado, torturado y asesinado a Lasa y Zabala, y se encienden todas las alarmas.
Cherid conoce a fondo los entresijos de la guerra sucia desde hace muchos años. La Guardia Civil le encarga un último trabajo, tiene que retirar un coche estacionado en Biarritz cargado de explosivos que él mismo había aparcado unos días antes para atentar contra un grupo de refugiados vascos y debe llevarlo a Irún.
El 19 de marzo de 1984 Cherid le pide a su cuñado que lo lleve a Biarritz para recoger el vehículo y de paso comprar una tarta para celebrar el día del padre con sus hijas. Su cuñado lo dejó a la altura del Renault 18 y desde el retrovisor vio como nada más abrir la puerta explotó. El coche, aunque cargado de explosivos, debería estar desconectado pues iban a explosionarlo al otro lado de la frontera por control remoto.
Durante años los aparatos del Estado en los albañales y su corte mediática han propagado que Cherid murió manipulando una bomba; primero fue el ABC y más tarde fue Cambio 16 quien publicó un reportaje preparado por la Guardia Civil en el que un mercenario encapuchado empuñando una metralleta (que la mujer de Cherid identificó fácilmente como Mario Ricci) decía que la muerte de Cherid fue un accidente porque cuando quiso accionar el mando a distancia éste no respondió pues la pila estaba gastada y Jean Pierre fue a comprar una nueva batería. Al colocarla en el mecanismo de detonación, la bomba hizo explosión. Esta fue la versión oficial durante años, aunque sabemos por el testimonio directo del hermano de su mujer, Teresa Rilo, que no fue así, que nada más abrir la puerta alguien activó el mando a distancia y provocó la explosión. De hecho, según el informe pericial de la Gendarmería, todos los restos orgánicos estaban fuera del radio del coche.
Los gendarmes en el paisaje desolador provocado por la explosión encontraron los restos de un carné expedido por la Dirección General de la Guardia Civil a nombre del sargento del Servicio de Información Iván González Rodríguez, con la foto de Jean Pierre Cherid vistiendo el uniforme de la Guardia Civil.
La versión del accidente quebró definitivamente a raíz de un reportaje de la revista Interviú publicado en febrero de 1990 en el que el también mercenario Giussepe Calzona amigo de Cherid declaraba que éste había sido eliminado por sus jefes angustiados ente su inminente partida a Sudáfrica. El libro “Cherif. Un sicario en las cloacas del Estado” escrito por la periodista de investigación Ana María Pascual y la propia viuda, Teresa Rilo, aporta una detalladísima información sobre las actividades delictivas de su marido, la policía y la Guardia Civil y su muerte decretada y ejecutada por los conductores de la guerra sucia en 1984.
Entre otros muchos datos relata que dos guardias civiles de paisano inmediatamente después de conocerse la muerte del pistolero se presentaron en su domicilio para retirar todo rastro documental de la vinculación de Cherid con la “benemérita” y la goma 2 que estaba escondida en la caja de la persiana de la cocina.
Jean Pierre Cherid nadó en las pestilentes cloacas del Estado y esas mismas cloacas se lo tragaron para siempre. Ya lo dijo la X del Gal, Felipe González, el Estado de Derecho se defiende también en las cloacas y añadimos: se defiende también de sus propios esbirros cuando son testigos peligrosos.
Publicamos estas líneas sobre algo sucedido hace más de 40 años porque no entendemos que se siga de forma elíptica abonando la tesis de que este verdugo sufrió un accidente, cuando es un hecho indiscutido que fueron otros sayones de los aparatos del Estado quienes pusieron fin a su vida de mercenario.