
Muro de solidaridad y denuncias:
-Memoria de un fotógrafo
Joaquín Hernández Kiki.
Me he comido muchos marrones en mis cincuenta años como fotógrafo, y el que hoy recuerdo no lo olvidaré jamás. Tal día como hoy 5 de diciembre de 1982 fue abatido por disparos de tres policías, en Barcelona, el gaditano Juan Martín Luna, miembro de los GRAPO.
A los pocos días se celebró el entierro en Cádiz. El féretro fue llevado a hombros por familiares y amigos desde el Cerro del Moro hasta el cementerio. Un trayecto largo y tenso que tuve que recorrer pegado a la comitiva, como único fotógrafo, haciendo mi trabajo.
Entonces, ejercer de fotógrafo de prensa no era sencillo. La profesión cargaba con una sospecha permanente: para muchos, quien hacía fotos en momentos delicados podía ser un confidente de la policía o alguien “al servicio del poder”. Las miradas lo decían todo. No había confianza, y cada disparo de la cámara podía interpretarse como una provocación.
Aun así, había que seguir adelante porque, como decía Federico Linares, los fotógrafos de prensa somos notarios de la actualidad. Éramos testigos incómodos, necesarios y, a veces, mal vistos. Pero nuestras imágenes eran —y siguen siendo— parte de la memoria colectiva.

-Cádiz en el recuerdo
La memoria de Cádiz no se entiende sin quienes dieron la vida por transformar de raíz la realidad del pueblo trabajador.
Juan Martín Luna, gaditano como yo, era uno de esos compañeros que no buscaban migajas ni reformas vacías: luchaba por la toma real del poder por parte de los obreros, por una ruptura auténtica con el orden capitalista que nos explotaba entonces y nos explota hoy.
Por eso lo persiguieron y por eso lo abatió la policía en 1982.
La Transición que venden como democrática fue, para nuestra clase, una operación de continuidad: el mismo Estado, los mismos métodos y los mismos intereses defendidos a golpe de porra y de bala. A los revolucionarios se les borraba del mapa; a quienes denunciaban, se les vigilaba; y al pueblo trabajador se le pedía silencio.
Pero la memoria de Juan Martín Luna no se borra porque no pertenece a los poderosos: pertenece a Cádiz, a nuestra clase, a quienes seguimos creyendo en la necesidad de que el poder pase de las élites a los obreros.
No es un recuerdo triste: es una lección política.
Es la prueba de que cada avance del pueblo trabajador ha costado vidas, y de que el Estado ayer y hoy siempre responde igual cuando alguien plantea una transformación real.
Por eso su historia no se entierra: se levanta, se reivindica y se continúa.
Porque Cádiz tiene memoria, y la memoria obrera es una herramienta para luchar, no para olvidar.