
Muro de solidaridad y denuncias:
Artículos desde prisión:
-Juan García Martín / Preso político del PCE(r)
La Europa de los mercachifles
Editado en la revista El Otro País n.º 113, feb-mar. 2025.

El título de este artículo también podría haber sido algo así como la Europa de los mequetrefes, de los hipócritas y fariseos, de los fantoches y figurones, de los decrépitos y decadentes repintados, de los pomposos y petulantes… la Europa de las ínfulas y los humos. Claro, no es esto lo que nos venden los políticos europeos y sus medios de comunicación; para ellos Europa es poco menos que el ombligo del mundo, la de “los valores”, la del estado de bienestar, el “jardín” del que hablaba el baboso Borrell o, como decía nuestra izquierda europea domesticada en el colmo de sus “críticas”, la Europa de los mercaderes. Sin embargo, la realidad es tozuda: de esto no hay na de na.
Para empezar, Europa ha sido siempre, y hoy más que nunca en su decadencia, una península del gran continente asiático apuntando hacia el Sur y hacia Occidente. Cuando sí fue una Europa de mercaderes, apoyada en la fuerza de sus tropas mercenarias, supo sacar partido de esta posición de “en medio de todos lados” para hacer negocio y ser uno de los primeros sitios donde la naciente burguesía construyó el sistema capitalista. A partir de aquí, y del expolio de Asia, África y América es como se creó el mito de la Europa emprendedora, centro del orbe y portadora de “valores” que había que imponer al resto del salvaje mundo.
Pero ¿cuáles son estos “valores” de los que tanto presumen y que vienen utilizando como coartada ideológica de su eurocentrismo? ¿Qué méritos puede esgrimir ante la historia para justificar su prevalencia ante el resto del mundo? Veamos algunos de ellos.
En primer lugar podemos citar a Europa como cuna y difusora del esclavismo. Desde los regímenes esclavistas de Grecia y Roma hasta el infame comercio de africanos con América, ya bajo el capitalismo, las clases dominantes europeas han medrado aupadas sobre las espaldas sangrantes de millones de personas “de color”; el racismo fue su complemento ideológico y el fundamentalismo religioso cristiano su argumento moral.
¿Acaso los capitalistas europeos y sus voceros intelectuales tienen fuerza moral para predicar libertad, igualdad y fraternidad al resto del mundo y diferenciarse de quienes hoy puedan usar el fundamentalismo religioso para sus propios intereses como ellos hicieron antaño?
Otro “valor” plenamente europeo ha sido el colonialismo, con el sojuzgamiento de pueblos, naciones y continentes enteros de los que ha extraído, mediante el robo y el expolio y valiéndose de su fuerza militar, los ingentes recursos necesarios para la tan pregonada Revolución Industrial del siglo XIX y toda la industrialización que vino después.
La pérdida de sus colonias y semicolonias a manos de quienes ya no quieren ser troceados, repartidos y expoliados, como le está ocurriendo a Francia con África, su sumisión a los Estados Unidos tras la II Guerra Mundial, la crisis económica crónica y sus últimas aventuras militares apoyando a los ucronazis y enfrentándose a Rusia ha puesto ante los ojos del mundo, como al rey de la fábula, la verdad desnuda: sin sus colonias, Europa no es nada porque no tiene nada… salvo “historia”; carece de recursos naturales y materias primas con los que sostener y hacer competitiva su industria, su población está envejecida física y anímicamente y es totalmente dependiente del resto del mundo.

Eso sí, en su proceso de decadencia ha ido dejando detrás un reguero de muerte y destrucción, un montón de países intencionadamente mal descolonizados, hundidos en la miseria y el atraso y enfrentados entre sí que sólo ahora y a duras penas intentan levantar cabeza enfrentándose a sus antiguas metrópolis y cobijándose a la sombra del “multilaterarismo” que tan en boga está hoy en día.
Bueno, seamos justos, hay una excolonia europea que es digna sucesora de la Europa imperial: los Estados Unidos, su mejor “criatura” frankensteiniana que, ahora con Trump, parece que quiere darle algo de su propia medicina, empezando por comerse Groenlandia.
Si de algo puede presumir la Europa capitalista ha sido de su militarismo y belicismo. Desde las continuas guerras feudales hasta la competencia feroz por constituir sus diferentes y muy fraccionados estados-nación (siempre y hasta hoy día con la asignatura pendiente de las naciones sometidas y sin estado), pasando por sus rivalidades imperialistas, Europa ha sido un continuo campo de batalla, hasta desembocar en haber provocado las dos Guerras mundiales que costaron millones de muertos y una ingente cantidad de recursos humanos y materiales destruidos.
La formación de la OTAN y su integración-sometimiento a ella y a los designios norteamericanos no ha frenado esta tendencia a la guerra, sino que por un tiempo cambió de escenario trasladando sus intervenciones militares provocadas por la feroz competencia imperialista al resto del mundo hasta que, con el bombardeo y destrucción de Yugoslavia, la guerra volvió de nuevo al escenario europeo… y aquí sigue. Y he ahí otro de los “valores” europeos, el respeto a la integridad territorial… de las grandes potencias, porque por decenios se ha dedicado a trocear, dividir, mover fronteras, disolver y someter naciones, etc. proceso que, por cierto no ha acabado con Kosovo, Libia o Siria porque ahí están, por ejemplo, Polonia, Rumanía y Hungría deseando repartirse los despojos de la derrotada Ucrania.
¡Y qué decir de la Europa patria de las “libertades” y cuna de los “Derechos del Hombre”! Pues que no podemos olvidar que aquí se gestó y prosperó el fascismo, el terrorismo abierto y desenfrenado de los estados monopolistas contra todo tipo de oposición, sobre todo para liquidar el movimiento obrero revolucionario. Aunque esto de reprimir a la clase obrera no era un fenómeno desconocido antes del siglo XX, pues la “Europa liberal”, una vez consolidó su poder frente al sistema feudal, pasó a atacar por todos los medios los movimientos sindicales y políticos del proletariado, de tal manera que para los obreros nunca hubo libertades ni derechos salvo en los cortos periodos de tiempo que logró imponerlos con su lucha. Hoy el auge de la extrema derecha en el sistema parlamentario “democrático” y el del pensamiento más carca y retrógrado en lo político y social no hace más que retrotraer a la Europa capitalista a su verdadera y tradicional esencia reaccionaria.
Y algo parecido puede decirse de los derechos de la mujer trabajadora de cuyos logros tanto se vanagloria la burguesía europea y su izquierda domesticada; la dura realidad es que Europa ha sido la heredera de la situación de sometimiento de la mujer que se daba en Grecia, Roma y la llamada civilización judeo-cristiana, con su, como decía Engels, corolario de la prostitución, sometimiento que ha durado siglos y que aún hoy día permanece en muchos aspectos del día a día, sobre todo entre las mujeres trabajadoras.
A despecho de que Europa, y sobre todo su “izquierda buenista”, sigan presumiendo de “igualdad” porque dejan que “sus” mujeres vayan sin velo y repartan bulas de “democracia” o no a los países del mundo que no son tan “feministas” como ellos, está la realidad de que el machismo europeo mata a una mujer casi diariamente, que hay maridos “civilizados” que drogan a sus mujeres y las utilizan como disfrute de “buenos” vecinos (Francia) o que sus niñas son vendidas al mejor postor (Murcia).
También cuenta entre los “méritos” de la burguesía el haber logrado domesticar e integrar a un sector del movimiento obrero, dedicando parte de los beneficios que obtenía de sus colonias a crear una aristocracia obrera que torpedease cualquier atisbo de revolución. Llegados a este punto, conviene echar un vistazo a la “izquierda” actual del sistema capitalista europeo, hundida en el economicismo más pedigüeño y ramplón, en defender causas muy alejadas de los intereses de la clase obrera (por ejemplo, cómo han convertido en una nueva religión el ecologismo, la identidad sexual o el feminismo) y, en lo político, sumida en el oportunismo, el revisionismo -otro “invento” europeo- y el seguidismo a la política de los grandes monopolios.

Dejémonos de historia y, ya metidos en la actualidad, los últimos “valores” de los que pueden presumir los estados europeos son su complicidad activa y sin reservas al genocidio sionista contra los palestinos y el apoyo en armas, personal y financiación al régimen fascista de Ucrania y su enfrentamiento “hasta el último ucraniano” contra Rusia. Aquí, una vez más con la complicidad de buena parte de esa “izquierda” servilona de la que hablábamos antes. Podemos rematar la actualidad del “jardín” europeo citando su sometimiento a la política de los Estados Unidos en su enfrentamiento con Rusia y China que tan malas consecuencias económicas y de todo tipo les está originando. Su hipocresía les lleva a repartir sanciones a esos países y otros como Venezuela, mientras siguen apoyando al genocida régimen sionista de Israel.
Para justificar su progresivo aislamiento del resto del mundo y la pérdida de influencia en los acontecimientos y foros internacionales, la petulancia europea les lleva a decir lindezas del estilo “es que el resto del mundo nos tiene envidia”… ¡Mequetrefes, ¿y qué pueden envidiarnos?! ¿el liquidado “estado de bienestar”, un remedo, por lo demás, de las conquistas del socialismo? ¿nuestras libertades siempre cercenadas? ¿nuestro pasado de sangre, guerras y esclavitud? ¿las derrotas militares frente al fascismo y el militarismo alemán en la guerras mundiales? ¿nuestros inexistentes recursos naturales? En definitiva, ¿de qué puede presumir Europa?
¡Ah, la Revolución francesa! nos dirán algunos “enterados”. Pero cabe preguntarse ¿qué parte de aquella Revolución es la que quieren que recordemos? ¿Acaso cuando la naciente y pujante burguesía cortaba cabezas de reyes y aristócratas? No, por favor, olvidemos que una vez fuimos “terroristas” y recordemos solo cuando pactábamos, pasteleábamos y, como máximo, cortábamos las cabezas de los proletarios. La burguesía europea prefiere olvidar, precisamente, lo que de positivo ha aportado al mundo y al progreso de la humanidad; por ejemplo, el marxismo como guía ideológica de la revolución proletaria y la revolución soviética como plasmación práctica de dicho pensamiento.
Y es lógico que los capitalistas europeos quieran borrar de nuestra memoria dichos sucesos revolucionarios: ellos ocupan hoy el lugar parasitario de los nobles y la realeza, han terminado su protagonismo en la historia y sólo les queda presumir de lo que no tienen ni han tenido nunca, aparentar lo que no son y vivir con el temor permanente a acabar como ellos.