
Muro de solidaridad y denuncias:
En memoria:
-Gerardo: abogado de “pleitos pobres”
Su labor antifranquista no acabó con la Transición, sino que continuó con la defensa de los presos políticos del nuevo régimen.
Gerardo Martín Morales falleció el pasado 16 de Mayo.
Publicado en la revista El Otro País n.º 115, sep-oct 2025.
Rafael Gómez Parra.

La lucha antifranquista tuvo una componente muy especial en la profesión de abogado. Muchos despachos se convirtieron en verdaderos pisos francos para la defensa de los presos políticos.
Uno de los más importantes fue el que llevaban Gerardo Martín Morales y su compañero Juan Manuel González Berzosa, primero en la calle Vallehermoso y luego en San Marcos. Lo que diferenciaba a estos abogados de los que utilizaron sus despachos en lucha para convertirse en políticos del PSOE o del PCE cuando llegó la Transición del franquismo, es que Gerardo siguió defendiendo a los presos políticos del nuevo régimen demofranquista. Y a muchos presos comunes. Esos fueron sus ”pleitos pobres”, como los grandes despachos de abogados capitalistas llaman a estos casos despreciando a los pocos letrados que se atreven a levantar la voz frente a los poderosos.
Mis recuerdos sobre Gerardo se me amontonan tanto que no me resulta fácil resumirlo en un artículo, seguramente necesitaría un libro. Recuerdo el día en que el periodista Andrés Sánchez y yo comíamos en casa de éste en la Ciudad de los Periodistas, al norte de Madrid. Eran tiempos, al comienzo de la Transición del franquismo, en que tanto los presos políticos como los comunes luchaban por mejorar sus condiciones de vida y sus derechos, cosa en la que el abogado Martín Morales estaba inmerso desde la mañana a la noche.
El primer deber de un preso era escaparse, como recordábamos con frecuencia y Gerardo llamó a la puerta de la casa donde comíamos, entró, se sentó, pidió una cerveza y nos dijo tranquilamente:
-¿Tenéis un pico y una pala?
-¿Para qué? –soltamos los dos un tanto asombrados, aunque estábamos muy acostumbrados a todo lo que salía de él.
-Hay que empezar a picar desde el cementerio que hay cerca de la prisión de Carabanchel para enlazar con el túnel que están haciendo los presos desde la cárcel.
-¿Un túnel con pico y pala? –exclamó Andrés – para eso habría que llamar a los mineros asturianos.
En esas estaba Gerardo, buscando picos y palas, cuando un camión de bebidas que circulaba por una calle cerca de la prisión se hundió sin que, afortunadamente, el socavón pusiera al descubierto el túnel a los presos que habían iniciado, pero todo el plan se fue al traste, si no allí habríamos visto a Gerardo cavando. Él nunca sabía decir que no y eso le trajo muchos problemas, alguno de los cuales estuvo a punto de truncar su vida profesional al suspenderle el Colegio de Abogados.
Como abogado de las causas perdidas su trabajo estaba allí donde le llamaban. Lo mismo era una anarquista detenida –más bien secuestrada por la Guardia Civil de noche en su casa-, o un joven comunista acusado de hacer una pintada. Le llamaban y a los diez minutos se plantaba en las dependencias policiales para ayudar al detenido.
No tenía miedo a nada, ni nada le era indiferente. En 1982 le acompañamos Andrés y yo a un viaje a Roma, en su coche, un Citroen tiburón, para colaborar en la defensa de presuntos miembros de Prima Linea. Le encantaban los automóviles y la velocidad pero nunca tuvo ningún percance grave, era un magnífico conductor.
Cuando llegamos a una Roma, tomada literalmente por la policía, Gerardo llevaba apuntado en un papel con la dirección donde estaba previsto que nos alojáramos. A esas horas, Roma estaba desierta y en las plazas había coches blindados policiales. Salí del coche y me dirigí a uno de ellos para preguntarles por donde podríamos llegar a la casa. Habíamos discutido antes de si en realidad había un toque de queda pero, afortunadamente, no era así y tomándonos por turistas nos indicaron el camino.
La casa en cuestión era un antiguo palacio tomado por un grupo de izquierdas que nos alojaron a todos juntos en una enorme habitación llena de camas. Al día siguiente, Gerardo y una compañera se fueron al tribunal donde se iba a celebrar el juicio mientras Andrés y yo aprovechamos para ir a hacer un reportaje del caso del niño Alfredo que murió a la edad de seis años tras caer en un pozo situado en la carretera de Vermicino, que conectaba Roma Sur con Frascati Norte. La tragedia había conmocionado a toda Italia.
Estaba también el escándalo del Estado Papal con la Logia P2 que tenía el control del Banco Ambrosiano, y el Banco Nacional Franklin, presididos respectivamente por Roberto Calvi y por Michele Sindona, que manejaban los fondos del Instituto de Obras de Religión del Vaticano y también de la mafia.
Los Estados italiano y de la Iglesia se tambaleaban con tanta inmoralidad, al mismo tiempo que se enfrentaban a continuas protestas populares y a la actuación de los grupos armados como las Brigadas Rojas. Todo ello había desembocado en un auténtico estado de excepción que obligaba, por ejemplo, a que cualquier vecino que diera alojamiento a una persona ajena a la familia tenía que comunicarlo a la policía. La vuelta a España la hicimos a doble velocidad para salir de aquel país tomado por las fuerzas policiales.
La policía española dirigida también en los primeros años de la Transición por los Billy el Niño, tenían controlado durante las 24 horas su despacho, junto a Berzosa, en la calle Vallehermoso de Madrid, y cosa curiosa, una noche alguien puso una bomba que destrozó la vivienda, en noviembre de 1979. A Berzosa le volaron el coche a la puerta de la casa de sus padres. Eran los comienzos de la guerra sucia del Gobierno.
Este despacho fue el primero que se atrevió a poner una esquela el 27 de septiembre para recordar a los cinco fusilados del franquismo, Humberto Baena, Sánchez Bravo, Ramón García Sanz, Juan Paredes y Angel Otaegi.
Defensor de los presos del FRAP, del PCE(r) y de los GRAPO, en su despacho nació la primera Asociación de Familiares y Amigos de los Presos Políticos (AFAPP), interviniendo en casos que le causaron gran impresión como la huelga de hambre de los presos del PCE(r) y de los GRAPO donde tuvo que ver morir a Juan José Crespo Galende el 19 de junio de 1981 o la fuga de los cinco presos de los GRAPO de la cárcel de Zamora en diciembre de 1979, donde estuvieron a punto de detenerle acusado presuntamente de facilitar cemento, que teóricamente iba en el maletín con el que acudía a la cárcel, a los fugados para construir el túnel que les llevó a la libertad.
Causa perdida fue también la defensa del sirio Monzer Al Kassar, un traficante afincado en Marbella acusado por Estados Unidos de suministrar armas a la guerrilla colombiana y al Frente de Liberación de Palestina. Según contaba Gerardo, Al Kassar había hecho también frecuentes favores a diferentes gobiernos españoles para que se apuntaran la medalla de liberar personas secuestradas en el Líbano durante el tiempo en que Beirut era una zona de guerra. Finalmente los Estados Unidos se salieron con la suya y consiguieron detenerle, tras su extradición de España, y condenarle a 30 años.
Episodio estrambótico fue la defensa de Aomar Mohamedi Dudú, líder musulmán de Melilla en los años 80 que dirigió las movilizaciones de protesta por la Ley de Extranjería, y que finalmente tuvo que exiliarse en Marruecos. Gerardo no solo se encargó de su defensa, sino que consiguió del delegado del Gobierno, Manuel Céspedes, algunas mejoras para la población musulmana e incluso que Dudú fuera nombrado asesor del ministerio de Interior. Todo ello en medio de continuas negociaciones y aventuras.
Me cuenta Andreu García que precisamente conoció a Gerardo en 1987 pasando consulta en el patio de una mezquita en una silla y mesita playera. Iba con Alfredo Grimaldos a realizar un reportaje sobre los gravísimos incidentes que se habían producido, en los que un chico bereber fue herido de bala por el hijo de un militar, quedó tetrapléjico y el hijo del militar patriota quedó impune. Al final nadie nos publicó nada.