
Muro de solidaridad y denuncias:
Artículos desde prisión
-De Procesiones y otras místicas inutilidades
Juan García Martín / Preso político del PCE (r)
Publicado en la revista El Otro País, n.º 115, sep-oct 2025.
Como una atracción turística más, vemos cómo en Semana Santa y fiestas patronales, ciudad a ciudad y pueblo a pueblo por toda España, las multitudes se ponen los hábitos –más o menos ortodoxos– y salen a procesionar por calles y caminos con el imprescindible acompañamiento de trompetas y tambores. Se produce, así, una especie de catarsis mística en unas gentes que los demás días del año no pisan sagrado ni para enterrar a sus muertos, unos días que sirven tanto de desahogo emocional de las masas como de consuelo de meapilas, además de llenar los cepillos de las “capillitas”.
No son estos espectáculos folklórico-religiosos los únicos que llenan las calles de multitudes enfervorecidas. 8 de marzo, 1º de mayo, concentraciones y manifestaciones en defensa de la sanidad y educación públicas, contra la especulación con la vivienda, los desastres medioambientales y el racismo y la xenofobia o en protesta por el genocidio en Gaza, huelgas y marchas por motivos laborales, etc. Raro es el día en que miles de personas no salen a la calle en una justa actividad reivindicativa o de denuncia. Y en su gran mayoría tienen en común que se desarrollan “pacíficamente”, procesionalmente se podría decir, sin más incidentes que los que pueda provocar algún policía que se pone “nervioso” ante tanta bulla.
Con un poco de imaginación, añadamos a esas manifestaciones unos cuantos políticos o sindicalistas de postín dirigiendo el cotarro a modo de “hermanos mayores” de la cofradía, unas pancartas y banderas portadas como quien lleva una imagen venerada y la inevitable batukada como acompañamiento musical y ¡ya tenemos la procesión en marcha!
Y así llevamos… ¿Una exageración? Pues daba grima el pasado 25 de junio en una multitudinaria manifestación en Madrid en defensa de la sanidad pública ver cómo se bailaba y cantaba al son festivo de la batukada de rigor o cómo los ministros culpables o cómplices de la privatización de los servicios públicos iban en primera línea llevando las pancartas. Y el 30 del mismo mes se volvía a repetir el mismo espectáculo por las calles de un montón de ciudades españolas protestando contra el rearme y la guerra. ¡Y esta frivolidad se daba en asuntos que están costando miseria, sufrimiento y muertes!
Por supuesto, no es mi intención hacer burla de la gran mayoría de quienes acuden a estas movilizaciones de buena fe, cargada de razones y de indignación; ellos aprovechan el cauce que el sistema les ofrece, aparentemente el más fácil, para exponer o intentar resolver sus problemas. Quienes merecen escarnio político son aquellos que solo ven, acuden y ofrecen tales cauces, presentando esas “procesiones” como si fueran el no va más de la combatividad cuando, en realidad, limitan –y para eso están– el campo de acción de la protesta popular y sus resultados; es decir, la hacen inocua para el sistema.
Tras tantos años de movilizaciones de ese tipo es legítimo preguntarse si sirven para algo más que para exponer públicamente los problemas (por otra parte, de sobra conocidos por quienes los padecen), desfogarse por un día, hacer a la gente sentirse a gusto por el deber cumplido y embellecer al propio régimen fascista que “te deja” manifestarte. Sustituir la mala leche y la combatividad por la superficialidad y el folklore festivo solo conduce al cansancio, al desánimo y a la desmoralización.
En el transcurso de decenios de una práctica anodina e inocua, se ha perdido la fuerza revolucionaria de las movilizaciones populares. ¡Ya no dan miedo al sistema capitalista y su régimen! Hemos olvidado que una huelga se hace para causar daño económico al patrón y presionarle para que acepte las reivindicaciones obreras, que las asambleas son un ejercicio de democracia proletaria donde quienes combaten –y solo ellos– votan y deciden su futuro, que las manifestaciones son muestras del poder del pueblo cabreado, unido, organizado y en marcha dispuesto a acojonar al enemigo de clase y sus esbirros.

Una acción de protesta no es un acto festivo, sino un instrumento de lucha; si algún acompañamiento musical precisa son gritos de indignación y ánimo y tambores de guerra.
Tampoco se trata de que todos los conflictos y movilizaciones deban conducirse y conducirnos a una especie de “guerra total” o que a la mínima entremos “a saco” contra todo lo que se menee.
De lo que se trata es de que nuestras movilizaciones estén a la altura de los graves problemas que las motivan y las dificultades que nos encontramos para solucionarlos.
Se trata de imponer el ejercicio de nuestras libertades democráticas sin ataduras “pactadas” y de una manera efectiva, es decir que sirvan para defender o lograr nuestras reivindicaciones. Se trata de no pedir permiso, de practicar la desobediencia civil si es preciso, de romper con corsés legales, de no seguir el camino trillado que nos ofrecen el enemigo de clase y sus acólitos reformistas y que solo conduce al desánimo y la desmovilización. Se trata de defenderse tanto de los chantajes y amenazas de los capitalistas y sus políticos como de los ataques brutales e indiscriminados de las fuerzas policiales.
Y en este terreno de la efectividad de nuestras movilizaciones, nuestro pueblo no parte de cero ni está desnudo de experiencias. Las clases trabajadoras de nuestro país tienen una larga historia de lucha y resistencia que hay que rescatar y de la que hay que aprender. Aún vive la generación de quienes protagonizamos las históricas luchas obreras y vecinales de los 60, 70 y 80 del siglo pasado y necesitamos poder transmitir ese legado a las nuevas generaciones de trabajadores para que las fusionen con sus propias experiencias de lucha, por muy fragmentarias, discontinuas o desorganizadas que aún sean (recordemos, por ejemplo, el 1º de octubre en Catalunya, las huelgas del metal y la resistencia a los desalojos de Gaztetxes en Euskal Herria o las manifestaciones antifascistas y contra la represión en Madrid).
Desde luego, esta es la historia del pueblo trabajador, el pasado que quieren borrarnos de nuestra memoria colectiva los politicastros “de izquierda”, los oportunistas de todo pelaje y los emboscados dentro del propio proletariado, predicando, a cambio, su trasnochada, legalista e inocua forma de llevar las luchas adelante.
Y en estas estábamos cuando estalló la huelga del metal en Cádiz para alegrarnos el día. Si queríamos ejemplos recientes de lucha reivindicativa que rompieran con el hábito “procesionista” en las movilizaciones y demostraran en la práctica la fusión de “lo viejo y lo nuevo”, ahí tenemos a los obreros del metal y al pueblo de la Bahía gaditana (sin olvidar los del Campo de Gibraltar o a los de Astilleros de Cartagena).
No vamos a hacer una crónica de esta lucha obrera porque mi “agujerito” no da para ver tanto; por lo demás, creo que ha sido suficientemente publicitada en los medios y en las redes. Sí dedicar unas líneas para resaltar aquello que ha convertido al Metal de Cádiz en un ejemplo a seguir para futuros conflictos obreros y sociales.
Lo primero es que, desde el comienzo, el conflicto se ha regido por tres principios: que la “soberanía” de la huelga reside en las asambleas y no en las “reglas” impuestas por el enemigo de clase y los vendeobreros, que la lucha hay que sacarla a la calle y en todos los ámbitos geográficos de la Bahía (puentes incluidos) haciendo frente a las consecuencias de la represión policial y que hay que pedir la solidaridad del conjunto del pueblo gaditano, cosa que se ha logrado con creces al unirse otros sectores reivindicativos (sanidad, educación, vivienda, etc.). Además se ha denunciado activamente (ni aparecían por las asambleas) a los mafiosos de UGT y CCOO que una vez más traicionaron a los obreros en huelga; de hecho, y por lo que sé, el peso organizativo de la huelga lo han llevado las plataformas y sindicatos “alternativos”; a ellos y a otros partidos y organizaciones de clase corresponderá hacer balance y enseñanzas para un conflicto que, a buen seguro, seguirá.

Para terminar, voy a referirme, haciendo una lectura “en positivo”, a la cara más dolorosa del conflicto: la bestial represión que se ha descargado sobre sus participantes y el pueblo gaditano.
Antes de nada debo confesar que ver a los “encapuchados antiterroristas” detener y tratar salvajemente a huelguistas, manifestantes y supuestos organizadores de la huelga, me ha hermanado mucho más con mi clase, ya que ese ha sido el trato que nos han dado durante decenios a las organizaciones revolucionarias que osamos oponernos a su sistema de dominación y por lo que nos encontramos en la cárcel.
Y ahora viene “lo positivo”: si descargan tanta ferocidad represiva es porque la forma en que se ha llevado la huelga les ha hecho daño y no quieren que el ejemplo cunda. O sea, que ese es el camino a seguir, siendo conscientes de que el enemigo de clase y el régimen fascista que nos domina no van a abrir la mano sin que se les dé fuerte en los nudillos y asumiendo que, a su vez, descargue todo el peso de su represión sobre nosotros.
Independientemente de los resultados inmediatos logrados con esta huelga, la lucha de clases es una carrera de fondo donde ambos contendientes, capitalistas y obreros, “invierten” para futuros combates: ellos intentando disuadir de seguir un camino de lucha independiente; nosotros aprendiendo y mejorando tras cada batalla con las armas que tenemos: la unidad, la organización y la lucha decidida. Y las procesiones que se las queden los meapilas, vendidos y “adoradores” de la legalidad vigente.