Clara Campoamor. Diputada republicana, logró el voto femenino para 1933. Abogada. Murió en el exilio en 1972.

Foto. Clara Campoamor.

Mujeres en todos los frentes.

Libro.

Clara Campoamor

Madrid 1888 – Suiza 1972

Fue hija de la costurera María Pilar Rodríguez y del contable Manuel Campoamor. Pronto tuvo que contribuir en la economía familiar pues, tras la muerte de su padre, con tan solo diez años, tuvo que dejar la escuela y trabajar. Modista, dependienta o telefonista son algunos de los trabajos que realizó.

En 1909 consiguió plaza como auxiliar de Telégrafos del Ministerio de Gobernación. Fue destinada unos meses a Zaragoza y, después, cuatro años en Donostia.

En 1914 regresó a Madrid. Trabajó como secretaria del director del periódico La Tribuna. Gracias a este puesto, Campoamor comenzó a interesarse en política. Se matriculó en la Universidad Complutense de Madrid para estudiar Derecho. Se graduó en 1924.

Republicana convencida, la abogada perteneció a la organización de la Agrupación Liberal Socialista, aunque la abandonó al no poder conseguir que se desligara de la dictadura de Primo de Rivera.

En 1931, tras la proclamación de la II República el 14 de abril, fue elegida diputada por Madrid del Partido Radical. Durante este periodo formó parte del consejo que elaboró la Constitución de la nueva república.

Clara Campoamor trabajó para que no hubiera discriminación de sexos, por la igualdad entre los hijos extramaritales y por el divorcio. Sin embargo, por lo que más se recuerda a esta abogada es por su lucha por el sufragio universal, es decir, que las mujeres pudieran votar. Las primeras elecciones democráticas en España se celebraron el 19 de noviembre de 1933, fecha en la que por primera vez acudieron a votar tanto los hombres como las mujeres.

La principal responsable de aquel logro histórico fue Clara Campoamor. Ella fue la que defendió el derecho al voto a la mujer en un duelo en el Congreso, frente a otra mujer, Victoria Kent. La segunda defendió ante la Cámara un aplazamiento de la aprobación del derecho a votar para las mujeres argumentando que aún no estaban suficientemente emancipadas y que sus votos irían a parar a las derechas.

Campoamor replicó: «Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer (…) ¡Las mujeres!¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren estas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones?.»

El 1 de octubre de 1931, tras el debate entre Clara Campoamor y Victoria Kent que dio por vencedora a la primera, se aprobó el artículo 36 de la Constitución. En él se recogía el sufragio femenino, con 161 votos a favor y 121 en contra.

A pesar de este éxito, Campoamor vio como dentro de la propia República se le cerraron las puertas. En 1934 abandonó el Partido Radical por su subordinación a la CEDA y por la represión de la insurrección revolucionaria de Asturias. Trató de unirse a Izquierda Republicana pero su admisión fue denegada. Fue entonces cuando escribió y publicó —en mayo de 1935— Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, su testimonio personal de las luchas parlamentarias.

La igualdad entre hombres y mujeres conseguida en la II República no duró mucho. En julio de 1936 estalló la Guerra Nacional Revolucionaria y los derechos de la ciudadanía, especialmente los de las mujeres, pronto se verían afectados.

Campoamor huyó de Madrid y se exilió a Francia. Allí publicó La revolución española vista por una republicana, un escrito donde contaba sus vivencias y se mostraba crítica con las actuaciones de los republicanos.

Quiso volver a España a finales de los años 40, pero se enteró de que pesaba sobre ella una acusación de pertenencia a la masonería. Debido a esto, decidió quedarse en el exilio.

Tras vivir una década en Buenos Aires y trabajar como traductora y escritora de biografías, en 1955 se trasladó a Suiza. Allí vivió en Lausana, donde ejerció como abogada hasta que murió en 1972. Sus restos descansan en Donostia, en el Cementerio de Polloe.

Libro incluido en el catálogo de materiales.

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