Me suben
de los calabozos de la Audiencia Nacional a la sala donde se va a
celebrar el juicio. Me reencuentro con los camaradas. La
emoción que en esos abrazos se desata, la alegría
que se desborda, la sonrisa, las palabras entrecortadas. Como dijo Julius Fucik: "allí
donde dos comunistas o revolucionarios se junten, así sea en
el mismo infierno de los calabozos policiales, de inmediato emerge y se
arma la Comunidad de los Celebrantes
de la Vida, de la Lucha, del Amor, la
celebración de los ideales en los que ardemos y que son los
que encienden en nuestras pupilas la luz y el brillo de madrugada."
Los
Tribunales, como los hospitales, tienen un no sé
qué de tristeza suspendida en el aire, un no sé
qué de atmósfera amenazante, como filos de
cuchillos cortantes. Y cuando el Tribunal es de Excepción
para amordazar la boca y el grito de la Revolución,
el que se persigue y condena es el arrojo de los parias y los
desheredados de la tierra de lanzarse a tomar el cielo por asalto.
Se decreta
Sesión Pública y nuestra gente comienza a entrar
en la Sala. Veo entrar a Susana
y María José,
radiantes; a Xan, Brais, Bugui,
Oscar, David y Javi, que me saludan puño en
alto; la Vanessinha,
mi pitufiña,
que me aprieta con su sonrisa entrañable; los padres de David Garaboa, Pili y Santiago,
que tanta alegría me produce verlos; a Chemari y Antón, que siempre
acuden a la cita con la Solidaridad; mi madre, siempre ahí,
de pie, entera, toda una vida ya siguiéndome de juicio en
juicio y de cárcel en cárcel; a mi hermano Carlos, el
pequeño, el que tenía tan
sólo 8 años cuando me fui por primera vez a la
clandestinidad.
Retrocede
la historia suspendida en el aire, retrocede la atmósfera
amenazante y si desvanecen
los filos de los cuchillos cortantes. Un sol fraternal y solidario se
abre paso en la Sala y todo se vuelve cálido,
entrañable, próximo.
Se inicia el juicio. Llaman a declarar a los acusadores. Ni
una sola acusación de delito concreto, ninguna prueba, tan
sólo nimiedades y hasta disparatadas conjeturas.
Declara Manuel Arango,
militante del PCE(r),
62 años, casi cuarenta de militancia; detenido y encarcelado
por primera vez en el año 1974. Declara Lucio García Blanco,
militante del PCE(r),
60 años, más de 30 años de militancia;
detenido y encarcelado por primera vez en 1979. Declara Isabel Aparicio, militante del
PCE(r), 58
años, más de 35 años de militancia,
detenida y encarcelada por primera vez en 1981. Declara Paco Cela, militante del PCE(r), 52 años,
más de 30 años de militancia; detenido y
encarcelado por primera vez en 1981. Además, Israel Clemente
y Xurxo García,
militantes de los GRAPO,
condenados a 40 años de cárcel.
En cada
declaración va desplegándose una vida entregada
en cuerpo y alma a la Revolución, a la defensa intransigente
de los intereses de nuestra clase, siempre en la primera
línea de combate; de la clandestinidad a los calabozos
policiales, de los calabozos policiales a las prisiones; tras 12, 15,
20 años de cárcel, de nuevo a la clandestinidad,
de nuevo a seguir empujando del carro de la Historia.
Todos los militantes del PCE(r), nos reconocemos y
reivindicamos como comunistas y como tales no escondemos ni los fines
que perseguimos ni los medios que empleamos para conseguirlos. Nos
proponemos y propugnamos abiertamente, a través de una
estrategia de Guerra Popular Prolongada, la insurrección
armada de la clase obrera y las masas populares para destruir el Estado
burgués, instaurar la dictadura del proletariado, construir
el Socialismo y encaminarnos cara a la sociedad comunista, sin clases y
sin Estado, donde sea posible izar
la bandera de: "De cada uno según sus capacidades, a cada
cual según sus necesidades".
Mas el PCE(r) no empuña las
armas ni práctica la lucha armada, porque no es su cometido,
no es el papel que está asignado en la gran obra de
organizar la Revolución. Ya que luego, es absolutamente
falsa la acusación que se nos hace de ser integrantes de una
organización armada; falsa acusación por la que
nos piden 12 años.
Al final de la segunda sesión del juicio, el Juez nos
concedió 5 minutos para saludar a los amigos. Veo entrar a Oscar, a Bugui, a Brais. Me fundo con ellos en un
tremendo, cálido, entrañable, interminable
abrazo. Y en ese abrazo, aprieto a todos los que estabais y a todos los
que no pudieron venir. Y también, por un momento, a
través de las anchas alamedas de ese abrazo, huyo y vuelvo a
caminar libre por las calles de la Coruña,
vuelvo a sentir y oler su mar, me baño en la
alegría de sus días claros. La vida y la lucha me
enseñaron a no ojear para atrás con la
inútil tristeza de las memorias, a perseguir la ruptura que
me empuja hacia lo nuevo, hacia lo que nace; pero vosotros, mi gente,
sois un inmenso mar azul al que siempre vuelvo y en el que
algún día había querido apagarme.
Nos
condenarán. Una vez más, volveremos a cumplir
otro buen número de años de prisión,
de aislamiento, de represión, de soledad. Se nos arrugará la piel, se nos
pondrá el cabello aun más blanco. Mas tal vez con
sesenta, con setenta, con setenta y tantos años, siempre que
nuestra quebrantada salud nos lo permita, algún
día, algún año o siglo de estos,
volveremos, regresaremos al seno de nuestra clase y de nuestro pueblo
sin haber arriado ni una sola de las banderas que nos pusisteis en
nuestras manos, intacta la llama y el fuego que aviva el mundo nuevo
que ya palpita en nuestros pechos.