
Cultura esperpento
-Censura franquista: 40 años de combate de la dictadura contra las tetas, los besos y lo que se les ocurriera.
(y II)
Viene de ayer.
Tras acabar con la cultura más viva y militante, asesinando escritores, fusilando dibujantes, encarcelando a poetas o haciendo emigrar a escultores, fotógrafos, intelectuales… el franquismo siguió censurando durante casi 40 años. Recogemos en dos partes algunos de los miles de disparates que la censura franquista dejó para la memoria….

*El Lazarillo de Tormes subversivo
El franquismo también llegó a atreverse con los clásicos. El «Lazarillo de Tormes», joya de la literatura española del siglo XVI, fue incluido en listas negras por “irreverente” y “anticlerical”. Que Lázaro criticara a clérigos avaros y corruptos tenía demasiado parecido con la España real de aquellos momentos. Así que mejor guardarlo en lo más profundo del cajón. Nada como censurar al Siglo de Oro para blindar al “glorioso presente”.
*Cuando el amor duraba demasiado
En el teatro, inspectores de moral se plantaban en la platea con cronómetro mental. Hubo funciones interrumpidas porque un beso entre actores “duraba demasiado” y podía escandalizar al público. Si el beso pasaba de casto saludo a un roce apasionado, el censor cultural levantaba inmediatamente acta. El amor medido en segundos: más de tres, pecado; más de cinco, delito.
*La señora ministra como censor paralelo
No solo los burócratas revisaban textos: también las esposas de ministros tenían voz y voto en el asunto. Hubo casos documentados de libros o revistas, prohibidos porque a “la señora” le habían parecido indecorosos. Una suerte de mezcla entre la moral doméstica y poder político que convertía la alcoba en un tribunal cultural.
*Las tijeras contra Shakespeare
No solo se prohibieron libros españoles. En algunas funciones teatrales se recortaban diálogos del mismísimo Willian Shakespeare, porque contenían insinuaciones sexuales o dobles sentidos. El pobre Hamlet, por ejemplo, que ya tenía bastante con sus dilemas existenciales, fue podado en nombre de la moral. Y Romeo y Julieta, condenados a la castidad: beso rápido y telón bajado.

*El mapa del pecado
Hubo censores que hasta corrigieron los mapas escolares. En algunos se tachó la palabra “URSS” o se borraron fronteras incómodas, como si de esa forma la Unión Soviética pudiera dejar de existir. Un niño español podía aprender que el mundo terminaba en Francia y que más allá estaba el misterio, poblado de herejes y comunistas.
*Censura sobre ruedas
Un caso delirante: en una novela traducida del inglés, un censor ordenó cambiar la frase “se subieron juntos al coche” por “se encontraron en la iglesia”. Dos jóvenes compartiendo un automóvil podían resultar demasiado insinuante. Compartir misa, en cambio, era toda una garantía de decoro y contención.
*El censor poeta
Algunos censores se permitían “corregir” los textos con vocación literaria. En un manuscrito, un funcionario censor tachó la palabra “beso ardiente” y escribió al margen: “mejor: beso puro”. Otro se indignó con la expresión “caricia apasionada”, y propuso “apretón fraternal”. Eran censores, pero también estilistas de manual de catecismo.
*La censura en la playa
En los años 50, las delegaciones provinciales del Ministerio de Información enviaban informes sobre la “moralidad” en las playas. Un censor anotó con alarma que en Benidorm se habían visto mujeres en bañador de dos piezas… aunque “la parte superior cubría lo necesario”.
Al Obispo de Canarias, Antonio Pildain Zapiain, se le ocurrió la brillantísima idea de dividir la playa capitalina de «Las Canteras» en dos partes sexualmente infranqueables: una para las mujeres y otra para los hombres. Afortunadamente, pese a los perseverantes intentos del Obispo, la iniciativa purificadora no pudo prosperar.
*Los curas contra el can-can
Las revistas ilustradas extranjeras que mostraban bailes franceses como el can-can eran sistemáticamente mutiladas. No por las coristas, sino porque enseñar las enaguas al saltar era considerado “ataque frontal a la moral católica”. España era así: el jazz era comunista y el can-can, satánico.
*La censura musical
Canciones de copla y flamenco fueron retocadas. Letras que hablaban de “quereres prohibidos” o “amores malditos” eran consideradas “inmorales” y se exigía cambiarlas. Una saeta podía pasar sin problema, pero un fandango demasiado pícaro era considerado subversivo.
*El censor del diccionario
En una edición del Diccionario de la RAE, un funcionario subrayó la definición de “fornicar” y anotó que “era mejor suprimirla”. Al parecer, si se borraba del diccionario, el pecado desaparecería del mundo. Pura magia lingüística made in Franco.
*El beso de película
En un cine de provincias, un inspector obligó a cortar una escena porque los actores se besaban “con los ojos cerrados”. Abiertos, todavía podía pasar por cordialidad. Cerrados, en cambio, era sospechoso de lujuria. Así nació el “beso franquista”: breve, rígido y en modo estatua.

*La Biblia retocada
Aunque parezca una peligrosa herejía, algunas ediciones ilustradas de la Biblia fueron cuestionadas. Especialmente el Cantar de los Cantares, considerado “demasiado sensual”. El amor poético entre los esposos se convirtió en problema teológico para un censor armado con afiladas tijeras.
*La censura postal
En la España de los 40 y los 50 se aplicó la censura hasta en las cartas privadas. El correo era revisado, y si pillaban a alguien hablando de política o que mencionara la palabra “hambre” o “paro”, podía recibir la misiva con tachones o que simplemente, no fuera enviada. Mire usted por dónde, Correos fue convertido en un censor improvisado.
*La censura en la peluquería
Se cuenta que algunas revistas extranjeras enviadas a peluquerías femeninas llegaban con las páginas arrancadas. Donde debía estar la foto de Brigitte Bardot o de una modelo en bikini, solo quedaba un hueco en blanco. El peinado se realizaba igual, pero sin distracciones “indecorosas”.
*Canciones retocadas en la radio
Coplas y boleros sufrían cambios ridículos. Versos como “te quiero en la cama” eran sustituidos por “te quiero con calma”. La radio emitía versiones limpias y purgadas, donde los amantes parecían seminaristas con guitarra.
*Cine al aire libre
En los pueblos, el cine de verano tenía un censor improvisado: el cura. Había sacerdotes que se plantaban en la primera fila con linterna. Si la película enseñaba demasiado, paraba la proyección. A veces se quedaba media plaza a oscuras mientras el cura discutía agitadamente con el operador.
*La falda peligrosa
En institutos y colegios, las profesoras podían ser reprendidas si su falda quedaba “por encima de la rodilla”. Hubo casos de directoras escolares que enviaban circulares a las familias, recordando que las alumnas debían vestir “faldas decentes y sin vuelo”, no fuera que la moda parisina pudiera sembrar el caos moral en la clase de matemáticas.
*El baile lento bajo vigilancia
En bailes de pueblo, las parejas eran separadas si se abrazaban demasiado. Algunos ayuntamientos contrataban a policías locales cuya única misión era caminar entre los jóvenes y asegurarse de que las manos masculinas no se “despistaran”. El reguetón todavía no existía, pero el merengue ya parecía entonces una verdadera revolución sexual.

*La censura en el confesionario
Hay testimonios de curas que reprendían a jóvenes por leer novelas “inmorales” como las de Corín Tellado. Sí, también la reina de la novela rosa se convirtió en sospechosa. Confesarse podía convertirse en una sesión de censura doméstica: el cura tachaba lecturas, novios y hasta películas vistas.
La censura franquista quiso ser, en definitiva, un muro infranqueable contra el pecado y el comunismo. Pero lo que realmente levantó fue un museo del ridículo. Entre bikinis juzgados en el Supremo, ángeles tapados con mangas largas y adulterios convertidos en incestos “moralmente aceptables”, la dictadura construyó un esperpento cultural que hoy provoca más carcajadas que miedo.
Claro que, detrás de la risa, estaba la represión real: autores silenciados, libros secuestrados, películas destrozadas y generaciones enteras educadas en el miedo a las palabras. La paradoja es que la censura terminó produciendo lo contrario de lo que buscaba: dejó testimonio de su propia debilidad, de su incapacidad para controlar lo humano. Porque, a pesar de los tachones, la literatura sobrevivió, el cine pudo resistir y el pueblo siguió riéndose en silencio.
Y esa risa, callada, pero persistente, fue quizás la primera grieta en el muro del franquismo.