
Internacional:
Ecuador
-Caso Guevarista: un falso positivo que debe terminar ya.
3 militantes de izquierda, 3 militantes revolucionarios. 2 Guevaristas, 1 dirigente campesino-indigena, siguen presos y condenados por un gobierno que persigue la disidencia política.
El Caso Guevarista fue construido sobre un falso positivo orquestado y ejecutado por la Fiscalía del Ecuador, el Fiscal a cargo del caso fue Wilson Toainga, el mismo ahora ha sido denunciado por prácticas de fraude procesal y la creación de falso positivos judiciales bajo las órdenes de la ex-fiscal General Salazar. Para perseguir y condenar a opositores políticos.
Como consecuencia de este montaje, nuestros compañeros Omar Campoverde, Carlos Carguachi y Gabriela Gallardo llevan más de tres años privados de su libertad.
Tres militantes y luchadores sociales fueron acusados con base en falsos testigos y testimonios sin ningún elemento de convicción que respalde dichos testimonios.
Todo fue armado deliberadamente para criminalizar la lucha social y tratar de amedrentar a las organizaciones sociales que se disponían a participar en las manifestaciones que se habían anunciado para el paro nacional de 2022, como respuesta a las medidas de reajuste económico del gobierno de Lasso.
Con la complicidad de medios de comunicación, se violentó los derechos de los imputados en el caso y se intimidó a familiares, simpatizantes y abogados de los Guevaristas. Todo esto para respaldar el discurso de construcción del enemigo interno que luego sería usado para justificar lo que vendría después (militarización, inversión y mayor poder de FFAA con enfoque de seguridad, reajustes económicos para «garantizar la seguridad» y violaciones sistemáticas de derechos humanos).
Desde su detención, el 19 de mayo de 2022, han transcurrido ya 42 meses —tres años y medio— de encierro en lo que con toda razón han llamado “cementerios de personas vivas”. Durante todo este tiempo hemos buscado justicia por todas las vías posibles, pero esta nos ha sido sistemáticamente negada. Aun así, nunca hemos perdido la esperanza y seguimos luchando incansablemente por su libertad.
Hoy, los medios de comunicación están sacando a la luz la podredumbre y la falsedad con que la Fiscalía y sus principales funcionarios montaban los más aberrantes falsos positivos, fabricando delitos y señalando como “enemigos de la seguridad y de la nación” a quienes simplemente defendían los derechos del pueblo.
Los que ayer acusaban son hoy los acusados. Todos sus montajes se les están volviendo en contra como un boomerang que les golpea con la fuerza de la verdad.
Ha llegado la hora de que se haga justicia real:
Que los responsables de estos montajes judiciales paguen por sus crímenes.
Que todas las víctimas de sus falsos positivos recuperen inmediatamente su libertad y sean reparados por el estado.
Solidaridad con los Presos Políticos Guevaristas.
¡Libertad inmediata para Gabriela Gallardo! ¡Libertad inmediata para Carlos Carguachi! ¡Libertad inmediata para Omar Campoverde!
¡No más presos por luchar! ¡Basta de lawfare y persecución política!

-Denuncia pública: basta de ensañamiento contra los presos políticos.
El día de hoy nos ha llegado la dolorosa noticia de que nuestro compañero Omar Campoverde, ha sido trasladado de manera ilegal al campo de concentración fascista llamado «Cárcel del Encuentro».
Esta medida no se justifica por cuanto Omar no tiene sentencia ejecutoriada, por lo tanto mantiene su condición de inocencia, no pertenece, no ha pertenecido, ni pertenecerá a un GDO, no ha tenido problema o malos comportamientos durante su secuestro penitenciario.
La única razón por la cual lo trasladan es por ser el Presidente del Comité de Personas Privadas de Libertad «Nelson Mandela», organización que ha denunciado las continuas violaciones a los DDHH que se cometen en las cárceles del Ecuador, que ha denunciado la corrupción del SNAI y que ha impulsado acciones de protección para que se garanticen los derechos básicos de los privados de libertad.
Omar es un Preso Político, un Revolucionario encarcelado por luchar por la justicia social, ha sido perseguido por fiscales señalados públicamente por forjar pruebas y sobornar testigos.
Este ilegal traslado solo demuestra que el objetivo del campo de concentración fascista llamado «Cárcel del Encuentro» no tiene como objetivo frenar la delincuencia, sino frenar la protesta social, acallar a los que denuncian la injusticia, criminalizar a los luchadores sociales.
Exigimos que el régimen ponga fin a la criminal política de la dispersión. Que sí no quiere denuncias, deje de violar los DDHH y cumpla con los tratados internacionales, que deje de utilizar a las PPLs como base para su campaña populista ante la debacle nacional que sus políticas neoliberales han generado.
Libertad para Omar Campoverde, Preso Político
No a la criminalización de la protesta social
Libertad Presos Políticos Guevaristas
MGTL- PRT

Palestina
-Antiguo Testamento. Samuel 15:3
“Ve, pues, y destruye todo lo que tienen y no te apiades; mata a los hombres, mujeres y niños, bueyes y ovejas, camellos y asnos”…
Viñeta en la revista EOP n.º 116

Jamás olvidar
Alemania
-Lo que suponía el Muro
El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín (el Muro de Resistencia Antifascista). Desde entonces, los medios occidentales han repetido una narrativa única: que fue “la victoria de la libertad sobre la opresión”, “el fin del comunismo” y “el nacimiento de una nueva era de prosperidad”. Pero detrás de esos slogans se esconde una realidad mucho más compleja y, sobre todo, una operación ideológica destinada a borrar la memoria de la lucha socialista del siglo XX.
El Muro de Berlín no nació de la nada. Fue erigido en 1961, en plena Guerra Fría, en respuesta al cerco económico, político y militar impuesto por las potencias occidentales contra la República Democrática Alemana (RDA). En los años previos, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia habían convertido su zona de ocupación —la futura República Federal Alemana (RFA)— en una base de operaciones del capitalismo europeo. Desde allí se financiaban sabotajes, se incentivaba la fuga de cerebros, y se desplegaba una guerra económica destinada a estrangular a la joven república socialista. El muro, más que una barrera de “represión”, fue un acto defensivo dentro de un contexto de hostigamiento permanente.
En la RDA, el Estado garantizaba vivienda, educación, salud y trabajo pleno. El analfabetismo fue erradicado, la mortalidad infantil se redujo drásticamente y el acceso a la cultura era universal. A pesar de las carencias materiales —muchas derivadas del bloqueo occidental y la reconstrucción tras la guerra—, la población contaba con seguridad social y estabilidad que en la RFA no existían. Mientras en el “Occidente libre” millones de trabajadores enfrentaban desempleo y especulación, en el Este se planificaba la economía en función de las necesidades humanas, no del lucro.
Cuando el muro cayó en 1989, no fue por una supuesta “rebelión popular por la libertad”, como insiste la propaganda. Fue resultado de una crisis política más profunda: el desgaste del bloque socialista tras décadas de presión externa, las reformas economicistas de Gorbachov bajo la Perestroika y la Glasnost, y la infiltración ideológica del liberalismo en las direcciones de los partidos comunistas. La Unión Soviética, debilitada y sin un rumbo revolucionario claro, dejó de sostener a sus aliados. La RDA fue entregada sin resistencia.
La llamada “reunificación alemana” no fue una unión entre iguales, sino una anexión. La RFA impuso su Constitución, su moneda y su modelo económico. De la noche a la mañana, las empresas estatales de la RDA fueron privatizadas por la Treuhandanstalt, una agencia que liquidó más de 14 mil industrias públicas. Millones de trabajadores perdieron su empleo, y regiones enteras quedaron devastadas. Entre 1990 y 1994, el desempleo en el Este alemán se triplicó, y la emigración masiva hacia el Oeste volvió a vaciar ciudades enteras.
El capitalismo, que prometía prosperidad, solo trajo desigualdad. Hoy, más de tres décadas después, los antiguos territorios de la RDA siguen teniendo menores ingresos, menos inversión y mayor pobreza que el Oeste. La “libertad” que se celebró en 1989 fue, en realidad, la libertad del capital para apropiarse de lo que antes pertenecía al pueblo.
El mito de la caída del Muro como “fin del comunismo” también es falso. Ni el comunismo ni el socialismo desaparecieron: mutaron, resistieron y se replantearon. En los años posteriores, el neoliberalismo expandió su dominio, pero también su crisis. La desindustrialización, la guerra permanente y la precariedad laboral demostraron que el capitalismo no puede resolver los problemas que prometió superar. Hoy, mientras el mundo enfrenta desigualdad, crisis ecológica y guerras imperialistas, las ideas de planificación, propiedad social y justicia de clase vuelven a cobrar sentido.
La caída del Muro de Berlín no marcó el triunfo de la libertad, sino la derrota temporal de un proyecto histórico de emancipación. Fue una victoria para el capital financiero y las potencias occidentales, que aprovecharon el momento para imponer el “consenso de Washington” y la globalización neoliberal. Pero los muros que el capitalismo levantó después —muros de miseria, fronteras militarizadas y desigualdad global— son mucho más altos y crueles que aquel muro de concreto que cayó en 1989.
Recordar el Muro de Berlín no significa idealizar sus errores, sino reivindicar lo que representaba: la posibilidad de un mundo distinto. Porque la historia no terminó en 1989, y el verdadero muro que hay que derribar no es de cemento, sino de explotación, alienación y mentira.
Colectivo Praxis Combativa.