|
 ampliar
El Comisario Provincial de Sta. Cruz de
Tenerife, Juan Antonio Gil Rubiales
|
En unas
sonadas declaraciones a los medios de comunicación del Archipiélago canario,
el Comisario Provincial de Santa cruz de Tenerife, Antonio Gil Rubiales,
declaró que "la policía se ha adaptado para dejar de ser
represora". El jefe de la policía tinerfeña aseguró con aparente
convicción, que "la represión quedó hace tiempo atrás" y que
"ahora la policía es un engranaje más de la sociedad democrática".
Por si todavía estas afirmaciones pudieran suscitar alguna duda acerca de su
vocación democrática, el Comisario Provincial trató de ilustrar
aun más la profundidad de sus ideas liberales afirmando que en su
opinión, "la labor preventiva para evitar que se cometan hechos
delictivos es fundamental", aunque - matizo el policía - "la
represiva también es necesaria por cuanto se aplica a quienes violan la
ley y no respetan los valores democráticos y constitucionales".
Finalmente, el Sr. Gil Rubiales terminó lamentándose del hecho de que
todavía existan sectores de ciudadanos que ven con desconfianza a los
agentes de la policía. Si las declaraciones del Comisario no
chocaran frontalmente con la brutal realidad que domina hoy en muchas
dependencias policiales del Estado español y con su propia biografía, hasta
podría pensarse que sus afirmaciones las había pronunciado un libérrimo
funcionario ingenuo, pero con vocación de cumplir correcta
y profesionalmente con sus deberes.
Y es que en la España de nuestros días son muy
pocos los políticos y los altos funcionarios que están dispuestos a cargar
con el fardo de su propia historia. Existe el propósito deliberado de que
nuestra sociedad se vea sumida en una suerte de amnesia colectiva. Sucede,
además, que la desmemoria retrospectiva va acortando vertiginosamente
los plazos. No solo se nos induce a "olvidar" lo que sucedió hace
60 ó 40 años. En la actualidad, una suerte de alzheimer
borra sistemáticamente los sucesos mediatos. Nuestros medios de comunicación
han perdido la dimensión de la historia. No se trata, desde luego, de un
hecho casual. Responde a objetivos muy bien definidos. En la medida en que se
logre que carezcamos de memoria, se anula nuestra capacidad para
enjuiciar los acontecimientos o a las personas.
Es por ello por lo que pensamos que seria
útil hacer aquí un ejercicio de memoria y darle hacia atrás a la
moviola del tiempo. Fundamentalmente por tres razones. Una, para que nadie se
llame a engaño. Dos, porque hacer una valoración de la biografía
de este funcionario y presunto demócrata y las circunstancias
históricas que han acompañado su trayectoria profesional, puede ser una
ilustrativa lección acerca de la España de los últimos 30 años. Y, finalmente,
porque recuperar el recuerdo del tiempo presente - es decir, del conjunto de
sucesos y personajes coetáneos con nuestras propias vivencias - nos
salvaguarda del engaño y de la falsificación. No es una casualidad que los
dos partidos políticos hegemónicos no estén interesados en que la sociedad
recobre su enlace con el pasado. Uno reclama que este sea, simplemente,
borrado. El otro, que la recuperación quede sujeta a los aspectos más
formales.
¿Quién es, pues, el hoy comisario Juan
Antonio Gil Rubiales? ¿Cuáles son las credenciales biográficas de este
servidor del Estado que tan valientemente se ha pronunciado por los
valores democráticos y el respeto a las exigencias del Estado de Derecho?
EL CRIMEN
Cuando el día 13 de Febrero de 1981, José Arregui Izaguirre fue
conducido a la prisión de Carabanchel, después de
permanecer 9 días en los locales de la Dirección General de la policía en
Puerta del Sol, su estado era tal que, posiblemente, lo menos que le
preocupaba en aquellos instantes era recordar los rostros de los torturadores
que con tanta crueldad lo habían dejado en aquel estado. Su
aspecto, según los que tuvieron oportunidad de verlo a su llegada a la
Prisión, era lastimoso. Una enorme mancha compuesta por cardenales, llagas
descarnadas y quemaduras ocupaba todo su cuerpo. La apariencia
lamentable que presentaba alarmó de tal manera a la Dirección de la prisión
que para liberarse de responsabilidades, ordenó el inmediato traslado del
detenido a la sección hospitalaria de la misma. Según el relato de un
preso político que acompañó junto a su cama al torturado, un funcionario que
prestaba servicio como practicante intentó aliviar con sedantes los intensos
dolores del recién ingresado. El sanitario, desconcertado por la gran
profusión de moretones que cubrían el cuerpo de Arregui
exclamó con gesto de impotencia: '¡Yo aquí no tengo lugar por donde
pinchar! El estado de José Arregui fue
agravándose progresivamente hasta que por fin, el día 13, fue enviado
urgentemente a la ciudad sanitaria provincial, donde ya ingresó
cadáver. (1)
Tres presos políticos que se encontraban por
aquellos días recluidos también en el hospital de la prisión, conmocionados
por el aspecto de Joseba Arregui,
se atrevieron a preguntarle por el tipo de tortura que había sufrido. Arregui, balbuceando, musitó: "Ha sido muy
duro. Me colgaron en la barra varias veces dándome golpes en los pies,
llegando a quemármelos no sé con qué… Saltaron encima de mi pecho; los
porrazos, puñetazos y patadas fueron por todas partes".
José Ignacio Arregui
Izaguirre era un fornido camionero vasco, de
treinta años de edad, que había sido detenido por la policía española a
principios del mes de febrero de 1981. Según el ministro del Interior
de entonces se trataba de un presunto miembro de la organización armada Euskadi ta Askatasuna
(ETA). Si en realidad José Ignacio Arregui
era o no miembro de ETA, no lo sabemos, porque nunca tuvo la
oportunidad de defenderse ni de comparecer ante ningún tribunal.
Según un comisario de policía, que oculta su
nombre tras el seudónimo de "Daniel Abad", autor de un peculiar
libro de memorias que tituló "Yo maté a un etarra",
Arregui Izaguirre había
sido tratado por la policía de entonces "como una presa cotizada, tras
la cual se escondía el celo supuestamente "profesional" de gente
sin escrúpulos". "Los policías - escribió el polémico
comisario en sus memorias - se comportaron en aquella ocasión como una
genuina manada de lobos rivalizando por un trofeo. Finalmente
concluyeron su disputa descuartizando a su víctima".
Joseba Arregui murió a las pocas horas de haber ingresado en el
hospital penitenciario. Su asesinato desencadenó una ola de protestas
dentro y fuera de España. Multitudinarias manifestaciones y huelgas
generales se multiplicaron a lo largo y a lo ancho de todo el Estado,
particularmente en Euskadi. El asesinato de Arregui sirvió para poner al descubierto que en el
aparato represivo del Estado español nada había cambiado después de los
seis años transcurridos desde la muerte del dictador.
EL
TORTURADOR
Uno de los rostros que Joseba
Arregui no quiso recordar aquella fría mañana del
viernes trece de febrero, mientras maltrecho y con el cuerpo destrozado era
trasladado a la prisión de Carabanchel,
correspondía al de Juan Antonio Gil Rubiales. El joven inspector de la
brigada político social Gil Rubiales había ingresado en el Cuerpo
en el turbulento año de 1971. Diez años después, Gil Rubiales no era ya un
policía cualquiera. Pertenecía a la conocida Brigada Central de
Información, una sección de elite, en la que los neodemócratas del
franquismo, los ministros Martín Villa y Rosón, habían
agrupado a lo más florido de la antigua brigada político social. La
Brigada Central estaba encabezada por el temido comisario Ballesteros. Manuel
Ballesteros, jefe de Rubiales, era un celebérrimo policía conocido
en las filas del antifranquismo por los expeditivos
métodos que utilizaba con todos aquellos que tenían la desgracia de caer en
sus manos. Antonio Palomares, por ejemplo, dirigente comunista
valenciano y enlace entre el Comité central del PCE y su organización en
Canarias, fue personal y salvajemente torturado por este sujeto en la década
de los sesenta. Quedan todavía abundantes testimonios de sus torturas
practicadas en las comisarías de Valencia Galicia y Euskadi,
donde su paso dejó huellas. Junto con el "histórico"
comisario Conesa, Manuel Ballesteros forma
parte de esa memoria aún no desvelada de la represión franquista de las
dos últimas décadas de la dictadura. Otro de los personajes con los que el
actual comisario provincial de Santa Cruz de Tenerife compartió profesión y
persecuciones en aquella siniestra Brigada Central de Información, fue
el famoso policía "Billy el niño",
con un largo historial de sadismo y de sofisticación en la practica de
la tortura. Su fama como torturador ha sido tal que en uno de los últimos
capítulos de la serie "Cuéntame" aparece como un personaje
representativo de la represión de la época. "Billy el Niño" formó parte, también, de la
jauría inhumana que aquel mes de febrero del 81 se disputó en los
interrogatorios el cuerpo de Joseba Arregui. Como puede constatarse el elenco de
amistades peligrosas que acompañaba al Gil Rubiales de aquella época era todo
un paradigma de "buen hacer" policial. (2)
UNA
"BRILLANTE" CARRERA POLICIAL
A finales de los setenta Juan Antonio Gil
Rubiales había ganado ya no pocos méritos en su lucha
contra los "enemigos de la Patria". Entonces era fácil
entender a quienes se bautizaba con ese tipo de calificativos. Se
trataba, generalmente, de jóvenes obreros y estudiantes adscritos a la
clandestinidad de las organizaciones de la izquierda comunista. Y Juan
Antonio Gil, a juzgar por los méritos que ya en aquel año colmaban
su cargada hoja de servicios, se empleó a fondo en combatirlos.
Pero después de las primeras elecciones del 77
las cosas en el Estado Español empezaron a cambiar, aunque el objetivo final
de esos cambios fuera, justamente, que nada cambiara. Los
"enemigos" a combatir también empezaron a ser otros. Se
habían firmado los Pactos de la Moncloa y los
partidos más connotados de la izquierda incorporaron a la monarquía
heredada del franquismo al glosario de las cosas que ahora había que
defender. Fue esa la época en la que paradójicamente, la policía política de
la dictadura se esmeraba en explicar a quienes querían escucharlos - y en las
esferas oficiales no eran pocos - que ellos en realidad eran
"apolíticos", y que su papel consistía exclusivamente en defender
los "intereses del Estado", como si estos nada tuvieran que
ver con el "estado de los intereses".
TENSIONES EN EL CURSO DE LA TRANSACCIÓN "DEMOCRÁTICA"
De acuerdo con la nueva orientación de los
vientos que empezaban a soplar en la España monárquica y
"democrática" recién inaugurada, al inspector Gil Rubiales
parecía esperarle todo un carrerón. Y
posiblemente hubiera sido así si la muerte no suscitara tanta indiscreción,
sobre todo cuando está acompañada por la aplicación brutal y cobarde de la
tortura. Seguramente, de haber sucedido las cosas de otra manera, Juan
Antonio Gil no hubiera tenido que esperar tantos años para
ver coronada su carrera con el flamante nombramiento de Comisario
Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Pero la muerte de Joseba
Arregui había sido un autentico escándalo. Las
fotos de su cuerpo destrozado recorrieron las redacciones de la prensa
nacional y extranjera. Ya no se podía enmascarar con tanta
facilidad como en el pasado las muertes "fortuitas" acaecidas
en las dependencias policiales. Ya no resultaba tampoco creíble, si
alguna vez lo fue, anunciar con impunidad en los medios de comunicación
aquello de que "según informa la Dirección General de Seguridad el
detenido, en un descuido de los funcionarios que le custodiaban, se
arrojó desde uno de los balcones de la comisaría, perdiendo la vida".
Los ministros, algunas jerarquías eclesiásticas,
los directores de periódicos y la oposición domesticada tomaron
distancias de la responsabilidad del crimen. Fingieron sentirse
horrorizados por lo que, de una forma o de otra, fuera y dentro de las
comisarías, había sucedido en más de cien ocasiones desde la muerte del
dictador. "El País", - portavoz de los sectores de la burguesía
española que apuraban la incorporación de España al tren europeo-,
estremecido ante la posibilidad de que casos como este acabaran haciendo
malograr el modelo de transición que con tanto esmero el periódico
estaba apadrinando, llegó a solicitar la cabeza del ministro del interior.
"De confirmarse que la muerte de José Arregui,
- decía una editorial del periódico por aquellas fechas - cuyo
cuerpo agonizante fue entregado por el Ministerio del Interior al Ministerio
de Justicia, se ha producido como consecuencia de torturas o de tratos
inhumanos comportamientos penados, por lo demás, en el artículo 204 bis del
Código Penal-, nos encontraríamos ante un delito cuya responsabilidad puede
afectar al propio titular del Ministerio del Interior y otros altos cargos
del departamento, en el caso de que los presuntos culpables no sean detenidos
y puestos a disposición del juez".
Gil Rubiales fue detenido. No había actuado solo,
pero él era el principal responsable de la degollina que se había producido
con la víctima. Su detención y la de otros compañeros suyos,
desplegó un imponente movimiento de solidaridad en la vieja estructura
policial franquista. El ultraderechista comisario Ballesteros
presentó su dimisión, que fue acompañada por la de todos los altos mandos
que tenían entre sus funciones la represión política.
El asesinato de Arregui
se había producido, en efecto, en el centro mismo del vórtice que enfrentaba
a las dos fracciones del poder político del antiguo aparato del Estado. Una
de ellas deseaba mantener intacto el edificio de la dictadura. La otra estaba
por su maquillaje, pero garantizando la intangibilidad de los poderes
económicos y el control del Estado a través de la figura del monarca. Días
después de la muerte de Arregui esa confrontación
se materializó en el golpe del 23 F. En aquel efímero y todavía
enigmático duelo vencieron los partidarios de hacer un lifting al grotesco rostro del aparato del Estado
franquista. Pero aquellos días de finales de febrero del 81, marcaron también
con mucha claridad los limites de hasta donde estaba dispuesto el poder real
- y, también, el Real- a que llegara el proceso democratizador que la
sociedad española estaba reclamando. Los tanques que se pasearon por
unas horas por las calles de Valencia terminaron por poner en posición de
firmes a una dirigencia de izquierdas que ya había pactado cual iba a ser el
modelo de democracia que se impondría en el país. El escenario después de
aquellos acontecimientos no pudo ser más desolador. Salvo contadas
excepciones, la izquierda, - es decir, el conjunto de fuerzas políticas y
sociales con voluntad realmente transformadora - fue barrida de la faz del
Estado español.
BAJO EL AMPARO DE LA DEMOCRACIA "CONSOLIDADA"
Políticamente, los veintiséis años que siguieron
a aquel 23 de febrero han sido una secuela del mismo acontecimiento. En las
comisarías continuó torturándose a los enemigos políticos, y el crimen
de estado tomó carta de naturaleza bajo los gobiernos de Felipe
González. "El Estado de derecho también se defiende en las
cloacas", acuñó al respecto el dirigente socialdemócrata. Ahora la
práctica del crimen de estado era asumida por un gobierno que había
sido elegido, justamente, para que la aboliera. Por esas
rocambolescas paradojas que se dan en la historia, iba a ser un
gabinete presuntamente socialista el que con más eficacia defendiera los
intereses de las enormes fortunas que se acumularon en complicidad con la
dictadura. La gran Banca se apropió del país, y el Estado fue privatizado.
La vida de Juan Antonio Gil Rubiales no
cambió excesivamente a lo largo de la década de los ochenta. El hecho de
estar procesado por el caso Arregui, no le afectó
especialmente en su vida profesional. En el año 1985, pese a sus antecedentes
- o quizás precisamente por ellos - fue destinado a un punto
socialmente convulso de la geografía peninsular, la comisaría de
Pamplona. Allí inauguró su nuevo destino propinando palizas con cadenas a
quienes manifestaban su protesta por la sospechosa muerte de Mikel Zabalza. (3) Junto con otros inspectores de
policía de aquella comisaría, recorría las calles de la ciudad,
metiéndose en los portales y arrastrando a golpes hacia la calle a
aquellos que intentaban protegerse en los mismos. El hecho tuvo un amplísimo
eco en la comunidad Navarra, y la Delegación del Gobierno, que entonces
ostentaba el conocido delincuente Luís Roldan, sofocó el escándalo con una
leve sanción a sus protagonistas. (4)
Durante aquella década, Gil Rubiales fue juzgado
y absuelto por la Audiencia Provincial de Madrid en dos ocasiones por su
implicación en el caso de las torturas a Joseba
Arregui. Pero el Tribunal Supremo
sensible, sin duda, al escándalo que provocaron tales absoluciones, anuló las
sentencias, y lo condenó a la ínfima pena de tres meses de arresto y
dos años de suspensión de empleo y sueldo. En una de esas
irónicas paradojas de la Justicia, la sentencia del Tribunal Supremo
reconocía la gravedad de las torturas infligidas en comisaría a José Arregui, pero no entraba a juzgar la relación
existente entre estas y la posterior e inmediata muerte del detenido. Pero
aun más sorprendente resultó que ni el fiscal ni la acusación, ejercida
por el socialista José María Mohedano en nombre de
una "Asociación de derechos humanos", que él mismo presidía, habían
solicitado que tal relación fuera establecida. De manera que por arte de la
magia judicial, el vínculo entre la causa y el efecto se esfumó en el
curso del proceso. Una vez más quedaba de manifiesto el status especial
del que disfrutan en España los centuriones del poder político.
Ignoramos si Gil Rubiales cumplió los dos años de
suspensión de empleo y sueldo. Pero no pocos compañeros suyos, condenados por
delitos similares y protegidos por el ministro del Interior de turno, ni
siquiera se vieron obligados a abandonar la actividad profesional
por el tiempo determinado en la condena.*
Dieciséis años después de que el Tribunal Supremo
pronunciara la inapelable sentencia, sus superiores lo nombraron Jefe del
Cuerpo Nacional de Policía de la Provincia de Santa Cruz de Tenerife.
"Juan Antonio Gil Rubiales - dijeron para justificar la atrocidad
- como cualquier otro, merece una oportunidad". Justamente la
oportunidad de la que Joseba Arregui
nunca pudo disfrutar.
EPÍLOGO
Cuando hace dos años, la revista digital Canarias
Semanal desveló en sus páginas la biografía del nuevo Comisario
Provincial, la proyección que tuvo la denuncia en todo el Estado
español fue considerable, particularmente en la prensa digital. El PNV e
Izquierda Unida hablaron de una interpelación parlamentaria contra el
nombramiento de Gil Rubiales, que terminó perdiéndose en los pasillos del
Congreso de los diputados. En las Islas Canarias, en cambio, la repulsa quedó
limitada a los pronunciamientos emitidos por el movimiento ciudadano
"Asamblea por Tenerife" y el de Los Verdes de la misma isla. El
resto fue silencio, un letal silencio. Y como siempre ocurre cuando la
verdad renuncia a ser contada, la falsificación y la mentira
ocupa rápidamente su lugar. Andrés Chávez, un abyecto
periodista, muñidor mediático de los intereses de la burguesía tinerfeña, lo
ha expresado estos días en las páginas del
rotativo de mayor tirada de la Isla: "Juan Antonio Gil Rubiales,- decía
el plumífero en su columna - es un excelente policía, enamorado de su
profesión y sin aspiraciones a erigirse en comisario político. Un dossier
suyo con datos absolutamente manidos, caducados, prescritos y burdos es
alimentado en determinados cenáculos". La “otra” historia del
comisario Juan Antonio Gil Rubiales ha empezado ya a escribirse.
Notas y referencias bibliográficas:
(1) Una abundante recopilación de notas y artículos de prensa alusivos
al caso, publicados en el periódico “El País”, pueden consultarse en dos
documentos incluidos en la siguiente dirección electrónica:
http://www.canarias-semanal.com/PANEL/P38/P380.HTML
(2) Juan Antonio Gil Rubiales ingresó en la
Escuela General de Policía en el año 1971. En 1977 ya había recibido por sus
“servicios” la Cruz al Mérito Policial con Distintivo Rojo, así como
múltiples felicitaciones públicas por la “eficacia” de su trabajo. En el año
1982, apenas un año después de haber sido imputado por torturar a José Arregui, fue premiado por sus superiores con la Cruz al
Mérito Policial. El currículo que el propio Gil Rubiales entrega a la prensa
se asemeja más a la hoja de servicios de Rambo que
a una referencia biográfica de la trayectoria de un funcionario. En él
nuestro Comisario Provincial se jacta de su participación en la
desarticulación de once comandos autónomos anticapitalistas, 32 comandos de
información de la banda terrorista ETA, otros siete comandos armados de la
rama político-militar de ETA y 18 comandos armados militares de ETA. Como
resultado de estas operaciones - relata el mismo comisario - detuvo a
271 personas, intervino 71 pistolas automáticas, 17 revólveres, 21 subfusiles, tres rifles, doscientas escopetas, 7.500
cartuchos, 400 kilos de explosivos, 32 granadas y 280 detonadores. (Periódico
El Día, 12 marzo 2005, Tenerife).
(3) Diario de Navarra 20-12-85
(4) El denominado «caso Zabalza» ocupó las
primeras páginas de los periódicos durante varios meses a partir del mes
de noviembre de 1985 -fecha en la que Mikel Zabalza
fue detenido por miembros de la Guardia Civil. Según la versión policial,
Mikel Zabalza era un colaborador de la organización
ETA que se había fugado mientras era conducido, de noche, por el túnel
de Endarlaza, acompañado por varios guardias
civiles del tristemente célebre cuartel Intxaurrondo
a la localización de un supuesto «zulo»,
perteneciente a la organización armada. Esta versión fue cuestionada desde el
primer momento por casi todo el mundo ya que presentaba serias fisuras. Zabalza había sido detenido a la vez que su primo, con el
que convivía. Esa misma noche fue apresada su novia, una donostiarra
estudiante de Magisterio que residía en el barrio de la Paz junto a su
familia. Todos ellos fueron trasladados al cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo y tras la desaparición de Zabalza puestos en libertad sin cargos, aunque la novia, Idoia Aierdi, denunció
torturas. La versión oficial presentaba considerables fisuras que
motivaron que durante más de dos años, el caso fuera investigado por un
juzgado de instrucción de San Sebastián que, finalmente, en julio de 1988,
acordó sobreseer las diligencias abiertas.
http://www.canarias-semanal.com/EXTERNAS/E1157/E11570.HTML