
Internacional
Líbano
Hezbolá a un año del alto al fuego
Un año después del inicio del alto el fuego entre Israel y Hezbolá, la situación sobre el terreno dista mucho de ajustarse a lo acordado. Lejos de retirarse del sur del Líbano, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) han consolidado una presencia permanente en dicho territorio y continúan lanzando ataques casi diarios.
Lo que debía ser un cese de hostilidades para desactivar el frente norte de la guerra iniciada tras el 7 de octubre se ha transformado en una ocupación de facto acompañada de una escalada progresiva que amenaza con desembocar en una nueva guerra.
Un acuerdo muerto desde el inicio
El alto el fuego firmado el 27 de noviembre de 2024 fue concebido como una pausa operativa que permitiera a Israel concentrar sus recursos en la Franja de Gaza y debilitar el Eje de la Resistencia encabezado por Irán, rompiendo la máxima de la “unidad de las arenas”. A cambio, Hezbolá aceptó retirar sus efectivos más allá del río Litani y detener sus operaciones. El Ejército libanés debía ocupar las zonas abandonadas y garantizar que no hubiera presencia armada de Hezbolá en ellas. Estados Unidos y Francia establecieron un centro de monitorización para supervisar el cumplimiento.
Sin embargo, mientras Hezbolá no ha lanzado un solo ataque contra el ejército israelí desde la firma del alto el fuego, manteniendo una adhesión estricta a los términos del acuerdo: retirada y desarme de la organización chiíta al sur del río Litani. Sin embargo, Israel no ha correspondido. No solo se ha negado a abandonar el sur del país, sino que mantiene el control de amplias franjas del territorio bajo supervisión militar directa.
Actualmente, Israel conserva cinco bases militares dentro de Líbano desde las que ha ejecutado múltiples operaciones ofensivas. Según cifras oficiales recogidas por la ONU y por las autoridades libanesas, se han registrado más de 12.000 violaciones del alto el fuego a lo largo del último año.
De ellas, 7.500 corresponden a incursiones aéreas –incluye acciones de intimidación como sobrevolar el funeral de Nasrallah en la propia Beirut, estos vuelos rasos además generan daños significativos al romper ventanas de viviendas– y otras 2.500 a vulneraciones del territorio libanés, incluido un muro ilegal erigido dentro del Líbano que bloquea el acceso a más de 4.000 metros cuadrados de superficie.
Lejos de ser incidentes puntuales, estas acciones evidencian una pauta sostenida cuyo objetivo es consolidar posiciones estratégicas, ensanchar el perímetro de control y condicionar la capacidad de maniobra del Ejército libanés y de Hezbolá.
Asimismo, la presión no se limita al plano territorial. Israel ha llevado a cabo 1.200 redadas y otras operaciones de menor escala en el sur del Líbano, además de 669 ataques aéreos confirmados. Como consecuencia, 330 personas han muerto –al menos 127 de ellas civiles, según Naciones Unidas– y 945 han resultado heridas, de acuerdo con el Ministerio de Salud libanés.
La mayor parte de las víctimas civiles se concentra en las zonas rurales próximas a la frontera, donde los desplazamientos y el abandono de viviendas se han convertido en una constante ante el temor a los bombardeos.
Además, la ocupación israelí en el sur de Líbano no se ha reducido a ataques contra la población y Hezbolá. Uno de sus principales objetivos ha sido evitar la recuperación económica y la reconstrucción. Muchos ataques han sido dirigidos a infraestructuras, maquinaria, fábricas de producción de cemento, a los pueblos de las fronteras donde se ha disparado a todo aquel que tratara de regresar a su hogar y a la actividad agrícola.
El ejército israelí ha impedido que los agricultores recojan la siembra de la aceituna y ha generado enormes daños sobre la industria tabaquera. Los drones están teniendo un papel central en la ocupación, detienen a vehículos y obligan a los conductores a bajar para ser inspeccionados, también paran a transeúntes, entran en viviendas y dan todo tipo de órdenes a través de altavoces.
Durante los últimos tres meses, la escalada ha sido aún más grave. El 30 de octubre fuerzas israelíes entraban en el municipio de Blida y mataban a un trabajador municipal mientras dormía, a quien acusaban de ser un “activo” de Hezbolá. En respuesta a este ataque el presidente libanés, Joseph Aoun, se vio obligado a ordenar que el ejército libanés debía enfrentar cualquier incursión israelí en la frontera sur:
“Lo que Israel hizo hoy en el sur del Líbano constituye un crimen flagrante, no solo según las disposiciones del derecho internacional humanitario, que penaliza los ataques, el terror y el desplazamiento forzado de civiles, sino también un atroz crimen político. Cuanto más se muestra el Líbano dispuesto a negociar pacíficamente para resolver los asuntos pendientes con Israel, más persiste este último en su agresión contra la soberanía libanesa, se jacta de su desprecio por la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad y continúa violando sus obligaciones en virtud del acuerdo de cese de hostilidades. Ha transcurrido casi un año desde que entró en vigor el alto el fuego, y durante ese tiempo Israel no ha escatimado esfuerzos para demostrar su rechazo a cualquier acuerdo negociado entre los dos países… Su mensaje ha sido recibido. ”
Por su parte Hezbolá publicó una carta abierta al pueblo libanés y sus dirigentes, en la que ha sido hasta ahora la señal más clara de que está lista para reanudar la resistencia, esta vez en abierta coordinación con el ejército. Hezbolá reafirmó su “derecho legítimo a defenderse contra la ocupación y la agresión”, señalando que la cuestión de las armas no puede discutirse en respuesta a presiones extranjeras o chantajes israelíes, sino sólo en un marco nacional de consenso, como parte de una estrategia integral de seguridad, defensa y protección de la soberanía nacional.
La escalada continuó el 16 de noviembre cuando soldados israelíes disparaban a los cascos azules de la ONU, mientras el 20 hacían lo propio contra soldados libaneses. Además, las operaciones israelíes han traspasado el límite simbólico del río Litani, una línea que desde 2006 funcionaba como barrera implícita entre ambos actores y que había sido restaurada con el alto al fuego.
Aviones y drones israelíes han golpeado un campo de refugiado palestino en Sidón, matando a 13 personas, y en la propia Beirut, rompiendo así los límites implícitos. La ruptura del Litani no es accidental, pues responde a un cambio estratégico en el que Israel está señalizando que busca imponer una derrota total a la organización chií y que no se va a contentar con el desarme en el sur.
La acción más significativa se produjo el 23 de noviembre, cuando Israel asesinó a Haytham Ali Tabatabai, jefe militar de Hezbolá y segundo al mando tras Naim Qassem, en un bombardeo contra un edificio residencial en Beirut.
Este es el ataque más grave desde el inicio del alto el fuego, no solo por la relevancia del objetivo –Tabatabai desempeñaba un papel crucial en la coordinación del ala militar y en la relación con Irán–, también porque tuvo lugar sin previo aviso de evacuación, un procedimiento que en ataques anteriores Israel ha aplicado para evitar la muerte de civiles y justificar la “legalidad” de sus acciones ante sus aliados occidentales.
El asesinato de Tabatabai, por su forma y su ubicación, rompe definitivamente con la ficción de un frente congelado. Supone admitir que el alto el fuego nunca tuvo como finalidad detener la guerra. El alto al fuego ha sido, por el contrario, una forma de reordenar la guerra bajo condiciones más favorables a Israel.

El Plan Barrack
La postura de Hezbolá no obedece exclusivamente a razones militares. El movimiento chií enfrenta un desgaste interno significativo. Durante la guerra importantes sectores maronitas y suníes consideraron que el frente de solidaridad abierto con Palestina no respondía a los intereses libaneses, sino a una agenda regional iraní. El desplazamiento de la población chií del sur a la capital generó nuevas tensiones sectarias, lo que reavivó el miedo a una nueva guerra civil. Hezbolá se encontró por lo tanto atrapado entre dos fuegos.
El objetivo del Partido de Dios durante este año ha sido recuperar la narrativa, alejarse del peligro de la guerra civil demostrando que sigue siendo la fuerza de la resistencia contra la ocupación israelí frente a un Estado que no está dispuesto a proteger la soberanía libanesa. La organización necesita tiempo para recomponerse tras la pérdida de su cúpula militar, recuperar su base social y reforzar su legitimidad, pero ha tenido que pagar un peaje, aceptando el marco nacional ha defendido el monopolio de las armas del Estado y el desarme como horizonte.
En febrero de 2025 Hezbolá perdió su poder de veto en el gobierno libanés. El compromiso con el nuevo primer ministro Nawaf Salam permitió a Amal, el otro partido chií, retener el ministerio de Finanzas. Pero los partidos chiitas renunciaron a su reivindicación, arrancada por la fuerza de las armas en 2008, de controlar un tercio de los ministros del gabinete, lo que equivale a tener poder de veto.
El bloque chiita retrocedieron así al Acuerdo de Taif de 1989, donde los chiitas quedaron como el grupo más marginado en la ecuación sectaria libanesa, al quedarse la presidencia del parlamento frente al cargo de primer ministro para los musulmanes sunníes y el cargo de Jefe de Estado para los cristianos maronitas. Hezbolá conquistó esos derechos en el acuerdo de Doha de 2009, tras ocupar la parte occidental de Beirut y desarmar a los grupos sunitas.
Hezbolá también debió ceder en otra cuestión de importante peso simbólico y político: la declaración ministerial del gabinete no mencionó su condición como actor de la “resistencia”, a
diferencia de las anteriores. Así, por primera vez en años, la declaración política del gabinete libanés no incluye la frase “ejército, pueblo y resistencia” que legitima el armamento de Hezbolá, por el contrario, pide “un Estado que tenga la decisión de la guerra y la paz”.
De esta forma, Hezbolá optó por el pragmatismo, cediendo terreno a la acción del Estado, sobre el cual se cobija. Un Estado que, siempre dubitativo, se niega a presentar resistencia a la ocupación israelí, que continúa en el sur de Líbano.
El gobierno de Salam consiguió así tener mayoría para plantear el plan de desarme. En agosto de 2025 el gobierno libanés, en una sesión encabezada por el presidente de la República, el general Joseph Aoun, en el Palacio de Baabda, aprobó el plan propuesto por el enviado especial de EEUU.
Tom Barrack había advertido que si no daban este paso, que suponía un compromiso firme con el desarme de Hezbolá, Líbano se quedaría atrasado frente al resto de Oriente Medio: “¿Por qué? Por un lado está Israel, por otro Irán, y ahora Siria se está manifestando tan rápidamente que, si el Líbano no actúa, volverá a ser Bilad al-Sham”. Sutil amenaza de Barrack de que Líbano podía desaparecer como Estado, Bilad al-Sham es la “Siria histórica”. El documento de 12 puntos planteaba una serie de compromisos y objetivos generales, con incentivos económicos de EEUU y los países árabes para completar el desarme:
1. Implementar por el Líbano el Documento de Acuerdo Nacional, conocido como Acuerdo de Taif, la Constitución libanesa y las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, en particular la Resolución 1701, y adoptar las medidas necesarias para extender plenamente su soberanía a todo su territorio.
2. Esto tiene como objetivo fortalecer el papel de las instituciones legítimas, establecer la autoridad exclusiva del Estado para tomar decisiones en materia de guerra y paz, y garantizar que la posesión de armas esté restringida exclusivamente al Estado en todo el Líbano.
3. Garantizar la sostenibilidad del cese de hostilidades, incluidas todas las violaciones terrestres aéreas y marítimas, mediante medidas sistemáticas que conduzcan a una solución permanente, integral y garantizada.
4. Eliminación gradual de la presencia armada de todos los actores no estatales, incluido Hezbolá, en todo el territorio libanés al sur y al norte del río Litani, a la vez que se presta apoyo al Ejército Libanés y a las Fuerzas de Seguridad Interna.
5. Despliegue del Ejército Libanés en las zonas fronterizas y en puntos clave del interior, con el apoyo adecuado al Ejército Libanés y a las fuerzas de seguridad.
6. La retirada israelí de los Cinco Puntos que sigue ocupando y resolver los problemas fronterizos y de los prisioneros por medios diplomáticos incluidas las negociaciones indirectas.
7. El retorno de los civiles de las aldeas y pueblos fronterizos a sus hogares y propiedades.
8. Garantizar la retirada de “Israel” del territorio libanés y el cese de todas las acciones hostiles, incluidas las violaciones terrestres, aéreas y marítimas.
9. La demarcación permanente y visible de la frontera internacional entre el Líbano e “Israel”.
10. La demarcación y delimitación permanentes de la frontera entre el Líbano y Siria.
11. Celebrar una conferencia económica con la participación de EEUU, Francia, Arabia Saudita, Catar y otros países amigos del Líbano para apoyar la economía y la reconstrucción libanesas de modo que el Líbano pueda volver a ser un país próspero y viable.
12. Apoyo internacional adicional a los servicios de seguridad libaneses, en particular al Ejército Libanés, proporcionándoles los medios militares adecuados para implementar las disposiciones de la propuesta y garantizar la protección del Líbano.
En segundo lugar, se establecía un calendario para el desarme de Hezbolá por fases:
Fase I (días 0-15): Estabilización del alto el fuego, cese de la actividad militar tanto por parte de Israel como de Hezbolá, y aprobación formal del plan por parte del Gobierno libanés, incluido el compromiso de desarme.
Fase II (días 15-60): Desarrollo y ejecución inicial de un plan de despliegue de las Fuerzas Armadas Libanesas, con el apoyo técnico de Estados Unidos. Israel comenzaría a retirarse de cinco posiciones a lo largo de la frontera y los prisioneros libaneses serían liberados a través de la Cruz Roja.
Fase III (días 60-90): Retirada total de Hezbolá del sur del Litani, aumento de la presencia de las Fuerzas Armadas Libanesas en el valle de la Bekaa y las regiones del norte, y comienzo de las reparaciones de las infraestructuras.
Fase IV (días 90-120): Desmantelamiento completo de las capacidades militares no estatales, control de seguridad a nivel nacional por parte de las Fuerzas Armadas Libanesas, demarcación definitiva de las fronteras internacionales y puesta en marcha de una conferencia de recuperación económica copatrocinada por Estados Unidos, Francia, Arabia Saudí y Qatar.

Hezbolá se enroca en la defensa de la soberanía
Los ministros de Hezbolá respondieron a esta decisión abandonando la reunión del consejo de ministros en protesta por el plan, considerando “el gobierno del primer ministro, Nawaf Salam, cometió un gran pecado al tomar la decisión de despojar al Líbano de las armas de la resistencia contra el enemigo israelí” y que esta decisión era “resultado de las imposiciones del enviado estadounidense”. Advirtiendo que “la decisión del gobierno sirve por completo a los intereses de «Israel» y deja al Líbano expuesto ante el enemigo sin ningún elemento de disuasión”.
Hezbolá ha situado en todo momento su defensa en el marco de los intereses nacionales y la soberanía del Líbano, señalando que “el gobierno ha ignorado el compromiso del Presidente de la República, expresado en su discurso de investidura, de debatir una estrategia de seguridad nacional”. Pero a pesar de las críticas, el Partido de Dios se conformaba con decir: “trataremos la decisión del gobierno como si no existiera, y al mismo tiempo estamos abiertos al diálogo”.
Esta difícil maniobra de equilibrismo de Hezbolá dio cierto modo resultado, pues la realidad es que pronto pudo verse que Israel no estaba dispuesto a hacer ninguna concesión. Tom Barrack no pudo forzar a los israelíes a cumplir su parte y pronto quedó desacreditado, ni se redujeron los ataques ni se retiraron de las zonas ocupadas del sur. Los sectores más pro-israelíes de la administración Trump bloquearon sus esfuerzos de presión al Estado sionista.
Esto quedó claro durante su siguiente visita al Líbano, donde estuvo acompañado por Morgan Ortagus, la enviada especial a Oriente Medio, y el senador Lindsey Graham, que marcaron la agenda y pusieron límites a Barrack. Al gobierno libanés se le dejó claro que podía decidir entre el desarme de Hezbolá por la fuerza o una nueva guerra, y el propio Barrack también tomó una postura de reprimenda a Beirut por “no cumplir” para no verse derrotado.
Esto explica que desde entonces el gobierno considere nulo y sin efecto el plan Barrack, pues ya no es posible un desarme pactado que asegure la retirada israelí.
Desde entonces el ejército libanés ha estado implementando el desarme únicamente al sur del río Litani. El 6 de octubre, el gabinete revisó el primer informe mensual del ejército sobre la aplicación del monopolio estatal de armas militares, que reveló que los esfuerzos de desarme habían progresado sin problemas en la zona al sur y que el ejército estaba satisfecho con la cooperación de Hezbolá.
Por su parte, Hezbolá se ha resistido a negociar un desarme general, pero ha aceptado cumplir con las condiciones en el sur a la espera de una oportunidad para renegociar los términos del alto el fuego con Israel y traducir esto en un nuevo acuerdo interno dentro del Líbano.