
Memoria histórica imprescindible:
-La resistencia antifranquista habita en La Casa de La Memoria La Sauceda.
Este memorial en Jimena de la Frontera (Cádiz) alberga una biblioteca de miles de libros y pudo levantarse gracias a las familias de los represaliados, entre los que estuvo el abuelo del dueño de la multinacional Festina, Miguel Rodríguez, cuyo papel fue decisivo.
«Soy Juana Barreno Ruiz y nací en las Hermanillas (caserio de la Sauceda), pedanía de Cortes de la Frontera, provincia de Málaga el 28 de mayo de 1935, la menor de cuatro hermanos, el mayor de 7 años, varón».
«Cuando mi padre y mi tío, Andrés y Antonio Barreno Pérez desaparecieron después del bombardeo en la Sauceda, mi madre dejó a dos de mis hermanas con dos familias de parientes en dos cortijos, La Granaílla y Murta, donde trabajaban; y con una burra que tenía, nos montó a mi hermano y a mi y se dirigió a Jimena de la Frontera. Allí detuvieron a mi madre las tropas franquistas que ya habían tomado el pueblo y después de tomarle declaración y dejarla en libertad, nos fuimos al castillo de Castellar, también tomado por los franquistas».
«Allí con un tío que tenía y otros parientes nos hicieron una choza de piedra, barro y techo de brezo y comenzamos a ‘vivir’ en un pueblo extraño y siempre vigilados ya que mi madre era viuda de un rojo de la Sauceda. Allí todo se sabía».
Estos tres párrafos pertenecen a la memoria de Juana Barreno Ruiz, hoy de 90 años, que figura en el texto —elaborado con la ayuda de su hijo Andrés Rebolledo Barrena, directivo de la Casa de la Memoria La Sauceda— titulado Mi infancia en la escuela. Ella es hija de Andrés Barreno Pérez y sobrina de Antonio Barreno Pérez, fusilados en el cortijo del Marrufo, a nueve kilómetros de La Sauceda, en fechas posteriores a octubre de 1936. Ambos fueron exhumados en el año 2012.
«Más del 80% de los sujetos exhumados presentan indicios violentos de algún tipo, con prevalencia de orificios de proyectil en el hueso. Casi un 40% de los individuos muestran lesiones perimortem (antes de la muerte)». «Las características anatómicas, que denotan posiciones forzadas de las extremidades superiores, y la propia presencia física de vestigios de fibras, nos indican la posible atadura de las muñecas de una serie de individuos».
Estas frases vienen recogidas en el libro Las fosas comunes del Marrufo, que lleva por subtítulo: Vida republicana y represión franquista en el valle de La Sauceda, una obra colectiva, firmada por Fernando Sígler, Jesús Román, Juan Manuel Guijo y Juan Carlos Pecero.
En 2012, en el cortijo del Marrufo fueron, en efecto, exhumados 28 cadáveres de republicanos, asesinados tras la conquista de la zona, un agreste y bello valle en lo que es hoy el parque natural de Los Alcornocales, en la confluencia de las provincias de Cádiz y Málaga, a finales de octubre de 1936 por las tropas franquistas.

*Refugio de milicianos
La comarca era lo suficientemente amplia y abrupta y arbolada —había agua también— para resistir y para esconderse. En ella, se había conformado una resistencia frente al golpe y el área se había convertido en un refugio de milicianos y de desposeídos tras el golpe fascista del 18 de julio contra la II República.
«Aislado y con todas las poblaciones adyacentes en manos de los sublevados, el Valle de La Sauceda se convirtió así, en uno de los últimos lugares que permaneció fiel al Gobierno republicano en la zona», se lee en el trabajo Historia y memoria de la guerra civil: La Sauceda y El Marrufo, de Rocío Romero Márquez.
La provincia de «Cádiz fue controlada rápidamente [por los golpistas], más de un tercio de los municipios gaditanos estaban en poder de los sublevados sólo 48 horas después del golpe. Sólo algunas poblaciones serranas y del Campo de Gibraltar lindante con la provincia de Málaga permanecían republicanas en agosto», recoge el trabajo de Romero.
En octubre, una vez aseguradas por las fuerzas golpistas las áreas aledañas, estas lanzaron su ataque, perfectamente coordinado, contra el valle de La Sauceda. Primero, desde Sevilla aviones Breguet XIX, bombarderos ligeros, despegaron y lanzaron metralla y furia, bombas que causaron el pánico y amplios destrozos, como queda recogido en la película documental La Sauceda, de la utopía al horror, dirigida por Juan Miguel León Moriche.
Luego, cuatro columnas avanzaron desde diferentes puntos con el objetivo de «limpiar las zonas marxistas»: Jerez de la Frontera, Alcalá de los Gazules, Jimena de la Frontera y Ubrique.
«El teniente Robles [José Robles Ales] era el comandante de la Guardia Civil de Ubrique, localidad muy cercana al Marrufo y La Sauceda [entre las que hay unos 9 kilómetros] y comandaba una de las columnas. Luego fue el responsable del destacamento que se instaló en el cortijo del Marrufo», afirma en conversación el historiador Fernando Sígler.
La ocupación se produjo a finales de octubre y al mismo día siguiente, según Sígler, ya comenzó la represión. El Marrufo se convirtió en un «campo de reclusión». «A la gente que capturaban en el entorno, los recluían en El Marrufo. Allí había varias naves amplias y una ermita. Eran gente normal y corriente, que tenía allí sus cabras y sus cultivos. Gente que estaba resistiendo».
En la zona era muy importante el sector agrario: tenían su relevancia el corcho, el carbón, sobre todo, y también el contrabando, el estraperlo —las matuteras transportaban todo tipo de bienes, incluida la penicilina, destaca Rebolledo—debido a la relativa cercanía a Gibraltar y a la facilidad para pasar desapercibido en el Valle.
El cortijo del Marrufo pasó así de ser el centro de la resistencia antifranquista a ser el centro de la represión. El teniente Robles dirigió desde allí los fusilamientos. «El Marrufo era propiedad de Manuel Guerrero, y contaba con un total de 787 hectáreas cuyo cultivo o aprovechamiento estaba dedicado al monte y labor», recoge el trabajo de Romero Márquez.
«Se produjeron fusilamientos en El Marrufo», expone Sígler. «Diariamente, se hacían listados con personas que se iban fusilando. Incluso, según consta en el archivo diocesano de Cádiz, el presbítero de una ermita próxima, la del Mimbral, tomó nota de los feligreses que faltaban. Hizo una relación y se sabe cuál fue el destino de más de medio centenar de personas».
«Los fusilamientos se llevaron a cabo entre finales de mes de octubre hasta finales de febrero de 1937 cuando comienzan a producirse los juicios sumarísimos por las autoridades franquistas», recoge el trabajo de Romero Márquez.
El número de fusilados es, empero, incierto. Como riguroso historiador, Sígler enumera los datos contrastados: «Por una parte, hay en la invasión terrestre [la de las cuatro columnas], 70 fallecidos republicanos en una zona y otros 20 fallecidos en otra zona. Y hay además testimonios que recogen la identidad de 55 fusilados en todo este entorno».
Sin embargo, puntualiza el historiador, no se puede afirmar que seas «cifras acumulativas». «Puede ser que esos 70 que cayeron durante la invasión [fueran capturados y] pudieran coincidir luego en El Marrufo. Tenemos cifras pero con parangones diferentes».
Hay un testimonio que ha llegado hasta hoy, recogido por los historiadores, que afirma que era tal el número de fusilamientos que se estaban produciendo que llegaron hasta los oídos del dueño, quien habló personalmente con Robles para comentarle «que no quería que su finca se llenase de huesos».

*La Casa y Festina
El trabajo de exhumación aún no está terminado, como se expone en Las fosas comunes del Marrufo: «De cara al futuro se hace necesario contar con nuevos testimonios orales o documentales que pudieran precisar la localización efectiva de las fosas comunes y/o individuales, ya que es mucho el terreno que aun no ha sido investigado y donde los testigos sitúan posibles enterramientos, aunque sin una localización efectiva».
Sin embargo, la labor efectuada entre 2011 y 2012 permitió exhumar esos 28 cuerpos, que se hallaron en siete fosas, de los que trece de ellos fueron identificados con nombres y apellidos, a través de pruebas de ADN.
Estos son sus nombres: Antonio Barreno Pérez, Andrés Barreno Pérez, Manuela Cabrera Sevilla, Manuel Domínguez Pérez, Francisco Domínguez Ramos, Roque Fernández Gutiérrez, Jacinto Garcés Rodíguez, Antonio González Ríos, Domingo Herrera Rojas, Pedro Márquez Calvente, Francisco Pérez Fernández, Manuel Pérez Mena, Catalina Ramos García.
La Casa La Sauceda, es el lugar en el que todas estas historias y muchas otras más han quedado recogidas. El lugar es verdaderamente el último refugio de la aquella memoria. La Casa se pudo levantar gracias al esfuerzo de las familias de los represaliados y, singular y particularmente, de uno de ellos, el empresario andaluz Miguel Rodríguez Domínguez, medalla de Andalucía en 2018 y dueño de la multinacional relojera Festina, quien financió de su bolsillo la exhumación de 2012 (la campaña de 2011 recibió fondos del Estado, pero el nuevo Gobierno, de Mariano Rajoy, dejó a cero las subvenciones para memoria), las pruebas de ADN, que se hicieron en un laboratorio privado, y, luego también la compra y creación de la Casa de la Memoria. La casa tiene salas expositivas y divulgativas de todo lo que ocurrió con los prisioneros y, luego, con la guerrilla antifranquista, que en esta comarca, tan propicia para el escondite, duró hasta finales de los años 40…