
Libros imprescindibles:
-Río Tajo.
Capítulo I.
César M. Arconada
Los viejos narradores del futuro contarán así: «¿Sabéis cuándo fue?»… Fue en el tiempo del dolor hecho revuelta y sacrificio. Desde siglos atrás, la multitud de los pobres, los del hambre, los desarrapados que visten vientos fríos y calzan hielo de losas, venían oyendo una canción alegre de futuros mejores.
Y un día, cuando la multitud estaba razonada, dijo: «¡Esta es nuestra hora! ¡Valeos a cambiar la base del mundo!» Porque de antiguo el mundo tenía una base hecha de privaciones para unos y de abundancias para otros; hecha de desamparo para los naás y de privilegios para los menos; hecha de dolor para los esclavos y de alegría para los poseedores.
Y sucedió que esa base del mundo no fue cambiada sino a fuerza de, mucho dolor y sacrificio, que siempre sobre estas ruedas ha marchado el mundo. Los poderosos no se avinieron a perder su privilegiada posición, porque perder siempre ha sido verbo duro para quiera tiene. Y entonces entre los soberbios y los humildes, se originaron luchas sangrientas, un largo período de guerras, al final de cuyas convulsiones nació esta sociedad feliz en que vivimos hoy…
Ya sabéis, por tanto, cuándo fue. Sucedió en el tiempo era que todavía la humanidad estaba naciente, y por lo tanto en hervor. En el tiempo en que los generosos y los grandes de espíritu dieron su sangre para que nosotros pudiéramos vivir hoy felices. ¡Si ellos nos dieron su sangre, nosotros debemos darles la gloria del recuerdo!
Y en ese tiempo de las luchas, hubo un país, allá en el Sur, un bello país bravío, de piedras y cálido sol, donde los poderosos reunieron todo su poder, que siempre fue grande el poder de los poderosos, y dijeron al pueblo: «¡Pueblo, tú eres un vil arzalla y no consentiremos que tú te eleves! Si tienes hambre, ríete los Zancajos. Si tienes ambición, pódala. Si tienes corajes, aquí están nuestros elementos de lucha para cortártelos.» Y dicho, hecho. Al instante, los grandes banqueros, los terratenientes que lodo es uno y lo mismo, dijeron a los generales, como amo que manda a criado: «¡Asesinad a toda esa canalla!» Y entonces los generales, sin rechistar, obedientes, dóciles a la traición, asesinaron, y todas las armas, que eran muchas porque los poderosos en ellas encontraban la seguridad de su poder, se volvieron contra el pueblo.
Y como se deduce de la narración, el pueblo de ese glorioso país se encontró frente a las bocas de fuego de las arreas, desarmado, y frente a los grandes recursos de los poderosos, sin recursos. Entonces, a este pueblo se le presentó ese instante de los dilemas decisivos: o sucumbir o luchar…

1938. (92) 46 páginas. Descarga:
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