
Muro de solidaridad y denuncias:
Imprescindibles:
En la revista El Otro País n.º 114, mayo-junio 2025.
-Recordando a Paca Villalba, la abogada imprescindible
Elvira de Miguel.
En medio del oleaje negro armamentístico con el que el gran timonel del PSOE nos azota desde hace semanas bajo el epígrafe “ciberseguridad y protección de fronteras”, asistí al homenaje que organizaba el Ateneo Republicano de Vallekas a mi maternal y feminista amiga, la abogada Paca Villalba.
Han pasado cerca de 23 años desde que falleció -cómo pasa el tiempo-, pero su arrollador recuerdo regresa como un torrente por su compasión enorme hacia la fragilidad humana que para ella encarnaban los más desfavorecidos.
Nada que ver con las populares protagonistas reales de alguna serie televisiva que no paran de impartir lecciones desde sus aventajadas tribunas blanqueando a los cleptócratas de turno.
Paca sí que dio la batalla judicial en la Audiencia Nacional para cambiar nuestro país, aunque no quieran recordarlo quienes conducen este proceso de desintegración moral y política que acarrea con frecuencia indeseable, que no estén socialmente todos los que son, ni sean todos los que están.
Para defender a los más vulnerables la infatigable Paquita combatió donde hiciera falta y hasta su último aliento, en lo judicial, en lo político y hasta en las relaciones personales.
De una de sus últimas intervenciones judiciales ante un jurado, nos hablaron emocionadas, desde la mesa, sus íntimas, Nines López y Begoña Lalana, también compañeras en la Asociación Libre de Abogados de Madrid que Paca ayudó a poner en pie.
Entre las historias que nos contaron, me enterneció particularmente el caso del mendigo alcoholizado al que la policía había acusado falsamente de asesinato y que Paca llevó hasta lograr su exculpación.
Fue, al parecer, un proceso interminable, pero Paca no dejó de pasearse debajo del puente que cobijaba a los indigentes a la Audiencia, hasta dar con los testigos que hicieran posible la absolución del pobre hombre.
Y contaba Nines que, al acabar el juicio, Paca, conmovida aseguraba que había sido uno de los asuntos más importantes de su vida.
Por supuesto, no había cobrado ni una peseta. O sea, igual que los competitivos e individualistas representantes legales que hoy pululan por los juzgados de nuestro país (donde el 10% de sus habitantes más ricos poseen casi el 60% de la riqueza total, mientras que el 50% más pobres tienen menos del 7% de la riqueza total)*.
En la sala vallecana, abarrotada, siguieron compartiendo sus experiencias los asistentes al acto: con voz entrecortada por el sentimiento hablaron presos políticos militantes del PCE(r) y de los GRAPO a los que Paca había defendido y acompañado en las cárceles hasta el final de sus condenas; también relataron abogados más jóvenes que ella cómo les había iniciado y enseñado el oficio, y cómo formó en Madrid a un equipo de abogadas especializadas en la defensa de las mujeres maltratadas cuando todavía casi nadie se ocupaba de este asunto…
La lucha contra las torturas policiales que padecieron los presos comunes de la Copel fue otra de sus más notables batallas. Fundó con otros compañeros la Asociación Contra la Tortura, y no reculó hasta que los responsables de usar la fuerza que pretende convertir a los hombres en cosas pagaran por sus abusos.
A mí me defendió como abogada laboralista a finales de la década de los noventa y, gracias a ella, recibí los sueldos de todos los meses que habían dejado de pagarme en la revista para la que trabajaba en esas fechas.
Parece que la estoy viendo con su moderna chaqueta de cuero, empuñando un decreto de embargo judicial ante el careto del sinvergüenza que administraba la cabecera. Su objetivo: llevarnos de la redacción los muebles y ordenadores en la furgoneta de mudanzas en la que nos esperaba un grupo de fornidos amigos.
No hizo falta. La iniciativa de Paca resultó mano de santo; al momento, el cheque con los salarios atrasados estuvo listo. También los del resto de los compañeros. Nunca olvidaré ese día en que, gracias a ella, la fuerza que somete estuvo, por esa vez, de nuestro lado.
Fue un privilegio conocerla personalmente y compartir sesiones de flamenco en la Peña Chaquetón, charlas sobre todo lo humano con una taza de infusión en la mano, y risas, muchas risas.
Para quienes no tuvieron esa suerte, quedó claro la otra tarde, en el ciclo de marzo, Dinamita feminista del Ateneo Republicano de Vallekas, la oceánica generosidad de Paca Villalba, su alegría de vivir, y, sobre todo, que aún sin coincidir con todas sus ideas, esa abogada, nuestra abogada, sí que indudablemente pertenece a la categoría de los imprescindibles que permanecerán siempre en nuestra memoria.
*Dato extraído del ensayo La desigualdad en España. 2024. Berna León y otros editores. Editorial Lengua de trapo y Círculo de Bellas Artes.
Paca falleció por enfermedad en julio de 2002.

-Una vida dedicada a la lucha
Rafael Gómez Parra
Paca supo llevar su oficio de abogada hasta los últimos extremos de su vida. Había nacido para ejercer su profesión.
No había obstáculo alguno que se le interpusiera para salvaguardar a sus defendidos y también para preservar los derechos de la propia abogacía. Si iba a una cárcel y el director trataba de ponerle obstáculos burocráticos para comunicar con los presos era capaz de hacer noche en su coche hasta conseguir que se le diera acceso a la prisión con todas las garantías. O irse y volver al día siguiente con las mismas exigencias. Los funcionarios la temían pero también la respetaban, simplemente sabían que tenía razón.
Mantener el pulso frente al duro sistema judicial era la lucha diaria que realizaba sin más apoyo que el de sus compañeras, sin demostrar la más mínima muestra de debilidad ante los jueces franquistas. Y eso mismo pedía a los demás: no dejarse ablandar por los golpes recibidos y volver a la carga una y otra vez. Eso la permitía ir con la cabeza bien alta y gozar de la vida con la conciencia más limpia que yo haya conocido.
Y todo ello con naturalidad, sin presumir nunca de la gran labor que realizaba ni reclamar jamás que se le reconociera su labor o se le dieran las gracias. Símplemente hacía su trabajo.
Soy su sobrina. Solo quiero daros las gracias por quererla siempre respetarla y recordarla tal como era, una persona buena, íntegra, luchadora y por encima de todo generosa.
Un abrazo a todos
Pues si, lo dicho por Inma y se queda corta, su recuerdo es imborrable.