
La otra historia:
-FASCISMO CROATA
Artículo de investigación de un internacionalista.
II de III partes
CAPITULO II:
– La huida
– El establecimiento
– La operación Kobra

LA HUIDA
Antes de la caída del III Reich en Alemania y de la Croacia Ustacha ya se pusieron en marcha los planes para evacuar a terceros países a la cúpula de estos regímenes así como asegurar los bienes robados que el nazismo atesoraba.
Los partisanos liberaron Yugoslavia en 1945. Muchos partidarios del régimen Ustacha intentaron exiliarse a Austria e Italia, pero algunos fueron ejecutados antes de lograrlo. Mejor suerte sufrieron los que fueron protegidos por la cúpula de la Iglesia Católica. La operación de evasión para todo el fascismo y nazismo en Europa fue bautizada como «La vía de las ratas» o también «La vía de los monasterios». Fue diseñada por el clerigo y Teniente coronel ustacha Daganovic. Krunoslav Draganovic trabajaba desde Roma y aseguró la huida a muchos criminales de guerra de Alemania y de Croacia. Su sede fue el monasterio de San Girolamo degli Illirici, en Vía Tomacelli que se convirtió en el centro de operaciones de la ratline (via de las ratas), como lo documentan los archivos de vigilancia de la CIA.
El diseño era complejo. Los huidos tenían que transcurrir por diferentes monasterios europeos hasta llegar a Génova (su gran mayoría). Allí les expedía un pasaporte la Cruz Roja (supervisado por el Vaticano) y del puerto de Génova partían hacia América del sur con identificaciones cambiadas. Partieron principalmente a Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay y Bolivia. En Chile y Bolivia crearían comunidades opacas de residencias exclusivas. Los que escaparon a Estados Unidos, Canadá, España y Medio Oriente lo hicieron en muchos casos con la complicidad de las autoridades locales. Otros decidieron pasar los difíciles años en los propios monasterios europeos y volver al cabo del tiempo a sus propios países de origen, con identidad cambiada. Hubo otras organizaciones de huida, tal vez más famosas como Odessa, pero que cumplieron un rol mucho más limitado que el que nos ocupa. Franco también organizó su propia organización de escape algo más básica. Los aliados le permitieron repatriar a la División Azul que se encontraba en Alemania. Junto con aquellos soldados se encontraban algunos nazis que continuaron viviendo en España protegidos por el régimen. Y protegidos por la supuesta «democracia» hasta el fin de sus días.
Draganovic se hizo muy amigo del criminal Klaus Barbie (el carnicero de Lyon) quien le preguntó porqué ayudaba a escapar y Draganovic le respondió: «Tenemos que mantener una especie de reserva moral a la que podamos recurrir en el futuro».
Draganovic al igual que otros muchos fascistas llegó a integrarse en la CIA y la CIA sacó buen provecho de ellos en materia anti-comunista así como técnicas de interrogatorio (torturas).
Para el año 1967 a Draganovic se le hacía en Sarajevo como hombre libre. Tito le prometió la libertad a cambio de que contara todo lo que sabía a las autoridades yugoslavas. Posteriormente convocó una rueda de prensa donde elogió la «democratización y humanización de la vida» bajo Tito. Murió en Sarajevo el 5 de julio de 1983.
Fuese un discurso obligado o no quien se ganó la beatificación no fue el Obispo de Zagreb o el Papa Pio XII si no el propio Tito que consiguió por décadas que croatas y serbios vivieran en paz y generando los matrimonios más mixtos en la historia yugoslava.
El Mossad israelí y los caza nazis a muchos de estos escapados los buscaron durante décadas. Es sonado el caso de Adolf Eichmann, que huyó a Argentina en 1950, capturado por el Mossad en 1960, secuestrado y llevado a Israel para ser ejecutado el 1 de junio de 1962.
En ese mismo año murió el numero dos de Ante Pavelic, Dido Kvaternik, que se había refugiado en Rio Cuarto en Argentina. Otro escapado croata fue Andrija Artukovic que murió en Zagreb en 1988, dos años después de ser extraditado desde California donde pasó el resto de su vida.
Diferente suerte corrieron los nazis capturados por los estadounidenses o por los rusos. Los rusos hicieron justicia y muchos prisioneros fueron ejecutados o pasaron decenas de años en prisión. Los estadounidenses eligieron concienzudamente a sus prisioneros entre técnicos, que les aportaron grandes beneficios en los avances armamentísticos y que gozaron de plena libertad. Los Juicios de Núremberg fueron una falta de respeto a la inteligencia humana. Una payasada.
EL DINERO NAZI
Ya perdida la guerra, Otto Skorzeny, llamado “el hombres más peligroso de Europa”, arrojó en el lago Toplitz veintidós cajas con lingotes de oro de casi tres kilos por barra, y con sus pares Fabianke y Spaci, hundió tres camiones del mismo metal en el lago Altan.
En cuanto a Martin Bormann, el siniestro guardaespaldas y perro faldero de Adolf, ocultó treinta millones de libras esterlinas en una cueva de las montañas que rodean ese lago. Lo mismo que Kaltenbruner, jefe de la temible Gestapo, hizo lo mismo con cinco cajas de oro, diamantes y otras valiosas piedras, más cinco millones de dólares.
No eran precisas tantas peripecias. ¿Donde guardar un elefante? Dentro de una manada de elefantes. Y eso hicieron. La gran suma estaba depositada en los bancos suizos y latinoamericanos que llegaron junto con los 200 jefes nazis que consiguieron escapar a América.
Pero realmente el problema fue el oro. Para «lavar» el oro se invirtió en empresas. Los suizos fueron los principales banqueros y agentes de bolsa de los nazis, manejando grandes sumas de oro y de divisas fuertes e invirtiéndolas en generar nuevas empresas o en empresas petrolíferas. Los bancos suizos fueron unos devoradores de oro y para ello no tuvieron ninguna ética. Impulsaron el régimen del apartheid en Sudáfrica para la obtención de oro y se aprovecharon del genocidio en el Congo para hacerse también con el oro. El temor a ser hechos responsables de apoyar el apartheid y otras lindezas llevó a Suiza a dejar de publicar datos oficiales y estadísticas comerciales sobre el oro a partir de 1981.
Para el blanqueo del dinero nazi también se contó con la colaboración del Banco Vaticano, la democracia-cristiana y la mafia italiana y paraísos fiscales fuera de Europa.
Se calcula el valor de todo el dinero nazi en 8 billones de dólares, en el momento de la finalización de la guerra. Hay que tener en cuenta los beneficios que crearon estos 8 billones posteriormente aunque se tuviera que pagar los costes de vida de aquellos huidos y en algunos casos de sus familias, que muertos ellos siguieron siendo herederos de los negocios creados así como de abastecer a la red económica nazi para que la caja siempre continúe llena.

EL ESTABLECIMIENTO
Entre los que lograron huir estuvo, como no, Ante Pavelic que logró llegar a Austria, bajo control aliado y después se escondió durante dos años, de 1945 a 1947, en Italia bajo la protección de Draganovic y el Vaticano. Contó con la protección del entonces secretario de Estado Vaticano Giovanni Batista Montini –quien luego se convertiría en el Papa Paulo VI.
Según la CIA Pavelic envió 12 cajas de oro y joyas a Austria con miras a su propio exilio.
A fines de 1947, Pavelic se embarcó en Génova en el vapor Sestriere con destino a Buenos Aires, junto con una treintena de criminales de guerra croatas. Llegó a la Argentina con el pasaporte del la Cruz Roja Internacional número 74.369 que lo identificaba como Aranjos Pal. (otras fuentes dicen: Antonio Serdar). Tomó domicilio en una vivienda social que le facilitó el gobierno de Juan Domingo Perón. El “gobierno croata” se instaló en el exilio argentino. Tenía una composición muy parecida al que había manejado a sangre y fuego esa región de los Balcanes durante la guerra. A Pavelic lo secundaba otro criminal de guerra, Vjekoslav Vrancic, y en los lugares clave se encontraban el ex jefe de la Fuerza Aérea, Vladimir Kratch; el de la policía secreta, Gorg Vrantich; el ex comandante del ejército, general Josip Tomlianovich; y el ex jefe de la policía del Estado, Radomil Vergovitch, junto con Dinko Sakic y Anton Elez.
En Buenos Aires encontraron el apoyo estratégico de una entidad que se llamó Agrupación Croata del Movimiento Peronista para los Extranjeros, dirigida por Nedim Salvegovic, Nikola Perik, Marijan Gudel, Edo Bulat, Josih Subasic y Ratimir Gadja. Siempre fueron uniformados y armados libremente por las calles bonaerenses.
Según el historiador argentino Montes de Oca, desde la capital argentina “Pavelic reorganizó a los ustashas dispersos por el mundo. Además de la comunidad argentina, existían importantes cantidades de exiliados en Estados Unidos, en varios países de Europa occidental y Australia. Esa fue la base para organizar la red terrorista. Con el dinero que enviaba Pavelic desde Buenos Aires, comenzó el reclutamiento de ustashas dispuestos a seguir el combate contra el gobierno yugoslavo de Tito, que para ese momento ejercía el control sobre el territorio croata”.
Lejos de lo que ocurre con otros “gobiernos en el exilio”, Pavelic y sus hombres no se limitaron a convertirse en un sello simbólico enfrentado a la recién creada Yugoslavia de Tito, sino que crearon una organización terrorista internacional que perpetró atentados en los Estados Unidos y varios países europeos.
Tito pidió su extradición pero en dos ocasiones fue denegada, no solamente por Perón, también por los anti-peronistas como Aramburu (posterior).
A pesar de todos los guardaespaldas que tenía en abril de 1957, cuando llegaba a su casa en el Palomar, fue víctima de un atentado a balazos al que sobrevivió, pero que le dejó secuelas permanentes. La versión más difundida asegura que fue obra de los servicios secretos yugoslavos (del gobierno del mariscal Tito), pero Vinsja (su hija) sostuvo hasta su muerte que los autores del atentado contra su padre eran croatas que querían eliminarlo para hacerse cargo del gobierno en el exilio. Es decir, ustachas contra ustachas.
Más allá de quiénes fueran los autores, el hecho tuvo una fuerte repercusión mediática que hizo imposible negar la presencia de Pavelic en Argentina. La llegada de Arturo Frondizi al gobierno hizo aún más precaria su situación y lo obligó a buscar un nuevo destino: España.
Llegó a España junto con su familia y allegados, tratando de evitar una posible extradición. Tomó domicilio cerca del Parque del Retiro. Nunca se recuperó totalmente de las heridas del atentado. Murió en el Hospital Alemán de Madrid el 28 de diciembre de 1959 y fue enterrado en el cementerio Público de San Isidro, donde sigue existiendo sus restos y su tumba envuelta en signos fascistas.
Los ustachas en Argentina no dejaron de operar y siguieron con la red terrorista. Para cuando murió Pavelic la red ya llevaba 10 años operativa.

LA OPERACION KOBRA
Carcaixent (Valencia). Domingo 20 de abril de 1969. El propietario de una imprenta es asesinado por su sobrino que ha huido. Según su documentación se trata de Don Vicente Pérez García. Natural de Valencia. Pero todos le conocen por el sobrenombre de «el tío polaco» o «el general polaco». El periodista Diego Carcedo (que por entonces sería un becario o un recién llegado al periodismo) hace las primeras indagaciones. Comienza a estrechar el cerco en torno a la figura del tal Vicente descubriendo que es un militar ustacha huido de la justicia yugoslava. Al parecer un alto mando militar llamado Drinjanin y que su supuesto sobrino (el asesino) no lo es, sino un ayudante de éste que también pertenece a la misma organización y como él es un huído de la justicia yugoslava. Tendrán que pasar varias semanas para descubrirse la verdadera identidad del finado: Maks Luburic, antiguo jefe del campo de exterminio de Jasenovac (nos suena, ¿verdad?). La identidad actual se la ha concedido el régimen franquista que está al tanto de su presencia en España. Al final de la Segunda Guerra Mundial, pasó ilegalmente a Hungría, luego a Austria y más tarde a Francia. Posteriormente se instaló en España, donde vivió en Valencia protegido por el régimen franquista, que le facilitó su nombre falso. Se casó con una vasca hija de empresario bilbaino, con la que tuvo cuatro hijos, aunque en 1957 se separó de ella. 17 años antes se había casado en Bilbao, en la parroquia de San Vicente de Abando, con su uniforme de general croata, botas de cuero y una condecoración nazi en el pecho.
En un viaje a Madrid fue cuando Luburic pudo conocer a la hija de Francisco Hernaiz Arriola, un industrial de Carranza, residente en la bilbaína calle Elcano, que hizo dinero en México tras viajar a aquel país con su esposa, también vizcaína. Sin apenas conocer a Luburic, Isabel Hernaiz Santisteban, quedó seducida por aquel misterioso general que terminaría haciendo de su vida un calvario.
Isabel Hernaiz siguió a Luburic hasta Valencia, donde su matrimonio pronto se convirtió en una pesadilla. A pesar de estar plenamente dedicada al hogar y los cuatro hijos que tuvo, uno tras otro, la vasca era tratada con brutalidad por un Luburic de rasgos psicóticos. Los vecinos hablan de un episodio que hizo a la mujer abandonar el hogar a finales de los cincuenta. Fue una noche en la que el nazi la agarró del cuello diciéndole que así, con sus propias manos, fue como estranguló a cientos de prisioneros en una apuesta con sus subordinados de Jasenovac. Temiendo por su propia vida, Isabel Hernaiz se separó, perdiendo la custodia de los niños, a quienes sólo pudo ver cuando el ex general croata lo consideraba oportuno.
La imprenta de Carcaixent que regentaba estaba estratégicamente situada entre el cuartel de la Guardia Civil y el convento franciscano que lo llevaba el padre espiritual confesor oficial de Franco. Allí imprimía propaganda fascista llamada «Drina» que distribuía a los croatas refugiados por el mundo. Elegir a la Orden franciscana no es una mera casualidad. Los franciscanos estaban muy involucrados en el anti-comunismo yugoslavo. Dieron pábulo a la aparición de la virgen en Medjugorje (BiH) en 1981 y fueron los mayores nacionalistas croatas.
Dos años antes de la muerte de Luburic llegó un chico, Ilija Stanic, procedente de Croacia de igual ideología para ayudarle a redactar sus bazofias. Luburic hizo correr el rumor de que era su sobrino y así encubrir sus acciones ante los vecinos. Stanic se desencantó de Luburic cuando le comentó que su padre, también ustacha, seguía dentro de Yugoslavia intentándole hacer la guerra a Tito. Luburic no le debió contestar muy agradablemente llamándole iluso al padre del joven. Desde entonces Stanic comenzó a visitar al núcleo de ustachas de Madrid donde se encontraba la viuda de Ante Pavelic. Tal núcleo tenía la convicción de que había sido el propio Luburic quien había encargado el atentado de Ante Pavelic en Argentina para hacerse con el aparato de la organización. Y en la tumba de Pavelic, en Madrid, juraron venganza. Idearon un plan para acabar con su vida.
Así la mañana del 20 de abril del 69 Stanic le preparó como cada día su café, en este caso con veneno, para debilitarlo. Unos minutos después abrió la puerta para dejar entrar a dos matones que le propinaron golpes en la cabeza hasta matarlo. Ellos se fueron y a los pocos minutos también lo hizo el joven, que había de dirigirse a la estación de renfe de Barcelona para tomar contacto para su huída de España. Pero allá no se presentó nadie. Tampoco en el siguiente punto de contacto (creo que en Bélgica). Stanic se puso nervioso y temió por su detención. Con lo cual decidió entregarse a las autoridades yugoslavas y confesar los hechos. Lo hizo en una comisaría de Eslovenia.
Las autoridades tramaron con Stranic una estrategia. Nadie sabría que fue un ajuste de cuentas entre ustachas. Stranic se convertía mágicamente en un joven comunista que actuó por su cuenta, para motivar al resto de la juventud yugoslava. Por tal secreto recibió un último modelo BMW, un apartamento en Sarajevo y un puesto de trabajo en la administración. Solo acabada la guerra de los Balcanes de los años 90 Ilija Stranic volvió a conceder una entrevista para contar la verdad de lo sucedido, que realmente el asesinato de Maks Luburic había sido planeado por los ustachas y bautizado como «Operación Kobra».
El 5 de febrero de 2010, es decir, cuarenta y un años después del asesinato de Luburic, fallecía en Valencia su viuda, Isabel Hernaiz. Su funeral se ofició en la Iglesia del Sagrado Corazón de Bilbao, y en su esquela no figuraba rastro alguno de Maks Luburic.
La familia de Ante Pavelic permaneció en Madrid hasta que fueron muriendo. La última en hacerlo fue su hija Visnja (Visnia). Permanecía atrincherada en su casa de Madrid donde nunca levantaba las persianas. Visnja tan solo salía a la calle para visitar la tumba de su amado padre. Murió el 25 de diciembre de 2015. En una de sus últimas entrevistas a un periodista de El País comentó: “Lo que se dice de Jasenovac es una completa exageración. Era un campo de trabajo y había pobreza, pero tenían médicos, sus propios líderes, todo lo que querían. No fue Auschwitz, ¿entiendes? Todos estaban vivos y bien cuidados”. Y supongo que lo creía así.
Esa era una actitud común entre los descendientes de los líderes nazis. En su libro «Hijos de los nazis», Tania Crasnianski escribe: “Cuando se trata de niños, las defensas mentales son realmente muy fuertes. Gudrun Himmler (la hija del jefe de policía nazi Heinrich Himmler) siempre se ha caracterizado por una falta total de perspectiva hacia la figura paterna”. De manera similar, “Edda Göring (la única hija del líder militar nazi Hermann Göring) tenía un amor inquebrantable por su padre y se negaba a verlo como uno de los instigadores del Holocausto”. Al igual que Visnja, Edda “vivía atrincherada en un pequeño apartamento en Munich y el apartamento era un museo para glorificar al padre”. En la misma línea, Wolf Rüdiger Hess (hijo del diputado Führer Rudolf Hess) siempre idealizó a su padre y “nunca dejó de pensar en él como un mensajero de paz”.
Finalmente concluyó Visnja Pavelic: “Fue muy difícil ser la hija de este hombre. Muy difícil.»
Viene del 26 de julio. Continúa el 1 de agosto.